LA MÚSICA DE LA NATURALEZA


A lo largo de los siglos, muchos han sido los compositores que, guiados por la belleza o la fascinación de su entorno natural, han escrito brillantes páginas musicales describiendo o ensalzando no sólo los prodigios de la naturaleza, sino haciendo incluso indisociable la existencia de la una y de la otra. 

 
Ya los egipcios y las civilizaciones anteriores a ellos reflejaron en su música el poder que ejercían las fuerzas de la naturaleza sobre sus actividades cotidianas. La Grecia y la Roma clásicas consideraron la música como un excepcional medio de diálogo entre el hombre, los dioses y la naturaleza, concepto que, convenientemente transformado, perduraría hasta la Edad Media y, tras el Renacimiento y el Barroco, cobraría una nueva vida durante el Romanticismo. 

Las culturas mesopotámicas así como a antigua civilización egipcia contemplaron la naturaleza como núcleo vital, base sobre la cual los hombres erigían sus templos y cumplían sus más importantes ritos, todos ellos jalonados de músicas que evocaban la omnipresencia del mundo físico; en algunos casos, como en el himno sumerio sobre La creación del hombre, el ejecutante solía ser el propio sacerdote, acompañado por la comunidad.
En dicha pieza son numerosas las alusiones al ritmo y la armonía propiciados por los fenómenos naturales, en particular el poder de los ríos y corrientes de flujo constante, como el sonido o la vida.
Estos mismos conceptos, si bien considerados aún con mayor refinamiento, fueron aplicados por los autores de música sagrada y secular de la milenaria India o de la antigua China. Tales músicos no sólo ensalzaban el poder de la naturaleza, sino que mediante sus poemas cantados (acompañados de instrumentos como el arpa o laúd chino, u otros adecuados para música de cámara) ponían de relieve conceptos de gran envergadura filosófica a través de los más insignificantes matices de la naturaleza: un olor peculiar, un guijarro de extrañas formas, un pétalo de exótico color, etc. 

 
De manera análoga, y quizá con mayor abundancia aún que estas dos civilizaciones asiáticas, la cultura islámica consideró los elementos de la naturaleza como únicos motivos de evocación en sus artes, debido, entre otras, a razones religiosas (por ejemplo, la prohibición de representar figuras humanas), alcanzando así las más altas cotas de exquisitez musical descriptiva.
Muchos de los conceptos hasta ahora descritos fueron heredados por los pueblos europeos, viéndose reflejados en su música folklórica.
La antigua Grecia dotó al músico de una gran libertad para evocar las cualidades de las distintas manifestaciones de la naturaleza. La infinidad de odas inspiradas en los dioses representantes de una fuerza natural (probablemente en su mayoría acompañadas de música) tenían como objeto primordial resaltar la vital relación hombre-naturaleza mediante el lirismo y la métrica más refinados, propios de poetas helenos de la talla de Píndaro.
Platón hizo alusión al poder de la naturaleza en La República, y Aristoxeno, así como Arístides Quintiliano en dos de los tres libros que dedicó a la música, mencionaron igualmente la afinidad de la música y las manifestaciones naturales; no debemos olvidar, por otra parte, que fueron los filósofos griegos quienes introdujeron, entre otros, el concepto de la armonía de las esferas, tan ligado a la relación que aquí se describe, el cual constituiría uno de los pilares fundamentales de las teorías musicales especulativas de siglos posteriores, impulsadas por el célebre filósofo Boecio y consideradas como inamovibles hasta el Renacimiento.

Durante la Edad Media no sólo se asimilaron las ideas del mencionado pensador, sino las de muchos otros filósofos, poetas y músicos latinos, entre ellos Lucrecio, quien en De rerum natura (De la naturaleza de las cosas) formula extensa y sobriamente las analogías entre la música y la naturaleza; compositores como Marcabrú, Adam de la Halle o Guillaume de Machaut son tres significativas muestras de dicha correspondencia.

El Renacimiento, a diferencia del austero Medievo, se solazó en las descripciones de la belleza natural, tanto en las artes plásticas como en la música, con el objeto de reafirmar el protagonismo del hombre sobre los restantes seres, lo cual desembocó en una sensibilidad netamente humanista.
En este período se escribieron un sinfín de piezas no sólo descriptivas, como las de Janequin, Gibbons, Morley o Dowland, sino rezumantes de esencia natural, como las de Guerrero, Aguilera o Durón en España, y más tarde Monteverdi, Caccini o Peri en Italia.
El Barroco tardío y el temprano Clasicismo compartieron una visión un tanto superficial del elemento natural en la música, y no fue hasta el período romántico cuando se desató un poderoso impulso de reavivar y estrechar los vínculos entre la naturaleza y hombre en todas las artes, dando lugar posteriormente al denominado «naturalismo decimonónico».
La práctica totalidad de los compositores del siglo XIX hicieron alusión, con mayor o menor frecuencia, a los elementos naturales, pero destacan en particular las soberbias declaraciones de Beethoven, las más mesuradas de Schumann, Schubert, Chopin o Liszt, y las exuberantes descripciones de Wagner en todas sus óperas.
El siglo XX, desde sus inicios hasta nuestros días, no ha mantenido un concepto homogéneo en la interpretación de la compleja relación entre la música y la naturaleza, siendo posible hallar a pocos años de diferencia creaciones tan distantes como las de Debussy o Stravinski, Schónberg o Bartók, Poulenc o Xenakis, Stockhausen o Cage, Ohana o Reich.


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