LEOS JANÁČEK


Original hasta el desafío, Janáček (1854-1928) es un independiente que no puede relacionarse con ninguna escuela, con ningún estilo, a no ser, quizás, en algunas óperas, con el realismo de un Musorgski.

Nacido en Hukvaldy, en el norte de Moravia, permaneció apasionadamente ligado a su terruño. Pasó su vida en la capital morava, Brno.
 
Durante mucho tiempo fue considerado como un músico de importancia local. Hay que decir que maduró tarde, y que lo esencial de su obra pertenece al arte del siglo XX, del que fue uno de los pioneros más decididos. En la tercera de sus diez óperas, Jenufa (1903), encontró un estilo enteramente personal. La primera representación, en Brno, no tuvo ninguna resonancia, pero, en 1916, el estreno en Praga dio de pronto la gloria al músico sexagenario. Desde entonces, estimulado por el éxito, se mantiene joven de cuerpo y espíritu, y dará pruebas de una fecundidad y de un florecimiento prodigiosos. Así, este hombre, ocho años mayor que Debussy, se convierte en una figura esencial de la vanguardia musical internacional.
 
Janáček es un «temperamento», con toda la fuerza del término. El folklore moravo, que recogió desde finales del siglo XIX entre la incomprensión general, mucho antes de iniciarse las investigaciones de Bartók, se encuentra en la base de su lenguaje musical. Estudió de cerca las inflexiones del lenguaje hablado, la risa, el llanto, incluso los cantos de los pájaros. Estos elementos condicionan temática breve, entrecortada, de un prodigioso vigor expresivo, de una estructura rítmica y periódica cuya libertad forma pareja con la de la armonía: al mismo tiempo que Debussy, e independientemente de éste, Janáček emancipa la disonancia integra al lenguaje musical la escala de tonos, los modos, incluso la politonalidad.
 
A semejante idioma, le convienen las formas clásicas: enamorado de concisión, Janáček ignora la forma sonata y el desarrollo temático, trabaja por yuxtaposición de células breves, de "ostinati" melódicos y rítmicos de extraordinario relieve, en los cuales se cree oír todavía los ecos del lenguaje humano incluso cuando están confiados a los instrumentos.
 
Una orquestación rica en color, como grabada, que utiliza frecuentemente los registros extremos y desdeña las partes dobles y los llenos, valoriza plenamente el vigor del pensamiento.
 
Pero la difusión de su mensaje más allá de las fronteras choca con el formidable obstáculo de la lengua: lo esencial de su obra se compone, en efecto, de óperas y de obras vocales o corales, tan íntimamente condicionadas por las inflexiones del modo de hablar moravo que cualquier traducción las desnaturaliza.
 
Las obras instrumentales, poco numerosas pero altamente significativas serán para nuestros públicos el mejor camino de acceso hacia Janáček.
 
Sin embargo, éste es, ante todo, dramaturgo: su concisión, su áspero vigor, su lirismo ardiente logran maravillas en la escena. La elección de sus temas revela un ser generoso, impulsivo, lleno de piedad por los sufrimientos humanos. Así ocurre con Jenufa, ruda tragedia campesina, su obra más popular; así, sobre todo con Katya Kabanova (1921), historia conmovedora de una madame Boyary rusa del siglo pasado; así, finalmente, con Memorias de la casa de los muertos (1928), su última ópera, inspirada por los recuerdos del presidio siberiano de Dostoievski, es ésta la obra de un visionario, de un humanista, cuya aspereza casi insoportable se aclara, no obstante, con el credo de su inscripción: «En toda criatura, una chispa divina».
 
Pero Janáček es también el satírico feroz y bufón de Las excursiones del señor Broucek a la Luna y al siglo XV (1917), de un humor a veces surrealista, el filósofo inquieto de El asunto Makropulos (1925), que trata del problema de la inmortalidad y del elixir de larga vida. Finalmente, he aquí el delicioso rayo de sol de La zorra astuta (1923), fábula llena de sonriente sensatez sobre «Los animales y sus hombres» e himno entusiasta a la vida y a la naturaleza.
 
La música coral de Janáéek está dominada por la Misa glagolítica (926),  compuesta sobre el texto en antiguo eslavón del Ordinario, página exultante, de una alegría casi bárbara, acto de fe unánime, que toma a Dios por testigo de la grandeza del hombre. Pero, por lo menos, hay que citar los dramáticos coros para hombres sobre poemas revolucionarios de Bezruc, las páginas más fuertes del repertorio coral checo. La música vocal culmina con el ciclo de melodías Carnet de un desaparecido (1918).
 
En la orquesta, además de las populares Dantas de Laquia (1890) y de dos poemas sinfónicos, he aquí dos páginas capitales: la rapsodia en tres partes Tarás Bulba (1918) y la brillante Sinfonietta (1926), con sus quince trompetas. La música de cámara comporta principalmente dos cuartetos para cuerda (1923 y 1928), de los que el segundo, canto del cisne de Janáéek, titulado Cartas íntimas, es un himno al amor, de ardor volcánico, como si fuera fruto de un corazón de veinte años.
 
La producción pianística incluye sobre todo la dramática sonata 1.X.1905, de inspiración revolucionaria, y los ciclos líricos Por la senda cubierta de hierba (1901-1908) y En la niebla (1912), de un refinamiento que recuerda a Fauré.
 
Citemos aquí algunos discípulos del maestro: Vaclav Kapral (1889-1947), Vilem Petrzelka (n. 1889), Jaroslav Kvapil (1892-1958) y Osvald Chlubna (n. 1893).


 

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