EL LAUD


Todavía usado en Oriente, el laúd adquirió una gran trascendencia en Europa entre los siglos XIII y XVIII. Su presencia fue tan notoria, que durante el Renacimiento no hubo caballero afamado que no se ejercitara en su tañido.
 
El eclipse al que le sometieron los instrumentos de teclado lo condenó a una agonía lenta, que culminó a finales del siglo XVIII. Hoy, el interés hacia el laúd resurge de nuevo gracias a la recuperación del antiguo repertorio.

Conocido entre los babilonios (hacia el 3000 a. J.C.) como un instrumento de caja pequeño, espalda curva y mástil breve, la propagación del laúd se llevó a cabo en diversas direcciones: Egipto, Grecia, India y China. Su tránsito hacia la cultura arábiga se produjo durante la dominación sasánida (siglos III y VII) y fue conocido como barbat, esto es, «pecho de ánade».

 
Si colocamos un laúd sobre una mesa, con la tapa hacia abajo, comprobaremos que su perfil se corresponde con el de un ánade; por lo tanto, tenemos en la forma del laúd una influencia de contenido místico.
 
Poseía el barbat una tapa armónica de piel, que fue trocada por una de madera a iniciativa de los árabes, a finales del siglo VII, lo cual motivó que se le conociera como al'ûd («la madera»), y de ahí el nombre castellano de laúd.
 
Aunque en España (país por el que entró el instrumento en Occidente) existieran referencias desde el siglo X, hasta el XII no se produjo su expansión, consolidándose su uso dos siglos más tarde en Europa.
 
Enormemente estimado en la música culta, pasó a convertirse en un elemento indispensable en el panorama compositivo renacentista, momento en el que su fisonomía (caja almendrada, roseta central, espalda abombada con costillas, mástil independiente y clavijero en ángulo hacia atrás) estaba ya definida. Destinado al acompañamiento del canto, y miembro esencial en los conjuntos instrumentales, contó también con un extraordinario repertorio (siglos XVI y  XVII).
 
En Italia destacaron los maestros Spinacino, Capirola, Ganassi, Antico, Da Milano, Terzi, Borrono y Gianoncelli, mientras que en Alemania sobresalieron Reymann, Reusner, Bittner y Weiss. En Francia, donde hubo verdadera devoción hacia el instrumento, fueron notables Le Roy, De Visée, Ballard, Gaultier, Mouton, Bataille y Du But, siendo en Inglaterra equivalentes por su importancia Dowland, Danyel, Morley, Mace y Robinson. Por lo que se refiere a España, resulta verosímil suponer que existiera una literatura para laúd, pero ésta no ha llegado hasta nosotros.

Destinado durante el Barroco al desarrollo del bajo continuo y al acompañamiento del canto, el laúd perdió incidencia en favor de los instrumentos de teclado, los cuales, más fáciles en su ejecución, gozaban además de mayor sonoridad.
 
A finales del siglo XVI se crearon unos instrumentos denominados archilaúdes con el fin de aumentar el registro grave del laúd. De gran tamaño y con clavijero suplementario, poseían unas cuerdas situadas al aire, fuera del diapasón, que no se digitaban, sino que sólo se pulsaban. Las principales variedades fueron la tiorba, el laúd tiorbado y el chitarrone.
 
En nuestros días, cuando el antiguo repertorio musical vuelve a valorizarse, pudimos escuchar sus notas de la mano de grandes intérpretes, como Konrad Ragossnig (n. 1932) y, sobre todo, Hopkinson Smith (n. 1946).

 

 

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