LOS JUGLARES


 
A través de los caminos, en las plazas públicas y en los patios de los castillos, los juglares difundieron su arte ante un público ávido de entretenimiento. Su presencia en el ámbito medieval adquirió, sin embargo, una notabilísima importancia, no ya sólo por el hecho de proporcionar una vida más amena a sus contemporáneos, sino porque merced a aquellos artistas ambulantes se propagó por toda Europa la música, la literatura y el muestrario instrumental que había de abastecer las corrientes estéticas de la Edad Media.

La figura del juglar es la herencia de unos artistas llamados mimi y thymecili, que procedían de los antiguos espectáculos teatrales romanos y que sobrevivieron a la extinción del Imperio; con el advenimiento de la cristiandad continuaron su oficio de manera ambulante por pueblos y ciudades.

Hubo, sin embargo, un tipo de juglar que, de modo más o menos estable, desempeñaba su quehacer en la casa palaciega de algún señor a quien debía causar regocijo con su arte, que solía incluir la declamación, el canto y la música instrumental. Recordemos que la palabra juglar no designaba únicamente al artista dedicado al cultivo de la música; el término englobaba, además, a todo aquel que a través del mimo, la pantomima, el lanzamiento de cuchillos, el equilibrismo o la doma de animales se ganaba el sustento. Ello nos permite adivinar la existencia de diversas clases de juglares.

Pertenecieron, pues, a un rango distinto los saltimbanquis y los juglares cantores empleados en la propagación de la poesía culta de los trovadores. Contrariamente a la creencia generalizada de que el trovador cantaba sus poemas, hay que señalar que este cometido era cumplido por el juglar distinguido, ya que el trovador, que sólo en ocasiones era intérprete de sus propias obras, desempeñaba primordialmente una tarea compositiva.

Por su valía, algunos artistas abandonaron su condición de juglares para desarrollar su ingenio como trovadores (tal es el caso de Marcabrú), aunque el hecho contrario también se dio con relativa frecuencia, pues sabemos que Guilhem Ademar, Arnald Daniel y muchos otros, aun siendo trovadores, necesitaron salir a los caminos para procurarse su subsistencia.

En cuanto a los juglares de inferior categoría, cabe recordar que en España recibieron distintas designaciones según su especialidad: los remedadores (equilibristas e imitadores), los cazurros (artífices de espectáculos de dudoso buen gusto) y los segrieres (artistas de mayor condición que trabajaban en las casas de la nobleza).

La juglaría entró en declive en las últimas décadas del siglo XIII, centuria en la que se empezó a prescindir del término juglar para adoptar el de ministril, palabra con la que se describía al músico cortesano y culto.

Crónicas, epistolarios y obras literarias (en España encontramos abundantes referencias de juglares en Berceo, en el Libro de Buen Amor, en los Libros de Apolonio y Alexandre y en el Poema de Fernán González) dan buena cuenta de la activa participación en la vida de la Edad Media de aquellos artistas que poco a poco fueron extinguidos por una sociedad más refinada.


 

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