LA MÚSICA LITÚRGICA


Bajo el encabezamiento de música litúrgica englobamos aquellas músicas destinadas a enriquecer e intensificar los cultos religiosos.
 
Desde tiempos remotos la música ha formado parte de las principales ceremonias de culto y, hoy día, se encuentra introducida en los más señalados ritos de las diferentes confesiones del cristianismo. En este artículo examinaremos, solamente, las más sobresalientes formas musicales que nutren el ritual de la Iglesia católica.

Durante los primeros siglos del cristianismo, los cánticos que se elevaban en toda la geografía europea como invocación o medio de comunicación directa con el Todopoderoso habían sido heredados de la tradición cristiana procedente de Oriente Medio.
 
Tamizadas tales plegarias musicales en primer lugar por San Ambrosio y posteriormente por San Gregorio, surgió el modelo formal de la música que colmó durante más de diez siglos los repertorios litúrgicos europeos. Nos referimos a los himnos ambrosianos y los cantos gregorianos, verdaderos pilares de la música del ritual católico.
 
Estos cánticos se elevaban durante la celebración de las ceremonias más notorias del culto. De entre ellas, debemos destacar en primer lugar la misa. En ella se combinan unos textos que evocan, de manera sintética, los principales hechos en torno a los que se forjó la fe cristiana y que constituyen el denominado ordinarium missae, o simplemente ordinario; por otra parte, hablamos del propio o proprium missae cuando a estos textos les añadimos los correspondientes a una festividad señalada.
 
Tanto el ordinario como el propio, junto con otra forma musical aparecida con posterioridad, pero de igual relevancia (el motete), se contemplan como la piedra angular de la composición litúrgica occidental.
 
El Ordinarium Missae está constituido por cinco partes invariables:
 
- Kyrie (con nueve invocaciones -Kyrie eleison/Christe eleison- alternadas en tres secciones, siendo la central la más extensa).
- Gloria.
- Credo.
- Sanctus-Benedictus.
- Agnus Dei.
 
Otra de las variantes de la misa era la ceremonia de difuntos, conocida como Requiem o Missa pro defunctis, la cual se divide en nueve partes:
 
- Introito (cuyo incipit -o frase inicial- es Requiem).
- Gradual (con incipit también de Réquiem).
- Tracto (que empieza Absolve Domine).
- Secuencia (iniciada con el célebre Díes irae).
- Ofertorio (con Jesu Christe como frase de cabecera).
- Sanctus-Benedictus.
- Agnus Dei.
- Responsorio (cuyo incipit es Libera me, Domine).
 
Tanto para la misa ordinaria como para la de difuntos, han escrito excelsas páginas los más destacados compositores, desde Dufay, Josquin Desprez, Morales o Victoria, hasta Bach, aunque a partir de Mozart las partituras basadas en oficios litúrgicos perdieron su esencial naturaleza para convertirse en obras presididas por espíritu eminentemente religioso como las misas de Beethoven, Brahms o Stravinski.
 
La segunda de las grandes formas musicales litúrgicas es el Oficio divino, plegaria oficial de la Iglesia romana cantada en latín, como la misa. Se divide en las horas que originalmente se santificaban durante el día, denominadas horas canónicas, y son:
 
- Maitines o Vigiliae (entre las 2,30 y las 3 la noche), que en días festivos concluían con el Te Deum.
 
- Laudes o Matutinas (entre las 5 y las 6 de la madrugada).
 
- Prima (7,30 de la mañana).
 
- Tercia (9 horas).
 
- Sexta (mediodía).
 
- Nona (entre las 14 y las 15 horas).
 
- Vísperas (al ponerse el sol), de mayor relevancia porque los autores podían hacer llegar en ellas su música a un mayor número de personas (citemos, entre las más bellas, las de Monteverdi)
 
- Completas (hacia las 19 horas).
 
Éstos fueron los patrones seguidos en la creación de música para la liturgia practicada en el occidente europeo.




 

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