LA MÚSICA CHECA Y ESLOVACA EN LOS SIGLOS XIX Y XX


Checoslovaquia (en checo y en eslovaco: Československo, Česko‑Slovensko) fue una república de Europa Central que existió de 1918 a 1992 (a excepción del periodo correspondiente a la Segunda Guerra Mundial, época en la que perteneció a Alemania). El 1 de enero de 1993 se escindió de común acuerdo y pacíficamente, volviendo a la situación histórica anterior, cuando fue fundada el 28 de octubre de 1918 como uno de los estados sucesores del Imperio austrohúngaro, dando de nuevo lugar a los dos países iniciales precedentes: la República Checa (o Chequia) y Eslovaquia. Ambos países forman parte de la Unión Europea desde 2004.
 
En los siglos XIX y XX, a los que nos vamos a referir, Checoslovaquia comprendía dos naciones unidas por su étnica y su lenguaje, pero separadas largo tiempo por su destino histórico. Bohemia y Moravia, país de cultura rica y antigua, sede de una tradición musical de las más fecundas de Europa, se opone a Eslovaquia, atrasada y semifeudal.
 
Por tanto, deberemos examinar separadamente la creación musical eslovaca que, por otra parte, no se remonta mucho más allá de principios de siglo.

Los predecesores de Smetana

En el siglo XVIII Bohemia mereció el nombre de «Conservatorio de Europa» que le otorgó Burney. Surgiendo de una sólida tradición popular, tanto folklórica como religiosa, numerosos creadores convirtieron el país en un plantel de músicos.
 
Como su patria era entonces una dependencia del Imperio de Austria, y su antigua capital de Praga una ciudad de provincia, estos artistas no encontraron salida para su talento y emigraron por toda Europa.
 
No entra en el marco de este estudio examinar la parte que tuvieron estos compositores en la elaboración del estilo clásico de Haydn y de Mozart. Es suficiente recordar que la escuela de Mannheim estaba formada casi enteramente por músicos checos (Jan Vaclav Stamic y su hijo Karel; Antonin Fils) o moravos (Xaver Frantisek Richter), en tanto que la dinastía de los Benda florecía en Berlín, después en Gotha, donde Jiri Benda creó el melodrama.
 
Durante este tiempo, Josef Myslivecek triunfaba en Italia como compositor de óperas, hasta el punto que se le dio el sobrenombre de «Il divino Boemo». Viena fue el centro de una emigración intensa, y maestros como Jan Krtitel Vanhal, Leopold Kozeluh, los hermanos Pavel y Antonin Vranicky o Frantisek Krommer-Kramar contribuyeron a dar carácter al clasicismo vienés en su apogeo.
 
Francia acogió primero a Antonin Kohout, al arpista J. B. Krumpholz, al virtuoso de trompa Vaclav Stich-Punto, después al pianista-compositor Jan-Ladislav Dusik (1760-1812), conocido entre los franceses con el nombre de Dussek, uno de los precursores del romanticismo en el piano.
 
Algunos creadores permanecieron en el país, organistas o maestros de capilla la mayor parte de ellos, tales como Frantisek-Xaver Brixi, J.F.N. Seger o Jan Jakub-Ryba. Frantisek-Xaver Dusek fue amigo y huésped de Mozart en Praga.

Bedřich Smetana

El terreno estaba preparado para un creador nacional de gran envergadura: éste fue Bedřich Smetana (1824-1884). La originalidad del movimiento nacional de la música checa está en haber podido fundarse en una larga y sólida tradición clásica. También el talento del joven Smetana, nacido en Litomysl, al este de Bohemia, pudo desarrollarse desde el principio gracias a la práctica de la obra de los grandes maestros.

 
Se convierte en un pianista virtuoso de primer orden, y sus obras de juventud consisten casi enteramente en danzas y miniaturas para el piano. En Praga oyó a Liszt (1840), después a Berlioz (1846), y se alineó muy pronto entre los defensores de la vanguardia musical. Desde entonces se unió a los movimientos de ideas nacionales y progresistas de la minoría intelectual checa de la época, a la que ni siquiera el fracaso de la revolución de 1848 pudo desanimar.
 
Sin embargo, el rigor de la represión austríaca condujo a Smetana a exiliarse durante cinco años a Góteborg, en Suecia (1856-1861). A su regreso al país, encontró una atmósfera más liberal, y se unió rápidamente a la vasta efervescencia nacionalista, coronada por la inauguración, en 1862, de un Teatro nacional checo provisional (ópera, ballet y comedia).
 
Desde entonces, la tarea de Smetana será la de crear un repertorio lírico checo. Varias intrigas sórdidas retrasarán tres años la creación de la ópera histórica Los brandeburgueses en Bohemia (1863). La resonancia de este estreno (5 de enero de 1866) fue sobrepasada todavía por la del estreno de la ópera cómica popular «La novia vendida», celebrado el 30 de mayo siguiente: ésta es la verdadera fecha del nacimiento de la música nacional checa; después de su estreno, la obra fue interpretada 2.500 veces en el Teatro Nacional de Praga.
 
Portavoz de su país, Smetana cantó el glorioso pasado legendario de Bohemia en sus grandiosos dramas líricos Dalibor (1867) y Libarse (1871). Esta última obra no vio encenderse las candilejas hasta 1881, con ocasión de la inauguración del Teatro Nacional, erigido por suscripción pública. En el intervalo, Smetana estrenó una ópera cómica de inspiración francesa, Las dos viudas (1874).
 
En octubre del mismo año, se volvió sordo súbitamente. Prosiguió valientemente, gracias a un trabajo creador encarnizado: entonces (1874-1879) da a la música checa el gran ciclo de poemas sinfónicos «Mi patria», seis obras maestras que cantan sucesivamente el pasado de Bohemia (I. «Vysehrad», y III. «Sarka»), sus bellezas naturales (II. «Vltava», mundialmente célebre bajo su nombre alemán de Moldau, y IV. «Prados y bosques de Bohemia»), finalmente las grandes horas de su historia (V. «Tabor», y VI. «Blanik»).
 
Después, Smetana volvió a la música lírica, dando una tras otra las óperas cómicas El beso (1876), El secreto (1878) y El muro del diablo (1882). Pero el exceso de trabajo y los sufrimientos físicos le hicieron perder finalmente la razón, y, como Schumann, se extinguió en una casa de salud.
 
En todos los géneros que ha abordado, Smetana ha logrado plenamente la creación de un repertorio nacional de valor. Sus ocho óperas se representan en los escenarios líricos checos, y algunas han franqueado las fronteras. Si el ejemplo de Liszt, de Berlioz y aún de Wagner, ha fecundado las grandes descripciones heroicas y legendarias, si las óperas cómicas encuentran la gracia, la vivacidad y el espíritu de Mozart, el lenguaje smetaniano no es por ello menos totalmente original.
 
El ciclo Mi patria (al que hay que unir los poemas sinfónicos compuestos en Suecia: Ricardo III, El campamento de Wallenstein, Hakon Jarl) se inscribe en la línea innovadora de la música de programa de Berlioz y de Liszt.
 
Smetana no se sintió muy atraído por la música pura, y sus tres grandes páginas de música de cámara: el trío con piano (1855) y los dos cuartetos de cuerda (1876 -De mi vida- y 1883), son de esencia autobiográfica.
 
Finalmente, es autor de numerosísimas piezas para piano, de un virtuosismo deslumbrante y de un refinamiento de lenguaje que permiten comparar la colección de las Polcas dantas checas (1878) a las obras de arte de Chopin.
 
 
 


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