OBOE


El músico y teórico Johann Mattheson escribió en el siglo XVIII que el oboe era sin duda el instrumento de viento que mayor parecido guardaba con la voz humana, y también el que mejor reflejaba las emociones del hombre.
Es indudable que su presencia en el ámbito de los instrumentos de madera ha sido y es trascendental, pues su calidad tímbrica, su dinámica y su carácter melancólico hacen de él un elemento de una calidad expresiva realmente inaudita entre los instrumentos de viento. 

 
En organografía, ciencia que estudia el origen y evolución de los instrumentos musicales, el término oboe tiene un carácter genérico, pues se aplica a todo instrumento de viento provisto de doble lengüeta, en contraposición al también genérico término de clarinete, que ampara a la familia instrumental de lengüeta sencilla.
Su etimología hay que buscarla en la distinción hecha en el siglo XIV en Europa entre instrumentos altos y bajos, la cual hacía referencia no tanto a la extensión como al volumen sonoro que eran capaces de producir.
En Francia, aún en el siglo XVII eran corrientes las expresiones haulx-bois y hault-bois («madera alta») para referirse al instrumento; de ahí proviene el nombre moderno francés de hautbois, que en España, Italia, Gran Bretaña y Alemania se conoce como oboe.
Aunque en la actualidad el instrumento que participa en la formación orquestal presenta unos rasgos muy determinados, éstos son el resultado de una lenta evolución histórica. Si nos remontamos a las primeras noticias de un instrumento de doble lengüeta, sea de sección cónica o cilíndrica, hemos de buscar su procedencia en la cultura sumeria (3000 a. J.C.), de donde lo tomaron los fenicios. Dicho instrumento se propagó entre los árabes preislámicos con la voz genérica de sumay. 

 
Hacia el 1500 a. J.C. la civilización del Imperio Nuevo egipcio inició una gran expansión hacia el este, y consecuencia de ello fue la incorporación al instrumentado de Egipto de muchos ejemplares (entre ellos el oboe) tomados del ámbito arábigo. Se trataba de un instrumento de construcción robusta, dotado de una doble lengüeta de refinada fabricación, realizada con dos laminillas de bambú o de caña mediterránea, que en ocasiones era corregida durante su crecimiento por los músicos con el fin de lograr una proporción y textura idóneas.

Este oboe fue conocido por los egipcios como mizmar, el cual, también por influencia semítica, se vio afectado por la incorporación de otro cuerpo que dio lugar al llamado oboe doble, estando la parte derecha destinada a ejecutar la melodía, mientras que la izquierda efectuaba una nota prolongada llamada bordón. Este instrumento, con uno o dos cuerpos, paralelos o en ángulo, llegó a Grecia en los siglos IX a VIII a. J.C., y allí tomó el nombre de aulos, que no fue sino la tibia romana. Fue tanta su importancia en las culturas del mediterráneo europeo que en un siglo había implantado su presencia; mas ésta se vería menguada por las invasiones de los pueblos nórdicos, portadores de instrumentos del tipo trompa, esto es, sin lengüeta. De modo que no fue hasta la penetración arábiga cuando se cumplió su segunda y definitiva entrada en Europa.
 
En España tomó el nombre de zolami, de albogue y, luego, el de chirimía, antecesora directa de nuestro oboe, que ya aparece con rasgos bastante concretos en el tratado de Sebastian Virdung (Musica getutscht, 1511) con la denominación de schalmey.
Tanto Mi-chael Praetorius (Syntagma musicum, 1619-21) como Marin Mersenne (Harmonje universelle, 1636) consideran al oboe un instrumento de grandes cualidades; su inclusión en la música culta del siglo XVII tuvo lugar en L'amour malade (1657), de Lully, y en Pomone (1671), de Cambert.
A finales del siglo XVII contaba con dos llaves, y en 1727 el celebrado constructor de Weimar Gerhard Hoffmann perfeccionó el instrumento y le añadió dos más; tantas fueron sus mejoras que ya en el método de Sellner (1825) encontramos un oboe de nueve llaves.
De todos modos, su fisonomía actual procede de mediados del siglo XIX, cuando Frédéric Triébert redujo el calibre del tubo con el fin de adaptarle el nuevo sistema de llaves ideado por Theobald Boehm.
El oboe actual es un instrumento fabricado en madera de ébano o de palosanto (antiguamente fue común el uso del boj, arce, ciruelo, cedro y peral), de sección cónica y con un acampanamiento en su extremo.
Provisto de unas perforaciones que oscilan en número entre 16 y 22, el oboe, afinado en do, cuenta con una lengüeta de finísima caña, que, atadas sus laminillas por el extremo inferior, se acopla a una suerte de pequeño tudel, recto y metálico, adosado al instrumento. Estos caracteres técnicos corresponden a un tipo muy difundido de oboe, el alemán, que comparte su supremacía con el francés, que a diferencia del primero posee una sección más estrecha, lengüeta más delgada y orificios emplazados en una posición ligeramente distinta, rasgos que redundan en una mayor suavidad en el timbre; éste es, de hecho, un instrumento inspirado en los principios dictados por el músico, tratadista y constructor francés Jean Hotteterre.
Johann Sebastian Bach, Haendel, Albinoni y Vivaldi, entre muchos otros maestros del siglo XVIII, dedicaron al instrumento partituras extremadamente valiosas, que vieron su prolongación en Haydn y Mozart, antes de entrar plenamente en la literatura musical romántica, en la que fue especialmente tratado por Beethoven, Schumann y Brahms.
Richard Strauss le concedió un lugar de honor en su Sinfonía doméstica, ejemplo continuado por compositores como Ravel, Prokofiev y Bartók.

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