ERNESTO LECUONA


Guanabacoa, 7 de agosto de 1896

Santa Cruz de Tenerife, 29 de noviembre de 1963

Popular músico cubano, Ernesto Lecuona supo aprovechar con un gran sentido del ritmo los elementos que el folklore de su tierra le ofrecía. Aunque su producción de canciones de carácter ligero le valió ser cuestionado en Cuba durante los primeros años de la Revolución, se le reconoce hoy como el compositor que más ha contribuido en el siglo XX a la difusión de la música cubana.

Hijo de un modesto periodista español afincado en Cuba, Ernesto Lecuona mostró desde temprana edad un gran interés por la música.
 
A los cinco años inició sus estudios de piano con su hermana Ernestina y con Hubert de Blanck, y posteriormente ingresó en el Conservatorio Nacional de La Habana, donde compuso sus primeras canciones.
 
En 1919 dio a conocer la colección de Danzas cubanas, una obra de calidad en la que Lecuona utilizó la música popular cubana que más tarde sería la base de la mayoría de sus composiciones. Después de finalizar los cursos en el Conservatorio, efectuó numerosas giras por Latinoamérica, Europa y Estados Unidos como director del grupo Lecuona's Cuban Boys, a través del cual empezó a ser conocido.
 
Durante unos años vivió en Nueva York, donde escribió musicales para los teatros de Broadway y música para películas y para la radio. Pronto abandonó su carrera como concertista de piano para dedicarse enteramente a la composición. Sus obras, en su mayoría canciones, son de carácter netamente popular y cultivan los ritmos afrocubanos.
 
Entre su abundante repertorio de canciones, más de doscientas, destacan por el gran éxito obtenido en su tiempo Canto carabalí, Siboney (estrenada por la cantante Nena Planas en 1927 y popularizada en París por Rita Montaner), La comparsa y Malagueña, escrita ésta en 1933.
 
Cantantes como Caridad Suárez, Carmen Burgueta y Margot Alvariño contribuyeron a la difusión de un gran número de ellas, entre otras, Para Vigo me voy, Siempre tú en mi corazón, Rosa de China, Guadalquivir y Aragón.
 
Durante algunos años Lecuona fue empresario de una compañía de revista, donde se representaron dos zarzuelas suyas: El cafetal, que obtuvo un estrepitoso fracaso, y María de la O, que, por el contrario, fue muy bien acogida por el público y significó el relanzamiento de la soprano Luisa María Morales.
 
De su música operística merece ser mencionada El rumbero de Yarey, y entre sus obras sinfónicas, la Rapsodia negra, para piano y orquesta; de tono claramente popular es la Suite española, formada por Gitanerías, Andaluza y Malagueña.
 
Tres años antes de morir se trasladó a España y se instaló en Santa Cruz de Tenerife, desde donde dirigió varios conjuntos de música popular.



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