LA MÚSICA JUDAÍCA

 
La música del pueblo judío, cuyas raíces debemos buscarlas en las páginas del Antiguo Testamento, se propagó a lo largo de la Edad Media por las diversas culturas del mediterráneo europeo, hallando especialmente en España un lugar fértil para su cultura, donde se generó un amplio repertorio tanto musical como literario. Señalemos que gran parte de la música judaica conservada se debe principalmente a la tradición oral, razón por la cual todos los conocimientos que de sus costumbres tenemos se los debemos principalmente a la herencia recibida de la música folklórica.

Los orígenes de la música judaica se encuentran en el Antiguo Testamento, única fuente escrita que ha llegado hasta nuestros días con una referencia un tanto imprecisa, pero al menos testimonial, de la ancestral música hebrea.
 
En sus páginas no sólo se alude a la finalidad y características de algunas de las ceremonias de las que formaba parte indisociable la música, sino que también se describen los diferentes tipos de instrumentos utilizados con mayor asiduidad en aquella época.
 
Así, se esbozan instrumentos de cuerda como el kinnor (especie de lira de origen asirio) o el nebel (una variante del arpa egipcia); instrumentos de viento construidos con bambú, e instrumentos de percusión a base de hueso y arcilla, como el órgano o grefa, y los címbalos o tzilzal.
 
El centro vital de los antiguos músicos y del pueblo hebreo en general era el templo y, lógicamente, fue dentro de él donde la labor musical se desarrolló más intensamente; los cantos en los cuales se recitaban ciertos pasajes bíblicos, así como otras manifestaciones musicales, constituían el vehículo de expresión del pueblo judío. Sin embargo, con la destrucción del templo ocurrida en el año 70 de nuestra era, numerosos ritos se perdieron, conservándose tan sólo hasta nuestros días el canto de las Sagradas Escrituras.
 
Los Salmos, cantados de un modo especialmente brillante, gozan de gran interés musicológico si tenemos en cuenta además su probable origen en ritos anteriores a la era cristiana, dado que se han hallado fuertes semejanzas con algunos cantos de aquella época en Siria y Yemen. Señalemos a este respecto que el canto gregoriano y los himnos ambrosianos recogieron sus fundamentos en estos dos últimos pueblos.
 
Los cánticos que figuran en las lecturas bíblicas han quedado consolidados hasta nuestros días como la expresión musical más importante de los rituales judíos. Estos cantos se construían a partir de una serie de fórmulas musicales, cada una de las cuales contenía una secuencia de notas establecida, de modo que a cada secuencia se le asignaba un determinado signo, que era incluido en el texto que debía ser cantado. Estas señales, llamadas ta'amim, aparecen a lo largo de todos los textos bíblicos en prosa y son la base de la salmodia judía, cuyos inconfundibles melismas constituyen uno de los testimonios del pasado más elocuentes y representativos.

Los cantos de las sinagogas conservan en la actualidad, además de esta característica, otras peculiaridades que los hacen privativos de un lugar de culto, como son los modos (equivalentes a los modos eclesiásticos occidentales y comparables a los ancestrales conceptos del ethos griego o el raga hindú) pertenecientes a las oraciones más sobresalientes de los textos sagrados cantadas durante la liturgia. Estos modos, como el llamado sinagogal, confieren un determinado significado al pasaje del que se está haciendo lectura.
 
En España fueron quizá los sefarditas quienes recogieron y cultivaron de una manera más viva y personal las tradiciones del pueblo hebreo; así, poseemos testimonios de la activa participación del pueblo judío en el contexto de la música española durante la Edad Media y el Renacimiento, cuando no solamente en nuestro país, sino en el resto de cortes europeas, los mecenas, músicos, bailarines y cantantes judíos florecían en los más diversos focos artísticos.
 
En el siglo XVIII, el denominado misticismo musical judío recibió un postrer impulso dentro de los círculos cultos europeos gracias al movimiento hasidi, procedente del este de Europa, el cual abogaba por la música como único medio de unión entre lo divino y el alma humana. Este estilo se caracterizaba por sus melodías, que eran cantadas sin textos, simplemente emitiendo la voz con plena libertad de expresión verbal.
 
En el siglo XIX, a las habituales ceremonias de la sinagoga, con sus tradicionales lecturas salmodiadas, se unieron los cánticos acompañados por un coro de fieles, que en dicha centuria se consolidó como estable. En este sentido, numerosos compositores de las últimas décadas del siglo XIX y ya entrado el siglo XX cultivaron la música de la sinagoga en mayor o menor medida, al menos durante una parte de sus vidas, al tiempo que contribuyeron a la historia de la música culta occidental; destaquemos desde Meyerbeer, Halévy, Mendelssohn, Offenbach o Mahler hasta Schönberg, Bloch, Milhaud, Gershwin, Copland o Weill.
 
Por su origen judío, cabe citar tarbién a intérpretes y directores de orquesta célebres como Rubinstein, Joachim, Kreisler, Menuhin, Klemperer, Walter y una larga lista de nombres que constatan la tradición creativa de este pueblo.

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