ÍGOR STRAVINSKI

 
Dejando aparte sus migraciones (Rusia, Francia, Estados Unidos), la biografía de Ígor Stravinski no ofrece hechos sobresalientes.
 
Nació en 1882 en Oranien-baum, residencia estival de sus padres cerca de San Petersburgo; su padre, Feodor Stravinski, era el primer bajo cantante del teatro María de San Petersburgo, un gran músico y, en particular, un notable intérprete del papel de Boris Godunov; su madre era una excelente pianista.
 
Desde la edad de nueve años Stravinski improvisaba al teclado; Glinka y Chaikovski fueron sus primeros ídolos. Cuando era alumno de Rimski-Kórsakov compuso un brillante Fuego de artificio (1908), una Primera sinfonía (1905-1907), sometida a la doble influencia de Brahms y de Glazunov, y emprendió una ópera, El ruiseñor (1914).
 
Quizá se habría consagrado al arte lírico, como su maestro, si no hubiese encontrado a Serguéi Diáguilev, el fundador de los ballets rusos, quien le reveló a sí mismo al encargarle la música de El pájaro de fuego (1910). Existe cierta influencia de Borodín y de Rimski-Kórsakov en El pájaro de fuego, cuya partitura atestigua la filiación de Stravinski con el grupo de los «Cinco»; pero se descubren también en ella las dos cualidades maestras del gran músico: el ritmo y una orquestación audaz y culta a la vez.

 
Jean Cocteau ha propuesto una explosiva definición del cubismo: «Antes, se tomaba un objeto y se hacía con él una pintura; ahora, se toma la pintura para hacer con ella un objeto». Esta definición podría aplicarse a la música de Stravinski. En su deseo de simplificación total y de pureza sonora absoluta, Stravinski considera la música como un objeto, como una materia; pretende no ser un «compositor» sino un inventor de música. Y, en esto, el más grande genio contemporáneo coincide con los más grandes maestros del pasado.
 
Perfecto «artesano», en la acepción más noble del término, trabaja una materia, y cada una de sus obras constituye la solución de un problema sonoro que él mismo se había planteado al principio. De ahí su continua renovación (sus últimas partituras, como "Agon" (1957), "Threni" (1957-1958), "The Flood", ópera-oratorio (1962-1963), "Abraham e Isaac" (1964) o "Requiero Canticlés" (1966), están en la vanguardia de las búsquedas más audaces de la actualidad); de ahí la infinita variedad de su catálogo, en la que dos números de opus jamás se parecen entre sí.
 
Un resumen somero de su evolución.
 
"El pájaro de fuego" (1909-1910) y "Petrushka" (1910-1911) constituyen un apogeo, una apoteosis de la escuela nacionalista de los «Cinco» y un adiós de Stravinski al folklore ruso. La consagración de la primavera (1912-1913) es la «obra absoluta», en la que, libre de componer como él lo entiende, enteramente entregado a sí mismo, Stravinski expresa lo mejor de su genio (más tarde, se observará una especie de retorno a la Consagración con "Las bodas y Renard"). Sin embargo, cuanta más facilidad tiene en el campo del ritmo y de la orquestación, más le falta la invención melódica pura (al principio se había quejado a Rimski-Kórsakov de no poder componer si no era al piano, de estar obligado a buscar interminablemente sus temas). ¿Sería debido a esto por lo que terminó por decretar que toda melodía, una vez expresada, caía dentro del dominio público, perteneciendo a todos, lo mismo que una canción popular? De esta suerte nacieron "Pulcinella" (1919, sobre temas de Pergolesi), "El beso del hada" (1928, sobre temas de Chaikovski), en parte "Apolo Musageta" (1927), "Juegos de naipes" (1936), "la Sinfonía en tres movimientos" (1945) e incluso "Las aventuras de un libertino", "The Rake's Progress" (1948-1951).
 
Sin embargo, habiéndose dado cuenta de que una vez más corría el riesgo de entrar en un callejón sin salida, Stravinski, desde 1920, ha preconizado un «retorno a Bach», a la pureza formal, un neoclasicismo extremadamente audaz y nada académico, del que el "Octeto" (1923), el "Concierto para violín" (1931), "Edipus Rex" (1926-1927), la "Sinfonía de los salmos" (1930) y el "Dumbarton Oaks Concerto" (1937-1938) constituyen los logros más notables.
 
Con una clarividencia singular, Ígor Glebov, el más grande de todos los musicólogos rusos, ha presentido, desde 1914, la evolución de Stravinski.
 
«Stravinski es el último representante de una civilización superiormente refinada, y, no obstante, cansada de sí misma, gastada. La belleza de su universo sonoro es real, pero no mira hacia delante. No hay verdadero porvenir en la música de Stravinski, sino una síntesis muy rebuscada de los descubrimientos de pasado. Stravinski pertenece al pasado. A pesar de todas sus audacias armónicas se percibe que su verdadera fuerza reside en su debilidad: gracias a su intuición de prodigiosa perspicacia, percibe el espíritu y el significado de cualquier época acabada; la estiliza con una destreza diabólica y la ofrece entonces a sus contemporáneos. Es siempre sincero, puesto que se siente "en su casa dentro del cuadro de cualquier civilización porque todas han dejado una huella en su cerebro. Cuando se escucha una obra de Stravinski, parece que se ha dicho todo, que no es posible ir más lejos."
 
En efecto, con mucha frecuencia —y sus obras más recientes lo confirman, Stravinski aparece como un estilizador genial que, cuando utiliza los materiales prefabricados, los repiensa, los «vuelve a digerir», y hace de ellos... un Stravinki, siempre al acecho de la actualidad y ansioso de renovarse.
 
Sus principales obras.
 
Mencionemos en primer lugar las óperas, músicas dramáticas y oratorios:
 
El rey de las estrellas (1911), El ruiseñor, Renard (1917), Historia del soldado (1918), Mayra (1922), Edipus Rex (1927), Sinfonía de los salmos (1930), Perséfone (1934), El estandarte estrellado, Babel, Misa, The Rake's Progress, Cantata, Canticum sacrum (1955), Threni, The Flood o El diluvio.
 
En el catálogo de Stravinski figuran actualmente diez ballets:
 
El pájaro de fuego, Petrushka (1911), La consagración de la primavera, Bodas (1917), Pulcinella (1919), Apolo Musageta, El beso del hada (1928), Juegos de naipes, Orfeo (1947) y Agon.
 
Las obras sinfónicas son numerosas:
 
Cuatro sinfonías, de las que la primera, que data de 1905-1907, es poco conocida y revela un Stravinski curiosamente emparentado con el grupo de los "Cinco" y con... Brahms: cuatro conciertos, entre ellos uno para orquesta (el Dumbarton Oaks), suites.
 
Y no olvidemos las obras de música de cámara, en particular el bello Octeto y el Septeto (1953), páginas para piano, melodías, y las variaciones para orquesta (1965).
 
Stravinski ha muerto en Nueva York en 1971.


 

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