EL BARROCO EN LA MÚSICA CLÁSICA

 
En terminología musical, la palabra Barroco se aplica a la música escrita durante el siglo XVII y primera mitad del XVIII. Un punto común une el arte sonoro de ambas centurias: el empleo de la técnica del bajo continuo. La música barroca, cuya denominación más culta es la de música de estilo concertante, cuenta con un genial prólogo protagonizado por Monteverdi y con un magnífico epílogo, tal vez irrepetible, encarnado en Johann Sebastian Bach. Los compositores barrocos sentaron las bases para el desarrollo de la música occidental de los últimos tres siglos.
 
Al abordar el estudio de este período musical, es conveniente alejarse ligeramente del campo de la música y extender la visión al resto de las artes. Sus características en relación con la etapa precedente, el Renacimiento, nos darán la clave de su trascendencia y significación.

El Barroco supuso el fin de la concepción artística del Renacimiento, basada en la perfección de la forma según los modelos clásicos. En consecuencia, a la claridad renacentista, el Barroco opuso claroscuros; a la sencillez en el trazo y en la línea, curvas abigarradas y superposición de elementos.

Frente al aspecto luminoso en superficie, el Barroco apostó por la profundidad. En este período las artes en general se amalgamaron a fin de constituir un todo sublime y grandioso, y las artes plásticas en particular establecieron una estética asentada en la ornamentación y en la búsqueda de la grandeza. La música, como es lógico, no escapó a estas tendencias y las tradujo a su lenguaje. Así, el Barroco musical nació al alternar los instrumentos con las voces sin orden determinado, en busca siempre del efecto artificioso de contraste mediante la alternancia de todos los efectos posibles (coros, solistas, madera y cuerda), constituyendo un todo suntuoso.
 
En el terreno de las artes plásticas, el término «Barroco» data del siglo XIX. Pero si en este campo la denominación es muy joven, aún lo es más en el ámbito musical, en el que no se utilizó hasta los años veinte de nuestro siglo, concretamente en Alemania. En sus inicios la voz Barroco connotaba, tanto en el terreno de las artes como en el de la música, decadencia, ornamentación gratuita, grandilocuencia y un sinfín de calificativos aplicados siempre a su vertiente más negativa. Por ello muchos musicólogos se han resistido durante mucho tiempo a utilizar este término y han apuntado otras fórmulas, como «música de estilo concertante» o «edad del bajo continuo».

A pesar de ello, la denominación Barroco se ha impuesto de un modo general, lo cual cabe entenderlo, de una parte, como una progresiva familiarización con el término y, de otra, como una unificación de criterios, lo que ha dado lugar a la desaparición de connotaciones peyorativas.


La música barroca
 
Suelen distinguirse en el Barroco musical tres períodos. El primero de ellos, llamado «Barroco primitivo», abarca unos cincuenta años, desde 1580 a 1630. A éste le sigue el «Barroco pleno», que ocupa otros cincuenta años, hasta 1680. A partir de ese año y hasta 1750 aproximadamente se produce el «Barroco tardío».

La aparición del Barroco primitivo cabe situarla en Italia tras la extinción del Renacimiento. Sin embargo, algunos autores apuntan la posibilidad de que la música barroca surgiera en España, pues algunas de sus características se ven dibujadas ya en las composiciones de autores como Antonio de Cabezón y Diego Ortiz. No sería de extrañar que así hubiera sucedido, pues la España de Carlos V y de Felipe II era un marco idóneo para el desarrollo de un arte tan monárquico, aristocrático y religioso como el Barroco. Según estas teorías, las nuevas tendencias habrían entrado en Italia a través de Nápoles y Sicilia —en aquella época posesiones españolas— para extenderse después por toda la península itálica y, finalmente, por todo el continente europeo.

Los primeros rasgos propiamente barrocos se manifestaron en la música polifónica por una serie de síntomas: la polifonía clásica renacentista, que pesar de sus varias voces formaba una sola unidad sonora, cambió de signo y se pluralizó, desembocando en primera instancia en la bicoralidad y la policoralidad y, finalmente, en la monodia acompañada. Esto produjo el nacimiento de la melodía, que se convirtió en la parte más importante de cualquier partitura. En la armonía de las nuevas composiciones desaparecieron los registros medios, que fueron sustituidos por el protagonismo de esta melodía.

Esta nueva armonía se sustentaba gracias al llamado «bajo continuo», la parte instrumental más grave y no interrumpida de una composición, cuya finalidad era indicar y mantener la tonalidad. El bajo continuo era interpretado habitualmente por los bajos de la cuerda, el órgano o el clavicémbalo. Y he aquí una característica de la estética barroca: la partitura del clave solo indicaba, mediante unos números, los acordes que debía tocar la mano izquierda. La mano derecha del clavecinista ornamentaba la composición a su gusto y según su habilidad, siguiendo la pauta de la tonalidad indicada por los acordes de su mano izquierda. En este culto a la improvisación y a la ornamentación libre cabe buscar el fundamento de la evolución posterior de la música.

Por otra parte, el Barroco primitivo contempló también el nacimiento de un nuevo sistema de tonalidad, basado en los tonos mayor y menor, que habrían de constituir la forma tonal mas corriente de toda la música compuesta en los siglos XVII, XVIII y XIX. Así mismo, y dentro de esta revolución formal, se introdujo el concepto de compás, del que carecía toda la música anterior.

Más no acaban aquí las innovaciones del Barroco. La importancia dada a la melodía acentuó el protagonismo del solista. Las voces ampliaron los umbrales de sus tesituras para poder plasmar en música un desbordante torrente de emociones. Los instrumentos también se perfeccionaron y sus interpretes llegaron a convertirse en unos auténticos virtuosos a fin de abordar los registros que la voz humana no podia alcanzar. En ello radica la base para el ulterior desarrollo del concierto para solista, que llegara a imponerse como una de las mas apreciadas formas musicales.

Este perfeccionamiento técnico se produjo debido a la eclosión en Italia de una serie de constructores de instrumentos de cuerda que lograron la perfección del violín. Sus nuevas características técnicas permitieron al interprete contar con el instrumento idóneo para demostrar su virtuosismo. En el Barroco primitivo se establecieron, pues, los fundamentos para la evolución de las dos restantes etapas.

Así mismo tuvo lugar el nacimiento de dos nuevas formas musicales: el oratorio, que permitió la aparición de las cantatas y las pasiones en el Barroco pleno, y la Opera, paradigma de los géneros musicales barrocos. Ya en el Barroco pleno se empezó a cultivar la suite, genero que tiene su origen en las danzas de las cortes europeas, y el bel canto, forma operística que pretendía llevar hasta sus últimas consecuencias la estética barroca del virtuosismo y la ornamentación.

También en este periodo se crea el vocabulario expresivo de los diversos sentimientos y tempi con que han de interpretarse las obras: forte, piano, lento, etc. Finalmente, el Barroco tardío comportó el nacimiento de la sonata y el concierto.

En definitiva, si se repasan la serie de innovaciones aparecidas en el Barroco, uno se da cuenta enseguida de que la mayoría de ellas son todavía enormemente familiares. El Barroco es una etapa fundamental en la historia de la música y se puede afirmar sin lugar a dudas que toda la música posterior es deudora de ella.

El Barroco en Italia

Los antecedentes del Barroco italiano coinciden con la aparición de la ópera primitiva. La primera manifestación de este género cabe buscarla en las Academias italianas, agrupaciones de intelectuales que se proponían renovar la tragedia clásica, desde donde se fomentó el arte en cuestión y de las que salieron los primeros compositores importantes.

Su precursor fue sin duda Giacomo Caccini, quien introdujo por primera vez el bajo continuo en una ópera italiana, concretamente en su afeo y Eurídice. Paulatinamente, los nuevos conceptos arraigaron en las composiciones y se sucedieron las obras del nuevo estilo. Así, debe citarse la ópera Dafne, de Gagliano, y toda la obra del veneciano Pier Francesco Cavalli.

Fue precisamente en Venecia donde se registró la aparición de una figura especialmente importante dentro del primitivo Barroco italiano: Claudio Monteverdi (1567-1643). Monteverdi llegó a la ópera después de cultivar el madrigal, del que era un consumado autor. Sus óperas presentan un carácter totalmente desmarcado del estilo aún bisoño de sus antecesores, y, para interpretarlas, es ya imprescindible la presencia de un grupo instrumental bien organizado. Sus composiciones tienden al virtuosismo y, por ello quizá, cabría considerarle como el precursor del bel canto. A partir de las revoluciones musicales en el campo de la ópera, se desarrollaron una serie de géneros, derivados de las partituras instrumentales renacentistas: las sonatas y .los conciertos, que dieron a conocer a una generación de nuevos compositores que se preocuparon de cultivarlas. Es la época de Arcangelo Corelli (1653-1713), Giuseppe Torelli (1658-1709), Alessandro Scarlatti (1660-1725), Tomaso Albinoni (1671-1751), Giuseppe Tartini (1692-1770), y sobre todo de Antonio Vivaldi (1678-1741), el rey del concerto grosso y del Barroco tardío en Italia. Con él, la música instrumental alcanzó su mayoría de edad y se erigió como un modelo que seguirán otras naciones europeas.

El Barroco en Francia

Al tratar el Barroco francés, hay que tener presentes las peculiares características políticas de este país. Como ya se ha dicho, el Barroco desarrolló un arte eminentemente monárquico, y así, en un Estado absolutista como el francés, preocupado por el cultivo de la forma y la grandeza, no es de extrañar que se desarrollase una música destinada a ensalzar la vida y la pompa de la corte.

Los primeros compositores barrocos franceses cultivaron, al igual que los italianos, la ópera. Su pionero fue Robert Cambert, el autor de Pomone (1671). Fue en este momento cuando se creó la Academia Real, dirigida por el primer gran autor francés, el creador de la Opera nacional, Jean Baptiste Lully (1632-1687). Sus creaciones, de aire cortesano, imprimieron a la ópera francesa el impulso necesario para que se apartara de la influencia italiana. De entre sus obras cabe destacar dos titulos: Alceste (1674) y Thesée (1676).

Sus sucesores, como también hicieron los maestros italianos, alternaron la opera con la música instrumental y dieron especial importancia al cultivo de la suite. De entre ellos citemos a Francois Couperin (1668-1733) y a Jean Philippe Rameau (1683-1764), quienes ampliaron además las posibilidades del clavicémbalo hasta limites insospechados e introdujeron nuevas formas musicales y revolucionarias técnicas armónicas.

El Barroco en Inglaterra

Contrariamente a lo sucedido en Francia, Inglaterra se adentro en el Barroco bebiendo en fuentes populares y, más concretamente, en el genero de la balada. Cabe señalar, sin embargo, que muy pronto los músicos de la corte, influidos por sus vecinos franceses, siguieron las nuevas tendencias y las fomentaron con características mas cercanas a la música italiana que a sus propios orígenes.

En el periodo barroco inglés destacan sobre todo dos nombres: Henry Purcell (1659-1741) y Georg Friedrich Haendel (1685-1759). Purcell fue el autentico creador de la ópera inglesa, a pesar de que solo escribió una pieza de este género, Dido y Eneas (1689), obra de estilo aristocrático con claras influencias de Lully e italianas. Por su parte, Haendel fue, además de un gran compositor inglés, uno de los dos mayores compositores barrocos de toda Europa junto a Bach.

Alemán de nacimiento, Haendel se convirtió a su llegada a Inglaterra en el motor de la vida musical, desarrollando allí un monumental repertorio, tanto operístico como instrumental. Cultivó sobre todo la ópera, pero no deben olvidarse sus suites para la corte y sus maravillosos oratorios, entre los que destaca El Mesías (1742). En su faceta instrumental, quizá no brilló a tanta altura como su coetáneo germánico, pero en el campo de la música coral muchos especialistas opinan que Haendel supera ampliamente a Bach.

El Barroco en Alemania

Casi coincidiendo con la muerte del compositor alemán Heinrich Schatz (1585-1672), la sociedad de los países germánicos protagonizó una profunda renovación, tanto política como económica, propiciada sobre todo por el tratado de Westfalia, que, acordado en 1648, supuso la división del Imperio Germano en 350 Estados; ello, lógicamente, repercutió en la vida cultural y artística.

La creación de numerosas cortes, con sus capillas musicales, hizo proliferar las orquestas y, por ende, engrosar el número de compositores que para ellas debían crear un repertorio. En los años iniciales del Barroco la música alemana estuvo presidida por la figura del ya citado Schutz, quien, juntamente con Johann Hermann Schein (1586-1630), Samuel Scheidt (1587-1654), Johann Jakob Froberger (1616-1667) y Dietrich Buxtehude (1637-1707), constituyó un puente de paso hacia la siguiente generación, en la cual se alcanzaría la plenitud del estilo barroco alemán.

Todos los ahora nombrados, unidos a Johan Kuhnau (1660-1722) y Johann Pachelbel (1653-1706), fueron autores de una portentosa música organística y vocal que llevo a los jóvenes músicos a emprender una labor de síntesis, debatida entre el arte contrapuntístico germano, la música francesa y el estilo melódico propio de los italianos. La apoteosis llegó con los nombres de Johann Sebastian Bach (1685-1750) y del ya mencionad Georg Friedrich Haendel (1685-1759), a los que deben unirse, en menor intensidad, los de Georg Pilipp Telemann (1681-1767), Chritoph Graupner (1683-1760) y Johann Georg Pisendel (1687-1755), autores que hicieron suyas y llevaron hasta límites insospechados las formas musicales de otros países (la sonata, el concierto, la opera, etc.).

Con posterioridad a este momento glorioso, la principal característica del último periodo barroco germano fue la clara supremacía del estilo melódico, que conllevó el desarrollo de las escuelas preclásicas alemanas; la primera, radicada en Berlín (Potsdam), tuvo como autores principales a Johann Joachim Quantz (1697-1773), Wilhelm Friedemann Bach (1710-1784) y Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788), mientras que en la Escuela de Mannheim fueron protagonistas Johann Stamitz (1717-1757) y Johann Christian Bach (1735-1782), creadores de una música extraordinariamente expresiva y sentimental, que dejaría sentir su influencia en los compositores del Clasicismo vienés, especialmente en Von Dittersdorff, Haydn y Mozart.
 
 
 

 
 

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