LA MUSICA INCAICA



El pueblo inca, establecido desde hace varios cientos de años en la cordillera andina, que se extiende a lo largo de la costa del Pacífico en América del Sur, constituye una elevada proporción de la población actual de Perú y Bolivia.
 
La música incaica conserva el carácter sobrio y algo melancólico que le confiere no sólo su estructura monódica, sino también un pasado histórico sembrado de invasiones (entre ellas la colonización hispánica, quizá la más determinante) y de resistencia frente a la pérdida de un pasado musical tan rico.

Los incas (cuya lengua, el quechua, aún se habla en la actualidad) ocuparon Perú y Bolivia, así como parte de Ecuador y norte de Chile, a diferentes niveles; gran parte de ellos permanecieron en la sierra andina, mientras que otros se establecieron en las zonas costeras. Esta escisión geográfica del pueblo inca es significativa, ya que delimitó dos grupos de población con notables diferencias musicales a pesar de pertenecer a una misma etnia.
 
Quizá la distinción musical más destacable entre los habitantes de la costa y los de la sierra era que mientras éstos limitaban la construcción de sus melodías a la escala pentatónica (la compuesta por cinco grados o notas correlativas), los primeros no restringían a dicha escala su práctica musical, y tanto podían emplear ésta como la diatónica u otras. Los instrumentos musicales más valiosos, conservados casi todos ellos en los museos de Lima, Berlín y Londres, son sin duda el principal legado de este pueblo, la herencia que ha permitido determinar con mayor precisión las características sobresalientes de la música incaica.
 
El instrumento que más abunda entre los restos arqueológicos hallados es la flauta en todas sus variantes, tanto en hueso como en piedra (como la flauta de Pan de una sola hilera de tubos denominada antara), y a menudo emisora de sonidos microtonales, es decir, de alturas inferiores a un tono: octavos de tono, dieciseisavos de tono, etc.
 
Con frecuencia, los conjuntos de músicos incas debieron de estar formados exclusivamente por un gran número de flautas de todas clases, con la excepción de algún que otro instrumento de percusión o cuerda.
 
Otros instrumentos igualmente ancestrales y significativos dentro de esta cultura fueron las trompetas, denominadas qquepas, las cuales, junto con las antaras y los distintos instrumentos de percusión, constituyeron el grueso del conjunto instrumental andino.
 
La construcción de éstos y otros instrumentos (como las conchas sonoras de los pueblos costeros) atendía a unos métodos bien precisos de elaboración, tanto para las tribus procedentes de la sierra como para los nazcas o mochicas, indígenas de la costa. Para el intérprete y el constructor de instrumentos, a menudo la misma persona, era de vital importancia determinar previamente no sólo el material a emplear (desde barro, piedra o hueso hasta metales preciosos), sino además el color una vez acabado, sus dimensiones, su peso, etc., todo ello en función de un orden conforme a sus creencias religiosas, en las que sin duda alguna la música desempeñaba un papel de primera magnitud.
 
En este sentido, en la música e instrumentos incas hallamos multitud de símbolos plenos de significados, algunos de los cuales todavía son incomprensibles para nosotros; por ejemplo, era habitual la preferencia por las cifras 4 y 8, que eran aplicadas constantemente en diversas ceremonias: así pues, el número de componentes idóneo para un conjunto musical andino era ocho, mientras que la totalidad de tubos que debían conformar una antara era cuatro. La práctica musical se consideraba, pues, como parte indisociable de las ceremonias y rituales, fuera cual fuere su carácter, confiriendo de este modo a la música un valor netamente sagrado.

La presencia de los colonizadores españoles hizo que los músicos nativos incrementaran el celo por sus costumbres, lo cual repercutió de modo particular en los intrusos conquistadores, quienes curiosamente en sus crónicas se quejan repetidas veces de una de las características más representativas de la música incaica: el tono agudo de sus melodías, que en ocasiones eran calificadas de «chillonas y estridentes». Al mismo tiempo, la colonización española hizo que se produjeran los inevitables fenómenos de «occidentalización» de la música incaica, como el que protagonizó Juan de Fuentes en 1551, al transformar una melodía perteneciente a un rito indígena en una pieza polifónica destinada a la celebración del Corpus Christi en la catedral de Cuzco.
 
Entre las más difundidas tradiciones incas se encuentra el famoso ritual en el que los músicos iban vestidos con túnicas de color bermellón, exceptuando a los percusionistas, quienes, cubiertos con pieles de puma, se preparaban para ahuyentar a los posibles enemigos con tan impresionante atuendo.
 
Señalemos, por último, en este breve recorrido por las peculiares costumbres de los incas, que en sus cantos ceremoniales distinguían tres funciones principales: la primera de ellas estaba destinada a celebrar los rituales de despedida o cachapari; la segunda se dedicaba a festejar un motivo de alegría común (haylli), mientras que la tercera consistía en ritos de amor (harawi), algunos de los cuales han sido transmitidos hasta nuestros días.
 
 

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