¿QUE ES UN HIMNO?

 
Entendemos por himno el poema tarifado de carácter sacro y por regla general escrito en prosa en honor a la divinidad primordial, diferente según la tradición religiosa de cada pueblo.
 
En Occidente, fue cultivada esta forma musical en la Grecia antigua, para pasar más tarde a su período de mayor esplendor gracias a su introducción en la liturgia latina por San Ambrosio, culminando con la polifonía sacra del Renacimiento.

Las primeras muestras de himnos de que se tienen noticia datan del siglo V a. J.C. y en concreto corresponden a dos piezas: la primera es un himno homérico formado tan sólo de tres versos; la segunda es un himno en honor a Apolo.
 
Algo posteriores son los tres himnos escritos por Mesomedes de Creta y publicados por vez primera por Galileo en 1581.
 
Mucho más tardío, del siglo III, es un himno cristiano compuesto en honor a la Santísima Trinidad y procedente de Egipto, aunque acaso sea de origen Bizantino. Tras este primer influjo helénico, el himno comenzó una época de fluctuante expansión por todo el Occidente cristianizado, alcanzando mayor relieve a medida que ganaba importancia como forma musical dentro de la liturgia.

Con el traslado de la capital del Imperio Romano a Constantinopla, cambió, en cierto sentido, el centro de atracción musical, el cual, desde el punto de vista social y político, se hallaba ya en cierta decadencia. Fueron los cánticos cristianos los que trajeron frescor a la música del Imperio, los cuales habían sido heredados precisamente de la tradición sacra musulmana y judía. Estos cantos, llamados salmodias, eran interpretados por un solista, a quien respondían uno o varios coros de fieles. Fue así como San Juan Crisóstomo de Alejandría conoció en Antioquía, a través de Efraím le Edesa (306-373), el himno y la salmodia, introduciéndolas en la liturgia bizantina, al tiempo que San Hilario de Poitiers (m. h. 367) y San Ambrosio, obispo de Milán (h. 340-397), fueron los encargados de perpetuar y difundir estos himnos y salmodias en la liturgia latina. Los himnos ambrosianos se caracterizan por su claridad y sencillez de estilo, calificativos todos ellos comunes a la música de aquellos días.

A raíz de la expansión de esta forma surgieron numerosas colecciones de himnos reunidas en volúmenes denominados himnarios, los cuales eran de uso común para la celebración de la misa. Son de destacar, entre ellos, el himnario de San Gall en Suiza, el de Irlanda y, muy especialmente, el himnario hispánico de este período, el cual recoge una fuerte influencia islámica, cuyo refinamiento queda del todo constatado en himnos como los de Eugenio de Toledo (m. 658) o Venancio Fortunato (n. 600), obispo de Poitiers.
 
Durante el siglo VIII los himnos retornaron a la métrica clásica (recordemos que en principio los himnos ambrosianos constaban de ocho estrofas de metro yámbico), usando de nuevo los hexámetros y la estrofa sálica; por estas mismas fechas aparecieron los versus o himnos cantados durante las procesiones, cuyos más significativos representantes procedían de la abadía de San Gall, como Ratpert, Maur o Waltram.
 
En los siglos siguientes, la práctica totalidad de autores escribieron himnos, desde Odón de Cluny (m. 942), con sus célebres himnos en honor a San Martín, hasta San Anselmo de Canterbury (m. 1109), cada uno con notables diferencias, no sólo de estilo sino debido a la orden a la que pertenecían; así, los cistercienses de San Bernardo heredaron la rigurosa y sobria tradición ambrosiana, mientras Cluny y otras órdenes trazaban sus propios modelos. A este mismo período pertenecen los magníficos himnos de la abadesa de Bingen (Alemania), la venerada Santa Hildegarda, quien con sus obras elevó la tradición germana a la altura de los restantes focos espirituales europeos.
 
Posteriormente, Santo Tomás de Aquino también dedicaría su tiempo a escribir algunos himnos, en concreto los destinados al oficio del Santo Sacramento, mientras otro pilar de la cristiandad, Tomás de Kempis, autor de la célebre Imitación de Cristo, creaba igualmente un importante número de himnos.
 
La polifonía también penetró en la evolución del himno, y desde sus primeros ejemplos del siglo XIII, procedentes del Codex Apt, hallamos una gran cantidad de compositores que lo cultivaron, desde Dunstable y Dufay en el siglo XV, pasando a Cabezón, Tallis, Lasso, Palestrina y Victoria, tan sólo unos pocos nombres característicos del Renacimiento.
 
En los primeros años del Barroco, la Iglesia católica ciñó sus himnos a algu-os breviarios (como el de San Gall), los cuales habían recogido la tradición himnaria clásica, y que pasarían a formar parte, desde el siglo del repertorio de himnarios que han sido utilizados hasta nuestros días.

El himno nacional
 
Por último, apuntemos brevemente otro tipo de himno completamente distinto al que hemos analizado; nos referimos al himno nacional. Esta forma de himno (así considerada tan sólo por su carácter elegíaco patriótico) es una pieza de inspiración nacionalista, la cual representa a la nación en los actos oficiales.
 
Al margen de su valor meramente anecdótico, el valor musical de la mayoría de los himnos nacionales es escaso. Señalemos, a título de curiosidad, que el himno nacional español, la Marcha Real (uno de los pocos himnos nacionales que carecen de letra), fue escrito en 1770 por un compositor alemán; que el himno nacional francés, conocido como La Marsellesa, fue compuesto en 1792 por Claude Joseph Rouget de Lisle, y que el himno de la República Federal Alemana debe su autoría a Haydn (1797).
 
Anotemos también que el más antiguo de todos los himnos nacionales es el británico God save the Queen/King (1744), de autor anónimo.
 
 
 

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