¿QUE ES UN LIBRETO?

 
Mientras que el aficionado a la ópera no tiene ninguna dificultad para determinar el compositor de una obra, los libretistas, artífices también de ésta, a menudo son ignorados por el gran público. No obstante, si tenemos en cuenta que la ópera está compuesta de texto y música, el libreto posee teóricamente parecida importancia a la partitura y, de hecho, se dan casos de libretos de una gran calidad literaria.

El término libreto (del italiano libretto) designa el opúsculo que contiene el texto de una ópera, pero también el de una opereta, oratorio, cantata, etc. Por extensión se denomina libreto al texto en sí, por lo cual hoy día nos referimos a la parte escrita de una ópera con este término.

Orígenes
 
Los antecedentes del libreto se sitúan en los siglos XV y XVI bajo las denominaciones de argumento, descripción, texto de tragedia y de pastoral.
 
El origen del libreto data de finales del siglo XVI, siendo su primer ejemplo el de la ópera Dafne, de Ottavio Rinuccini, con música de Jacopo Peri, publicado en 1597 en Florencia. Coincide así con el nacimiento de la ópera, cuyo primer ejemplo, aunque su partitura se ha perdido, es precisamente la citada obra de Peri. Ello nos da la clave para averiguar si cabe considerar los antecedentes citados como libretos propiamente dichos (lo que indicaría que la diferencia sólo estribaría en el nombre), o si se produjo un cambio que induzca a pensar que aquéllos no deben ser considerados como tales.
 
Todo parece indicar que el término libreto haría referencia en un principio sólo a los textos para ópera, como se deduce de la coincidencia de los respectivos nacimientos, y más teniendo en cuenta que cuando nació la ópera ya había ejemplos de cantatas y oratorios, por lo que la extensión que se realizó al señalar como libretos los textos de ambas formas litúrgicas no se produjo sino con posterioridad a la fecha indicada.

Siglo XVII
 
Los primeros libretos se publicaron en un formato pequeño, que se amplió durante el siglo XVII para facilitar su lectura. En este período, los libretos se entregaban al público asistente a la representación a fin de que éste pudiera seguir el desarrollo de la trama argumental. A menudo contenían ilustraciones muy elaboradas y preciosos grabados que representaban algunas de las escenas de la ópera interpretada. Los libretos italianos del siglo XVII hacían siempre referencia a temas mitológicos y empleaban para sus ilustraciones, así como para la decoración del escenario, la iconografía propia de las alegorías y las pastorales.
 
La costumbre de entregar al público un ejemplar del libreto (a menudo con una vela para hacer posible su lectura respondía al hecho de la preponderancia del texto sobre la música y la importancia literaria de sus autores, todos ellos poetas de primer orden. Citemos, por ejemplo, a Guarini, Manni, Striggio, Branchi, etc.
 
Sin embargo la creciente demanda de libretos que se produjo tras los primeros grande éxitos de las óperas condujo a numerosos escritores de segunda fila a escribir libretos para óperas a menudo de compositores importantes. Este hecho unido a la aparición de la temática histórica junto a la mitológica (con L'incoronazione di Poppea, de Monteverdi, en 1642) por considerarla más asequible para el público, comportó una trivialización del libreto, el cual cedió gran parte de su importancia no sólo a la música sino al espectáculo en sí, esto es, a los decorados, vestuarios, masas corales, efectos especiales, etc., con lo que se llegó a un barroquismo extremo.
 
Los libretistas que privaban en este estado de cosas eran tan poco ilustres como exigente su trabajo, y con frecuencia sacrificaban la coherencia argumental en favor de las exigencias de los cantante. El germen de esta degeneración surgida en Italia floreció sobre todo en la corte de Viena, muy dada en aquel entonces a este tipo de pompas. Italia sin embargo, salvaría el mal paso (mientras otras cortes laureaban lo que las cortes italianas rechazaban) introduciendo elementos cómicos y satíricos en la tan trascendentalizada ópera de mediados del siglo XVIII.
 
Entre los libretistas más famosos de esta etapa destaca sobre todo monseñor Giulio Rospigliosi, quien más tarde sería nombrado papa con el nombre de Clemente IX. Rospigliosi escribió docena de libretos, de temática religiosa y profana, con la introducción de elementos mundanos y costumbristas y retratos de la sociedad burguesa de su época. Cabe señalar, sin embargo, que a pesar de la adecuación de los libretos a las exigencias de la ópera, éstos carecían todavía del valor literario que les había caracterizado en sus orígenes y no eran sino un mero pretexto sobre el que apoyar la parte musical de la representación.

Siglo XVIII
 
 En el siglo XVIII se acentuó la separación que ya se adivinaba en el siglo anterior, esto es, la gran ópera por una parte y la ópera bufa por otra. Así, mientras la gran ópera se decidió a recuperar la calidad literaria para sus libretos, de la mano de poetas como Apostolo Zeno, Pietro Bernardoni y, sobre todo, Pietro Metastasio, cargando el texto de recursos literarios innecesarios y acentuando los arquetipos de los personajes, la ópera bufa incidió más en la correspondencia texto-música sin más pretensiones que la coherencia de la obra.
 
El principal libretista de la ópera bufa del siglo XVIII fue Goldoni, al que siguieron Zini, Sertor, Palomba y Bertati, entre otros. Así, mientras los temas de los libretos de la gran ópera eran preferentemente históricos y mitológicos, construidos en un lenguaje artificioso y carente de todo rasgo de humor, el libretto buffo recurría a las fuentes populares y a las parodias costumbristas, con inclusión de numerosos recursos cómicos en una trama habitualmente melodramática. Si en Italia la tendencia que saldría ganando sería la de la ópera bufa, en Alemania y en Francia, naciones más dadas al trascendentalismo, el callejón sin salida de la ópera metastasiana debería esperar a la aparición de Gluck para rechazar totalmente la gran ópera tal como se entendía hasta entonces.

Consolidación
 
No varía mucho el panorama operístico en el siglo XIX. En Italia se siguió cultivando la ópera bufa, y en Alemania y Francia se prefería todavía la gran ópera, que, tras la reforma de Gluck, permitió ya un desarrollo no obstaculizado por las pretensiones literarias de los libretistas. Surgieron así dentro de las dos tendencias numerosos ejemplos de libretos no sujetos ni a la trivialidad argumental ni a la rigidez del grave lenguaje literario.
 
En Italia destacaron Felice Romani, autor de libretos para Bellini y Donizetti; Francesco Maria Piave, que escribió para Verdi, para quien también lo haría Salvatore Cammarano, y Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, autores de textos para Puccini.
 
En Francia gozaron de prestigio Eugéne Scribe, que trabajó para Meyerbeer, Halévy, Doni-zetti y Verdi; Jules Barbier y Michel Carré, autores de textos para Gounod, Offenbach y Thomas.
 
En Alemania, en cambio, si bien se registró la presencia de algunos libretistas, poco más que mediocres, lo que hay que destacar es la aportación de Richard Wagner, quien, respondiendo a una necesidad de correspondencia total entre música y texto, escribió él mismo sus libretos, experiencia que ya habían llevado a cabo algunos compositores (Berlioz, por ejemplo), pero que a partir de él se derivó en dos actitudes, ambas relacionadas con el rigor textual y la coherencia total de la obra. La primera de ellas fue la de compositores como Musorgski, Boito, D'Indy, Schtinberg o Menotti, algunos de ellos ya en nuestro siglo, que, confiando en sus facultades literarias, siguieron el ejemplo de Wagner para unificar en la medida de lo posible las dos componentes de la ópera.
 
La otra actitud fue la de requerir la colaboración de literatos de primer orden. Así, Richard Strauss trabajó siempre con Hugo von Hofmannsthal; Debussy lo hizo en ocasiones con Maurice Maeterlinck, así como Dukas, y Ravel utilizó textos de Gabrielle-Sidonie Colette para alguna de sus óperas. Por último, es notable la presencia del polifacético Jean Cocteau, quien brindaría sus servicios a Francis Poulenc para escribir en más de una ocasión el texto de sus composiciones.
 
 
 

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