CHAIKOVSKI


Su vida.
 
Piotr Ilich Chaikovski nació en 1840 en Votkinsk. Desde la infancia se sintió atraído por la música, que le producía una verdadera neurosis.
 
Después de sus estudios medios en la Escuela de Derecho, donde hizo amistad con Apujtín, un poeta fatalista, un romántico retardado cuyos discutibles poemas le producían una fuerte impresión, llegó a funcionario. No lo fue mucho tiempo, ya que, una vez fundado el Conservatorio de San Petersburgo (1862), se inscribió en él y obtuvo unos diplomas tan brillantes que se le empleó inmediatamente como profesor en el Conservatorio de Moscú.
 
Sus primeros ensayos de composición no tuvieron mucho éxito, y Chaikovski estuvo vegetando miserablemente hasta el día en que, en 1876, encontró una mecenas: Nadeshda von Meck. Entre los dos se hizo un curioso contrato: la bienhechora se encargaba de proveer las necesidades materiales del compositor, pero no debían verse jamás y sólo podían comunicarse por correspondencia.
 
Después de un matrimonio desastroso, que casi le llevó al suicidio en 1878, Chaikovski llevó una existencia sin historia, viajando mucho por Europa e incluso por América. Murió del cólera en San Petersburgo, ocho días después de haber dirigido la primera ejecución de su sinfonía Patética (1893).
 
El hombre y el músico.
 
Tres frases claves hay que retener de la voluminosa correspondencia de Chaikovski con Nadeshda von Meck (más de 3 000 páginas). Estas frases aclaran la obra de Chaikovski y casi la resumen:
 
«¡Soy ruso, ruso, ruso hasta los tuétanos!»
 
«Esta noche estoy triste, y vierto lágrimas porque esta mañana, errando por los bosques, no he podido encontrar ni una sola violeta. ¡Qué llorón !...»
 
«El fatum... una fuerza suspendida sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles, y que destila inexorablemente un veneno lento. Hay que someterse, abandonarse a una desesperación sin límites...»
 
Sea lo que sea lo que de él piensen muchos extranjeros, decepcionados al no poder satisfacer su gusto por el exotismo, Chaikovski ha sido quizás el más ruso de todos los compositores de Rusia. Lo que ocurre es que, habiendo recibido una formación occidental, ha amado las formas clásicas. Los miembros del grupo de los «Cinco» inventaban temas de carácter ruso, los vertían en un molde nacional y les conferían un «color exótico». Chaikovski, al contrario, utilizaba temas auténticamente populares, pero los sometía a un tratamiento occidental. Además, es el único gran compositor ruso de su propia generación que no debe nada a Oriente.

Se reprocha también a menudo a Chaikovski (él mismo lo ha convenido) ser un «llorón», un posromántico demasiado sentimental. Por supuesto, se desahoga gustosamente en su música y, en este sentido, encarna uno de los aspectos del alma rusa, tan exuberante. Y, contrariamente a lo que se cree, sabe ser profundo, como en su Trío en «la» menor, a la memoria de N. Rubinstein.
 
El compositor.
 
El schumaniano Fatum constituye el gran tema de toda la obra de Chaikovski, hasta tal punto que su música acaba por convertirse en una narración de su propia lucha contra el destino.
 
El plan general de sus sinfonías y de sus conciertos es el siguiente: un primer movimiento fuertemente pesimista; un segundo, de una tristeza serena y graciosa; el tercero es alegre y con frecuencia utiliza un ritmo de danza; el último desborda de inspiración y se convierte en verbena popular, con excepción de la Patética donde, a modo de conclusión, el músico entona su propio Requiem.
 
Los temas son amplios, decorativos y sorprendentes, utilizados a veces como leitmotive (a la manera de Liszt en la Sinfonía de Fausto), en largos crescendos por oleadas sucesivas, según un procedimiento que debe mucho a Beethoven.
 
La orquestación es rica, pero sin ninguna búsqueda de efectos espectaculares : Shostákovich ha pretendido que la audición de una obra sinfónica de Chaikovski constituía una lección de instrumentación.
 
Su obra.
 
La obra de Chaikovski es todavía más considerable que la de Rimski-Kórsakov. Su instinto de músico le orientaba hacia la sinfonía y el ballet, pero, por razones de orden práctico, ha escrito diez óperas de valor desigual, entre las cuales se encuentran, no obstante, tres verdaderas obras maestras: Vakula (según La noche de Navidad de Gógol, 1874), Eugenio Onieguín (1878) y La dama de picas (1889).
 
Para su propio placer ha compuesto muchas obras de música de cámara, todavía más desiguales: hay que olvidarse de las piezas para piano pero hay que retener el Trío en «la» menor (1881), numerosas melodías, la Serenata para cuerdas. Se le debe también música sacra. Y sobre todo siete sinfonías magníficas (seis sinfonías puras [1866, 1872, 1875, 1877, 1888, 1893] y Manfred [1885], que es una verdadera sinfonía romántica a la manera de Berlioz o de Liszt; la «séptima sinfonía», recientemente interpretada, no es más que un arreglo reciente y discutible realizado por un músico soviético, Bogatírev), tres conciertos para piano, uno para violín y admirables poemas sinfónicos, como Romeo y Julieta (1869-1880) y Francesca de Rimini (1877).
 
Citemos igualmente sus ballets El lago de los cisnes (1876) y Cascanueces (1891). Y, sobre todo, la música rusa debe a Chaikovski haber sellado un pacto definitivo con «la fuga de Occidente», haber adoptado formas nuevas para ella.
 
 
 

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