RUGGERO LEONCAVALLO


Ruggero Leoncavallo, unánimemente considerado, junto con Pietro Mascagni, como el máximo exponente del Verismo, es un claro ejemplo, al igual que su citado colega verista, del dramático caso del autor que ha creado una obra maestra (la ópera Pagliacci) en plena juventud y no ha sido capaz de superarla en los que tendrían que haber sido sus años de madurez creativa.

Hijo de un oficial de policía napolitano, Ruggero Leoncavallo ingresó a los nueve años en el Conservatorio de Nápoles, donde cursó composición con Lauro Rossi. Finalizados sus estudios musicales en 1876, se trasladó a Bolonia, en cuya Universidad estudió literatura y empezó a mostrar un gran interés por el Renacimiento italiano, lo cual, unido a su creciente pasión por la música de Wagner, le hizo concebir La idea de componer una trilogía renacentista.
 
Tras sucesivos fracasos, y falto de medios para sobrevivir, llevó una vida azarosa que le condujo a diversos países (Bélgica, Grecia, Turquía, etc.) y a desempeñar cargos como el de maestro de capilla en Egipto.
 
El éxito y la fama le llegaron cuando, estando en París, presentó su ópera Pagliacci, como anteriormente lo había hecho Mascagni con su Caballería rusticana, al concurso organizado por el editor Sonzogno de Milán; Leoncavallo no ganó el concurso, pero consiguió que se estrenara la ópera en el Teatro dal Verme de Milán, el 21 de mayo de 1892.
 
El triunfo fue inmediato y el compositor pronto vio representada su obra en los principales escenarios del mundo. Pagliacci es una ópera que a primera vista no posee especiales méritos musicales ni dramáticos que justifiquen su renombre; sin embargo, puesta en escena, posee aquella «garra» inconfundible, aquella capacidad de seducción que caracteriza a las obras maestras. Basada, según algunos biógrafos, en un hecho real del que el compositor fue testigo directo en su infancia, Pagliacci se centra en un caso de parricidio motivado por los celos, tema recurrente en las óperas veristas y al que el público latino en general, y sobremanera el italiano, parece especialmente sensible; si a todo ello añadimos que la trama de la obra reposa sobre el siempre sugestivo y ambiguo juego del teatro dentro del teatro, tendremos algunos de los motivos que explican que esta ópera haya contado siempre desde su estreno con el favor del público.
 
Con todo, no parece que la intención de Leoncavallo fuera la de continuar en la línea de los dramas de ambientación rural, pues, como se ha dicho anteriormente, el gran sueño de su vida fue crear una gigantesca trilogía al estilo de Wagner sobre el Renacimiento italiano; de este gran proyecto, titulado Crepusculum, sólo se estrenó la primera parte, I Medici (1893), por lo demás sin gran éxito.
 
Leoncavallo murió a los sesenta y un años amargado y frustrado por no haber podido superar la obra maestra de sus treinta y cuatro años en las óperas (La bohéme, Zazá, Der Roland uon Berlin, etc.), operetas y piezas de otros géneros que compuso a partir de esa edad.
 
Entre sus canciones destaca la célebre Mattinata, grabada en 1904 por Caruso.



 

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