GUSTAV MAHLER


Kališté, 7 de julio de 1860
Viena, 18 de mayo de 1911

La figura de Gustav Mahler aparece como el gran puente entre la música romántica del siglo XIX y la intelectualizada vanguardia europea del siglo XX. Al margen de su monumental labor compositiva, Mahler sobresalió también en la dirección de orquesta, hasta el punto que se le considera el primer director moderno por su carácter y por su osadía en romper los moldes del entumecido modelo de dirección orquestal de anteriores siglos.

Considerado en la actualidad como el último gran sinfonista de la historia de la música, el prestigio de Gustav Mahler ha experimentado en años recientes un auge notable, sobre todo a raíz de la película de Luchino Visconti Muerte en Venecia, que, basada en una novela corta del escritor alemán Thomas Mann, presenta una fabulación de los últimos días de un compositor presuntamente inspirado en la figura de Mahler. Este hecho, sin embargo, no deja de ser una mera anécdota, o quizá la excusa por la que se ha prestado atención después de muchos años de olvido al insigne compositor austríaco.

 
Los valores intrínsecos de su obra trascienden en mucho a la posible efervescencia del mito decadentista que a través de esta bella película se ha desencadenado. Baste señalar que muchos de los elementos que caracterizaron las manifestaciones artísticas de la generación musical de Schónberg, Berg o Webern bebieron de las fuentes de la obra del compositor que nos ocupa.

Infancia y juventud

 
Gustav Mahler nació en la población bohema de Kališté en el seno de una familia de comerciantes judíos. Poco tiempo después de su nacimiento se trasladó con sus padres a Jihlava, en Moravia, donde se le despertaron a muy temprana edad sus aficiones musicales. Pronto se apercibieron aquéllos de su obvio talento para la música y le animaron a que ahondase en la materia. Así pues, después de un año de clases, Mahler dio su primer recital de piano, en 1870, cuando apenas contaba diez años. Al año siguiente fue enviado a estudiar a Praga, donde permaneció dos años, sin que su irreductible vocación sufriera merma alguna.
 
Sin embargo, su formación más definitiva se originó en Viena, en 1875, cuando el influyente profesor de piano Julius Epstein le facilitó su ingreso como alumno en el Conservatorio. Fueron años de un gran perfeccionamiento e incluso de fulgurantes éxitos en el terreno interpretativo en las competiciones del centro docente. El joven músico superaría, no obstante, las distintas pruebas para llegar a una certeza: prefería abandonar la interpretación en favor de la composición.
 
En esta época Mahler tenía ya cerca de dieciocho años y vivía solo en Viena, estudiando música, dando clases de piano para sobrevivir y estudiando filosofía y todo tipo de humanidades en la Universidad de la capital austríaca. Su formación intelectual era cada día más completa y también su preparación musical. Muy pronto vería la luz su primera obra importante, después de varios intentos de juventud. Se trata del poema sinfónico Das klagende Lied (La canción del lamento), compuesto en 1880, a los veinte años de edad, y del que Mahler escribió también el libreto.
 
Das kla-gende Lied, aun siendo una obra de juventud, tiene un grado de madurez y de perfección técnica encomiable, representando además un crisol en el que se distinguen muchos de los rasgos desarrollados más tarde por Mahler, los cuales en esta primeriza obra aparecen simplemente esbozados: su contraste entre grandilocuencia y delicadeza, entre lo lírico y lo grotesco, entre la voz y los instrumentos.

En 1881 inició la que sería su más asidua actividad en el plano musical: la dirección de orquesta. Concretamente, su primera colocación retribuida en este campo se desarrolló en Laibach, hoy Liubliana, donde permaneció un par de años hasta su traslado al teatro de Olomouc, en el que, de hecho, estuvo sólo de paso, para trabajar seguidamente, y también por espacio de dos años, en la orquesta de Kassel.

 
En esta ciudad tuvo su primer amor, hecho que merece ser comentado por su relación directa con el temperamento apasionado y romántico del músico. El malogrado final de dicho romance le inspiraría una de sus páginas más bellas, el ciclo de canciones Lieder eines fahrenden Gesellen (Canciones de un camarada errante), para voz y piano, posteriormente orquestado por él mismo.
 
En 1885 dejó Kassel, donde poco podía ya aprender, y se trasladó a Praga, ciudad en la que permaneció durante la temporada 1885-1886 y tuvo ocasión de dirigir por vez primera las óperas de Mozart y Wagner, dos de sus compositores predilectos.
 
Cuando finalizó la temporada, ocupó la plaza de segundo director en el Neues Stadttheater de Leipzig. Allí dirigió algunas óperas de Carl Maria von Weber, de quien completó la ópera cómica Die drei Pintos (Los tres pintos), que permanecía inacabada, y se enamoró de Marion von Weber, esposa del nieto del compositor alemán. Aunque infructuosa, la relación con dicha mujer tuvo la virtud de hacer volver a Mahler a la composición. De esta época data la Primera Sinfonía, esbozada cuatro años antes aprovechando los motivos musicales del ciclo Lieder eines fahrenden Gesellen. En ella aparecen totalmente configurados los rasgos apuntados en pasajes precedentes; buen ejemplo de ello es su tendencia a lo grotesco, evidenciada en la marcha fúnebre del tercer movimiento, que toma su melodía de la canción infantil Frére Jacques.
 
Tras su fracaso sentimental, Mahler abandonó la ciudad alemana para dirigir la orquesta de la Opera Real de Budapest, puesto en el que comenzó a desarrollar sus innovadoras y rigurosas teorías en el campo la dirección. Permaneció en la capital húngara de 1888 a 1891, y allí estrenó su Primera Sinfonía, que pasó desapercibida para el público.
 
A raíz ello, el músico recapacitó y se decicó a dar más importancia a sus composiciones, aunque antes recaló todavía en otra ciudad centroeuropea, Hamburgo, donde residió hasta 1892, dirigiendo cerca de veinte óperas mensuales, entre las que destaca por su calidad interpretativa y por el rigor de su montaje Tristán e Isolda, de Richard Wagner.

Años de madurez

 
A partir de 1893, y con un porvenir asegurado en la dirección de orquesta tras el prestigio adquirido en su andadura centroeuropea, Mahler visitó como director invitado las orquestas de varias ciudades de esta parte del continente. Sus épocas de ocio, y sobre todo los veranos, los dedicó con un fervor notable a la composición. En tres años concluyó las Sinfonías Segunda y Tercera, tarea realmente ardua por las colosales dimensiones de dichas partituras. En ellas apareció por primera vez en su producción sinfónica una característica que el compositor austríaco explotaría a menudo y que ya se apuntaba en su primer poema sinfónico Das klagende Lied: la inclusión de la voz humana como un instrumento más.
 
El estreno de su Segunda Sinfonía (Berlín, 1895) constituyó su primer éxito de público y el inicio de la que sería su etapa de madurez. Hasta 1897, Mahler repartió su tiempo entre los compromisos con las orquestas que dirigía durante la temporada de conciertos, y sus retiros estivales en Carintia, donde se dedicaba a componer.
 
Aquel año, sin embargo, el compositor recibió una atractiva oferta, la de dirigir la orquesta de la Ópera de Viena, cargo que aceptó a cambio de abjurar de la religión judía, debiendo bautizarse según el rito católico. A lo largo de los diez años en los que ocupó este puesto, Mahler desarrolló sus radicales teorías e ideas respecto de la dirección orquestal. Los ensayos se volvieron sumamente rigurosos; supervisaba él directamente la selección de intérpretes, vestuario, escenógrafos y efectos, y las antiguas corrupciones e influencias en el seno de la orquesta desaparecieron por completo.
 
Los resultados no se hicieron esperar. Pronto se asistió al estreno de montajes operísticos que rozaban la perfección en todos los campos, y no sólo en el musical. Aún en nuestros días se considera esta etapa como la más floreciente de cuantas la ópera de Viena ha vivido.
 
En 1900 compuso su Cuarta Sinfonía, en la que también aparece la voz. Esta vez, no obstante, renunció a las colosales dimensiones de anteriores composiciones y creó una obra sencilla pero de una hermosa emotividad.
 
Al año siguiente inició uno de sus ciclos de canciones, los Kindertotenlieder (Canciones a la muerte de los niños), y un poco después los Rückert Lieder, que con sus canciones del ciclo Des Knaben Wunderhom (El muchacho de la trompa mágica), recreación de la infancia y la naturaleza, constituyen el contrapunto vocal de su obra sinfónica, la cual, a partir de ese año, sería, salvo una excepción, enteramente instrumental.
 
En 1902 contrajo matrimonio con Alma Schindler, también compositora y dotada de un talento natural para el arte. Ese mismo año nació la primera de sus hijas, María, y compuso su Quinta Sinfonía, quizás una de las más logradas. En ella figura el popular Adagietto inmortalizado en la película Muerte en Venecia.
 
En los tres años siguientes escribió las Sinfonías Sexta y Séptima, instrumentales como la Quinta, y ultimó los ciclos de canciones antes mencionados. En 1904 nació su segunda hija, Anna; fueron éstos quizá los años de mayor felicidad y productividad del músico austríaco.
 
Su Octava Sinfonía, compuesta en 1906, habría de representar su definitiva consagración en el firmamento musical de su tiempo. Conocida como la «Sinfonía de los mil» por el elevado número de ejecutantes que precisa, consta de dos partes, siendo la primera el himno en latín Veni Creator Spiritus, y la segunda, la escena final del Fausto, de Goethe. Su estreno ante los más significativos representantes de la intelectualidad europea constuiría, como se ha dicho, su total encumbramiento.
 
El año 1907 representó, en la vida de Mahler, el fin de su feliz etapa profesional y privada. Dejó ese año la dirección de la ópera de Viena por desavenencias con los empresarios y, en terreno personal, se registró el fallecimiento de su hija María, lo que sumió en un profundo estado de desmoralización y melancolía que nunca pudo superar totalmente.
 
En este período inició una nueva etapa de director invitado en todos los puntos de tierra, avalado por el prestigio adquirido en Viena. Sus tres últimas composiciones, el poema sinfónico Das Lied von der Erde (La canción de la Tierra) y las Sinfonías Novena y Décima, esta última inacabada, son páginas de un profundo dramatismo, y en todas ellas aparece, como una constante, el tema de la muerte como motivo principal. Mahler ya no vería el estreno de ninguna de estas obras.
 
En 1911, una enfermedad cardíaca que venía arrastrando desde la muerte de su hija, le haría regresar de improviso de Estados Unidos, donde residía, falleciendo a los cincuenta años en Viena.




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