SERGUÉI PROKÓFIEV

 
Su Vida.

Serguéi Serguéievich Prokófiev nació en 1891 en Sontsovka, un pueblecito de la cuenca del Dónetz.
 
Dotado precozmente, estudió música con su madre, después en lecciones particulares, con Reinhold Gliére. A los doce años había compuesto cuatro óperas, una sinfonía, dos sonatas y una colección de piezas para piano.
 
Sus padres le hicieron entrar en el conservatorio de San Petersburgo, donde estudió composición bajo la dirección de Liádov. En 1909 terminó sus estudios, cuatro años más tarde obtuvo un gran premio de piano al ejecutar su propio concierto n.° 1.
 
De 1918 a 1932 llevó una vida errante en los Estados Unidos, en Francia, en Inglaterra, y fue uno de los grandes colaboradores de los ballets rusos de Diáguilev.
 
Seguidamente, incapaz de vivir en el extranjero, volvió a la URSS (1932) y murió en Moscú en 1953.
 
Su genio.
 
Como ha observado justamente Malipiero, es extremadamente difícil de definir: Prokófiev no puede emparentarse con ningún movimiento, con ninguna época musical. Es un clásico puro, que declara:
 
«¡Quedan tantas cosas bellas por decir en do mayor!»; o bien: «No deseo nada mejor, nada más simple ni más completo que la forma sonata, que contiene todo lo que es necesario para el desarrollo de mis ideas». Y añadía todavía: «Deseo ante todo simplicidad y melodía. Ciertamente, he empleado disonancias, pero ha habido ya demasiadas. La disonancia constituía, para Bach, la sal de la música. Otros han añadido pimienta y especias cada vez más abundantes en sus platos, hasta que han enfermado los estómagos más resistentes y toda la música se ha convertido en pimienta. Yo creo que la gente se ha cansado de ello. Nosotros queremos un estilo musical más simple, más melódico; una calidad de emoción más directa, menos compleja...».
 
Del clásico posee también Prokófiev la honradez artesana. Para él, sólo la música cuenta en materia musical. Así, un tema, surgido durante un paseo por el bosque, le impone una forma y le conduce a emprender una sonata para violonchelo solo. Así, un motivo de la música para Iván el Terrible que se le ha aparecido como la mejor visión musical del heroísmo de los rusos, no le hace dudar en cuanto a volverlo a utilizar, con el mismo significado, para Guerra y paz.
 
Por otra parte ciertos temas de El ángel de fuego engendrarán la tercera sinfonía, y los de El hijo pródigo darán nacimiento a la cuarta: Prokófiev los considera como «polivalentes», como si fuesen a la vez motivos de ópera, de ballet y de sinfonía. Los utiliza de nuevo, pues, pero de manera distinta, y esta especie de traslaciones nos hacen pensar inevitablemente en Bach.
 
A su clasicismo debe Prokófiev un arte atlético, sano, vigoroso, equilibrado, de rica savia. Al mismo tiempo es un gran lírico: el carácter cantable de sus bellos temas lo atestigua, así como la atracción que sentía por la ópera y por los temas románticos (Maddalena [1911-1913], El ángel de fuego [1922-1925], Guerra y paz [1941-1942], Romeo, Julieta, La historia de un hombre auténtico [1947]), o más bien neorrománticos.
 
Además, a pesar de su aparente cosmopolitismo y del número relativamente reducido de sus obras de inspiración eslava reconocida, Prokófiev es profundamente, esencialmente ruso. En espíritu, lo es tanto como Glinka o Chaikovski, fraterniza con el pueblo, como Musorgski, en Alexandr Nevski, Semian kotko (1930), Guerra_y paz (1941-1942); en Flor de piedra, dio pruebas de una especie de ternura mágica que no tiene igual si no es en Rimski-Kórsakov. Incluso cuando Diáguilev le encarga una irónica «estampería de Epinal» —Chut («El Bufón») [1915-1920]—, introduce en ella un lirismo, una emoción sincera, que es la verdaderos cuentos populares.
 
Su obra.
 
Es muy abundante y de una variedad infinita: desde los cáusticos "Sarcasmos para piano" (1912), la deslumbradora y anhelante "Suite excita" (1914), el mecánico "Paso de acero" (1925), hasta las amplias cantilenas de "Romeo y Julieta" (1935),  a la majestad épica de Alexandr Nevski (música para película de la que el músico ha extraído una cantata, (1938), el humor mordaz de "El amor de las tres naranjas", la simplicidad deliberadamente infantil de "Pedro y el lobo" (1936) y de Cenicienta.
 
Compositor de música pura, Prokófiev es autor de siete sinfonías (la primera o "Sinfonía clásica" se remonta a 1916), nueve sonatas para piano, seis sonata para otros instrumentos, dos cuartetos para cuerda (1930, 1941), cinco conciertos para piano (uno de ellos para la mano izquierda, 1911-1932).
 
En otro dominio, se le deben ocho óperas, siete ballets, numerosas suites, cantatas, oratorios, músicas para la escena y para películas, melodías, etc.,

 
 
 

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