GEORG FRIEDRICH HÄNDEL

 
- Halle, 23 de febrero de 1685
- Londres, 14 de abril de 1759

Aunque nacido y formado en Alemania, Händel pasó más de la mitad de su vida en Inglaterra, a la que entregó lo mejor de su obra. A nadie puede extrañar, en consecuencia, que en ese país se le tenga como la mayor gloria de la música barroca inglesa.
 
Cultivador de muy diversos géneros musicales, Händel fue valorado por Beethoven como el mejor compositor de todos los tiempos. Tal apreciación es, sin duda, desproporcionada, sobre todo si consideramos que Bach fue contemporáneo de Händel, pero nadie puede negar que algunos de sus oratorios (además de otras piezas) son dignos de figurar entre las obras maestras de la historia de la música.

Hijo del segundo matrimonio de un barbero-cirujano de cierto prestigio, Georg Friedrich Händel no vio favorecida su disposición musical por su padre, hombre ya sexagenario que, como buen luterano y respetable burgués, prefirió destinar a su hijo al estudio de las leyes. Sea como fuere, no pudo impedir que el niño aprendiera tempranamente a tocar el órgano y el violín, ni pudo tampoco negarse a que su hijo comenzara, a los ocho años, a recibir las enseñanzas de Friedrich Wilhelm Zachow, organista de la Marienkirche de Halle, quien le inició en el verdadero conocimiento del órgano, el clave, el violín y el oboe, además de proporcionarle las bases del contrapunto, la fuga y la instrumentación.
 
El joven Händel no abandonó, sin embargo, sus estudios de humanidades ni dejó de matricularse posteriormente en la universidad para cursar derecho, aunque en ese momento su padre ya hubiera muerto. Se cree que durante esta etapa conoció a Georg Philipp Telemann, con quien mantuvo una franca amistad.

El triunfo de la música
 
Coincidiendo con sus estudios universitarios, en marzo de 1702 fue contratado como organista de la catedral de Halle durante un año. Transcurrido éste, su insatisfacción le empujó a marchar a Hamburgo, atraído por el prometedor ambiente de la que era una de las capitales de la música europea; no en vano en ella se había levantado en 1678 el primer teatro alemán de ópera, el género rey de la música de la época, que sin duda concitaba las mayores aspiraciones de Händel.
 
Hamburgo era para la ópera barroca alemana lo que Venecia para la italiana, aunque, para su desgracia, la ciudad germánica no sabría descubrir el genio de Händel, quien tendría que buscar reconocimiento en un país extranjero, con el consiguiente menoscabo de la escena lírica alemana, la cual vivió en la más absoluta indigencia creativa hasta la llegada de Gluck, Mozart y Haydn en la segunda mitad del siglo.

En Hamburgo la amistad de Joahnn Mattheson, teórico de la música y compositor, ayudó a Händel a introducirse en los círculos musicales y a ingresar como clavecinista en la Opera, por entonces dirigida por el célebre Reinhard Keiser, donde pudo familiarizarse con los secretos del género, nutrido en esos momentos sobretodo por piezas francesas e italianas.
 
Celoso del éxito del primer oratorio de Händel, la Pasión según San Juan (1704), que había ensombrecido la presentación de una obra similar suya, Keiser no recibió con agrado el estreno al año siguiente de la primera ópera de Händel, Almira. Tampoco el público manifestó excesivo entusiasmo por su segunda ópera, Nero (1705), lo que animó al joven compositor a aceptar la invitación de Gastón de Médicis, hermano del gran duque de Toscana, para viajar a Italia, resolución a la que se vio abocado en buena medida por la quiebra de la empresa operística regida por Keiser.

En Italia

Las ilusiones que en Händel habían despertado las noticias de una rica actividad musical en Florencia se vieron frustradas tan pronto como el músico llegó a esta ciudad, pues, si bien la corte mantenía a Alessandro Scarlatti como compositor de óperas y oratorios, la sociedad florentina manifestaba en general una indiferencia desalentadora por la música.

En 1707 viajó a Roma, donde el cardenal Ottoboni, que se había rodeado de músicos de la talla de Domenico Scarlatti, Arcangelo Corelli y Antonio Caldara, le recibió en sus veladas musicales, para las que Händel compuso algunas obras. Su interés por la escena le hizo, sin embargo, regresar a Florencia, ante la imposibilidad de estrenar ópera alguna en Roma, ya que la ciudad carecía de locales apropiados. En la capital de la Toscana logró presentar en 1708 su ópera Rodrigo, cuyo éxito le pareció señalar el momento de lanzarse a la conquista de Venecia, pero sus intentos de llevar una obra a los escenarios de la gran capital italiana de la ópera fueron infructuosos, y resolvió regresar a Roma, donde se le esperaba con los brazos abiertos desde su triunfo florentino.

Con la ayuda de Domenico Scarlatti, estrenó en Roma los oratorios La Resurrezione (1708) e Il trionfo del Tempo e del Disinganno (1707), dirigidos por Corelli. A partir de ese momento, el hijo del gran Alessandro Scarlatti se convirtió en el introductor de Händel en los ambientes musicales italianos de mayor interés. Con él viajó en 1708 a Nápoles, ciudad en la que se gestaba la nueva escuela operística del siglo XVIII. Además de dos cantatas y siete arias, Händel escribió en Nápoles la ópera bufa Agrippina, estrenada al año siguiente en Venecia con pleno éxito.

En ese esperado momento en que su fama empezaba a traspasar las fronteras europeas y se hallaba en las mejores condiciones para explotar su triunfo escénico, Händel decidió aceptar la oferta de ocupar la plaza de maestro de capilla de la corte de Hannover y en 1710 abandonó Italia, país al que no había de volver sino nueve años después en busca de voces para sus óperas inglesas. Al marchar se llevaba el éxito, así como un amplio conocimiento de la música para teatro y de la música de cámara, géneros en los cuales Italia hizo sus mejores contribuciones al Barroco.

El descubrimiento de Londres

En el contrato que le ligaba con el elector de Hannover, el músico había tenido la previsión de reservarse una cláusula favorable que le concedía derecho a largos permisos. No tardó mucho Händel en hacer uso de él, porque antes de acabar 1710 se encontraba ya en Londres.

Muerto Henry Purcell hacía quince años, la escena londinense estaba prácticamente huérfana de obras autóctonas mientras las carteleras bullían de piezas francesas e italianas. No resulta, pues, extraño que, apenas unas semanas después de su llegada, Händel estrenara en buena hora Rinaldo (1711), cuyo libreto, inspirado en la Jerusalén liberada, de Tasso, y el Orlando furioso, de Ariosto, había sido escrito por Aaron Hill, director del King's Theatre, local donde iban a representarse buena parte de las obras del músico sajón.

Desalentado por la inactividad del teatro de Hannover, Händel se instaló definitivamente en Inglaterra en 1712, y antes de finalizar el año dos nuevas óperas suyas, Il pastor Fido y Teseo, subían a los escenarios, aunque con escaso éxito. Ello no fue obstáculo para que el compositor, dando muestras de gran diplomacia, lograra el favor de la reina Ana, para cuyo aniversario compuso una oda.

Gracias a la mediación real, y aun siendo extranjero, Händel recibió el encargo de componer una obra que conmemorara la paz de Utrecht. El Te Deum «Utrecht» y el Jubilate «Utrecht», cantados en 1713 en la catedral de San Pablo, dieron a Händel el primer gran éxito en la corte y le valieron la concesión de una pensión real. Sin embargo, los imprevisibles caprichos de la fortuna quisieron que, a la muerte inesperada de la reina, subiera al trono británico Georg-Ludwig de Hannover, con el nombre de Jorge I, al que hemos de presumir lógicamente mal dispuesto hacia Händel. Sea por benevolencia, sea por congraciarse con sus súbditos aprovechando el prestigio de Händel en Inglaterra, el nuevo soberano no sólo asistió a varias representaciones de Rinaldo, sino que dobló la pensión del músico y en 1716 le llevó consigo durante un viaje a Hannover, en el curso del cual Händel compuso la llamada Pasión Brockes, título que alude al autor del texto que utilizarían también Keiser, Telemann y Bach.

Tras regresar a Londres, escribió una de sus más famosas obras instrumentales, Water music (Música acuática), estrenada en julio de 1717 para acompañar los juegos acuáticos celebrados en el Támesis.

Amparado por el mecenazgo del duque de Chandos, ese mismo año Händel inició un género que añadió a su gloria rasgos autóctonos: la música vocal religiosa en lengua inglesa. De este impulso creador nacieron los llamados Chandos Anthems, así como una nueva versión de la cantata profana Acis and Galatea (1718) y la primera versión del oratorio Esther (1718), llamado probablemente Hamman and Mordecai.

El afianzamiento de Händel aumentó al ser nombrado director musical de la Royal Academy of Music, sociedad que regía el King's Theatre, que abrió su temporada de 1720 con el primer éxito apoteósico de Händel, Radamisto, ópera inspirada en los Anales de Tácito. Poco después, la contratación de compositores italianos dejó a Händel sin los favores del público, seducido por el sensualismo que, por ejemplo, Giovanni Battista Bononcini ofrecía en sus óperas. Herido en su orgullo, el músico sajón escribió óperas a marchas forzadas arrancando un éxito tras otro con Ottone (1723), Giulio Cesare y Tamerlano (1724), Rodelinda (1725), Scipione, Alessandro y Admeto (1726-27).

Declive escénico

La victoria de Händel tuvo paradójicamente un final desventurado cuando la rivalidad de dos sopranos italianas las llevó a agredirse en escena, lo que supuso la disolución de la Royal Academy en 1728. A ello se sumó el éxito de The Beggar's Opera (La ópera del mendigo), con música de Johann Christoph Peppush y libreto de John Gay, quien había colaborado con Händel en Acis and Galatea. Sátira cruel de la situación político-social londinense, era, a la vez, una dura burla de la ópera italiana, saturada de personajes mitológicos y pseudohistóricos que acabaron por empalagar al público. En nuestro siglo la mordacidad del libreto fue recuperada por Bertolt Brecht y Kurt Weill en su Die Dreigroschenoper (La ópera de perra gorda).

Desde ese momento la carrera escénica de Händel fue cayendo en una inapelable degradación, pese a que trató de apuntalar sus obras contratando al célebre castrato Senesino y que entre 1731 y 1741 estrenó más de una docena de nuevas óperas, entre ellas Serse (1738).

Gran parte del fracaso de Handel se debió a la competencia de la Nobility Opera, que llegó incluso a apoderarse del King's Theatre obligando al compositor a trasladarse al Covent Garden. La muerte de la reina Carolina obligó a la postre a cerrar ambos teatros, terminando así una pugna políticooperística tras la cual la vida de Händel corrió serio peligro cuando éste sufrió un colapso cardíaco.

Häendel y el oratorio

A partir de 1741 el músico sajón se entregó en cuerpo y alma al oratorio y al año siguiente dio a conocer la primera de sus obras maestras en este género, Messiah (El Mesías). No fueron sólo motivos económicos los que le determinaron a abandonar la ópera y dedicarse al oratorio, sino también el fervor religioso que dominaba su ánimo desde la crisis que había amenazado su vida. De ahí que Händel buscara plasmar su estado de ánimo en una música compuesta no para «divertir, sino para mejorar al público», según declaración suya. Sus siguientes oratorios, basados en textos bíblicos, tuvieron diversa acogida en Inglaterra, más por causa de las circunstancias que rodearon cada estreno, que por la innegable calidad general de las obras. Sin embargo, Samson (1743), Semele (1744), Joseph and his Brethren (1744), Hercules (1745) y Belshazzar (1745) le valieron a Häendel amplio reconocimiento en Europa.

En 1746, con el estreno de Occasional Oratorio, inició una nueva modalidad de espectáculo, el concierto abierto a todos los públicos, que le permitió a lo largo de varios años acrecentar su popularidad. Los éxitos de Judas Maccabaeus (1747), Alexander Balus (1748) y Joshua (1748) demostraron el acierto de Händel al acercar sus obras a públicos tradicionalmente alejados de este tipo de música. El arraigo de su prestigio se manifestó de nuevo en el éxito que obtuvo su Music for The Royal Fireworks (Música para los reales fuegos artificiales, 1749), obra instrumental escrita para celebrar el fin de la guerra de Sucesión austríaca e interpretada durante unos fuegos artificiales.

Éstos fueron, sin embargo, los penúltimos esfuerzos creadores de Händel, ya gravemente aquejado de una enfermedad que había de dejarle ciego, al igual que le sucediera a su madre. Antes de perder por completo la visión, aún tuvo fuerzas para componer algunas obras, entre ellas los oratorios Theodora (1749) y Jephtha (1751), como las tuvo también para revisar muchas de sus obras con ayuda de un secretario en los años que antecedieron a su muerte, acaecida en 1759.


 

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