EL LUTHIER


La palabra francesa luthier, que procede de luth, laúd, es empleada internacionalmente para designar al constructor de instrumentos musicales. El término, usado en Francia formalmente desde el siglo XV, engloba a todos aquellos artesanos dedicados a la fabricación de instrumentos, sea cual fuere su especialidad, aunque principalmente se destina a los artífices de instrumentos de cuerda. El vocablo español que corresponde a este concepto es el de violero.

Habitualmente, en el mundo antiguo el constructor de instrumentos musicales era el propio músico. No es menosprecio hacia el pasado si señalamos que el grado de especialización para tal menester no era demasiado elevado, habida cuenta de que la música no presentaba la complicación técnica que a partir del siglo XV fue característica.
 
Por otra parte, en la antigüedad no existió una música eminentemente instrumental, a pesar de que ya en la Grecia clásica los intentos de implantación de un arte no vocal fueron notorios, sobre todo debido a la influencia de Timoteo de Mileto (446-357) y Filoxeno (430-380).
 
Hemos de tener en cuenta que en aquel entonces el instrumento músico cumplía su principal misión en el acompañamiento del canto, el verdadero protagonista del universo musical de las primeras civilizaciones. Aunque con anterioridad al siglo XIV (época en la que el alambicamiento del arte sonoro fue más señalado debido al advenimiento del Ars Nova, año 1320) existieron ya instrumentos de notable factura, sobre todo laúdes, salterios y rábabs arábigos, que penetraron durante la invasión morisca en España, no fue hasta el otoño de la Edad Media cuando el oficio del violero tuvo mayor sentido, pues a partir de entonces los intérpretes precisaron de instrumentos más perfeccionados.
 
Hay que considerar que a la exigencia musical cada vez más rigurosa, el músico debía responder en consecuencia con una mayor dedicación a su especialidad, por lo que poco a poco fue creándose la necesidad de una persona dedicada a la exclusiva fabricación de los instrumentos.
 
Si tenemos en cuenta la lectura de numerosos documentos medievales renacentistas, observaremos la importancia que fueron adquiriendo los luthiers. Una clara muestra de ello la advertimos en las notas medievales de la cancillería de la Casa Real Catalano-Aragonesa, una de las más importantes de Europa en su tiempo, en las que se habla con frecuencia de constructores como Anthonet, Guido de Lanrys, Jacme Gil, Johan Comes, Pere Devesa, Pere Granyena, Ponc y Pere Palau, quienes recibían los encargos de los propios monarcas.
 
Ya en 1292 se cita a un luthier parisino, llamado Henry «aux viéles», el cual había alcanzado un considerable renombre precisamente cuando la juglaría entraba en su fase de decadencia, detalle éste que no debe pasar desapercibido ya que el auge de la violería coincide con el declive de los juglares, quienes por lo común construían sus propios instrumentos.
 
Aunque los primitivos luthiers estaban muy vinculados con otros oficios relacionados con el trabajo de la madera (carpinteros, ebanistas), paulatinamente fueron creando corporaciones de especialistas en las que tan sólo podían ingresar aquellos que, habiendo pasado un período de cinco o seis años como aprendices en el taller de un maestro violero, cumplieran unos rigurosos exámenes.
 
En España son conocidas las ordenanzas para los violeros dictadas en Sevilla (en 1502 y 1527), en las que se exige a los aspirantes muestren su maestría en la fabricación de una vihuela, de un violón y de un clavicémbalo.

Durante el Renacimiento la violería fue un arte en expansión, pero no sería hasta el siglo XVII cuando empezaron a florecer, sobre todo en Italia, los grandes artesanos y las dinastías de constructores que, a través de los años, perfeccionaron un oficio hoy plenamente consolidado, pues en nuestra sociedad el instrumento musical ya forma parte esencial de la cultura.
 
Nacieron también en la centuria mencionada las grandes escuelas de constructores (italiana, francesa, inglesa, española y alemana), y aunque es cierto que Italia fue el principal centro de irradiación, la mayoría de países aportaron sus peculiaridades a este arte, como es el caso de la violería hispánica, a la que luthiers como Duclós, Guillamí, Bofill, Contreras, Massaguer y Matabosch en el siglo XVIII, o Altimira y España en el siguiente, dotaron de unos caracteres genuinos, cuya tradición han recogido en nuestra centuria maestros como Fleta, Ramírez y Parramón.
 
Lentamente, la labor artesanal de estos maestros ha ido perdiendo su influencia debido principalmente al extraordinario consumo musical de la sociedad de hoy, y así, el luthier, en su sentido esencial, ha quedado cerrado a unos círculos reducidos que se limitan a proveer instrumentos para selectos músicos.
 
Por lo dicho, advertiremos que la producción industrial o pseudoindustrial de los mismos es cada vez más creciente; mientras un violoncelo (por citar un ejemplo) producido artesanalmente requiere un número de horas muy considerable, el mismo ejemplar realizado industrialmente (como es práctica habitual en Japón, China y países del Este) se reduce a un 70 % de su coste total, aunque, como es lógico, la diferencia en la calidad no guarda parangón. Por ello, la figura del luthier artesano continúa hoy teniendo un importante lugar en el ámbito musical, pues su aportación técnica y artística es de suma trascendencia.

 
 

0 comentarios:

Publicar un comentario