¿QUE ES UNA MARCHA MUSICAL?


Se conoce por marcha la pieza musical de ritmo marcado y a menudo repetitivo, en la que se incluyen frases melódicas de ejecución más bien simple, aunque muy efectivas dentro de los actos para los que suele estar destinada aquélla: procesiones de carácter religioso, desfiles militares, etcétera.

Desde el siglo XVII, momento en el que Lully introdujo la marcha en los espectáculos de ópera y ballet, numerosos compositores han dedicado brillantes páginas a este tipo de composición.

Cuando en el siglo XVI se escribieron las primeras piezas musicales que, por su carácter marcial, eran destinadas a empresas militares, fue adoptado el nombre de battaglie o batallas para calificar este tipo de música precursora de la marcha tal como la conocemos hoy.


Ya en aquel entonces, las batallas o futuras marchas gozaban, no obstante, de una estructura melódica y rítmica prácticamente análoga, de tal modo que el paso de la una a la otra no ocasionó ningún cambio interno importante. Así, es común hallar ambos apelativos en las obras de un mismo compositor, como es el caso del inglés William Byrd con su battaglia titulada My ladye nevells booke y su The march of footemen.

En los inicios del siglo XVII, la battaglia dio paso de modo definitivo a la marcha, alcanzando precisamente durante este período uno de sus momentos más brillantes y fecundos.

En Francia —acaso el país donde tomó mayor fuerza—, Jean Baptiste Lully, el compositor de la corte de Luis XIV, protagonizó un primordial episodio para la evolución de la marcha —cuya repercusión se hizo sentir en el resto de Europa—, al incluir esta pieza dentro de la ópera y posteriormente en el ballet, dándole en ambos espectáculos un puesto preponderante. A partir de entonces, la marcha pasó a formar parte del repertorio clásico, adoptando una estructura no menos clásica, con una primera sección dividida en dos partes, una célula central de carácter más melódico que la inicial (denominada trío) y, por último, una reexposición de la melodía que encabeza la pieza.

Dicho esquema respondía a un patrón bien específico, que había cobrado cierta relevancia en esta época, el minueto, y que en el caso de la marcha era sustentado por un conjunto instrumental constituido principalmente por potentes instrumentos de viento (bombardas, sacabuches, chirimías, etc.), capaces de hacer oír sus sonidos al aire libre.

Además de Lully, André Philidor y Francois Couperin, más tarde escribieron música de este tipo otros compositores, como Gluck o Haendel.

Pocos años más tarde, diversos autores del período clásico empezaron a cultivar esta pieza de carácter marcial desde Haydn y Mozart (en la «Marcha de los sacerdotes» de La flauta mágica) hasta Beethoven (en la Sinfonía «Heroica»), todos ellos respetando en mayor o en menor medida los rasgos que configuran una marcha, entre los que destaca el tipo de ritmo, que, por la característica dinámica, a menudo pomposa, de las manifestaciones a que se destina, exige siempre un compás binario, como 2/4, 4/4, 6/8, 12/8, etc.

Con la llegada del Romanticismo, la marcha sufrió una serie de alteraciones, sobre todo en lo que se refiere a la comprensión global de la pieza, y adquirió interpretaciones muy variadas. Aparecieron en este período los distintos tipos o subdivisiones de la marcha según su función, origen o carácter; así, adquirieron notoriedad un nutrido número de piezas bajo epígrafes de la más diversa índole, algunos de los cuales guardaban poca relación con el significado originario de la marcha.

Surgieron las marchas fúnebres (con célebres ejemplos en el tercer movimiento de la Sonata en si bemol menor, Op. 35, de Chopin, o en el tercer acto de la ópera de Wagner El ocaso de los dioses), las marchas nupciales (como la de El sueño de una noche de verano, de Mendelssohn, o la del segundo acto de Lohengrin, de Wagner), así como una interminable lista de marchas de carácter nacionalista o regionalista, que, como ya hemos señalado, en muchas ocasiones tan sólo conservaban de la marcha el calificativo. Tal es el caso de algunas marchas húngaras, eslavas, turcas, escocesas, etc.

Paralelamente al desarrollo de la marcha en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, en el que tuvieron un destacado papel compositores corno Berlioz, Meyerbeer o Verdi, surgió un importante movimiento musical reivindicativo de los repertorios de carácter militar, creándose para este efecto numerosas bandas que desempeñarían una notable labor antes y después de la Primera Guerra Mundial en toda Europa y en Estados Unidos; precisamente de este último país surgió la que obtuvo y otorgó un mayor impulso a los restantes, nos referimos, claro está, a la banda creada por el norteamericano John Philip Sousa (1854-1932) en 1892.

A este hecho se atribuye que a partir de la segunda mitad de nuestro siglo, y más concretamente tras la Segunda Guerra Mundial, la marcha se viera relega da casi por completo al repertorio de la banda militar, puesto que, a diferencia de los compositores del primer tercio de nuestro siglo (como Debussy, Stravinski, Shostakovich, Prokofie Bartók o Webern), los autores contemporáneos escasamente han empleado, salvo contadas excepcione esta música de tipo marcial.


 

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