EL NEOCLASICISMO EN LA MÚSICA CLÁSICA


Se entiende por Neoclasicismo la corriente musical que aboga por un retorno a las formas clásicas y preclásicas de los siglos XVII y XVIII y que ocupó aproximadamente las cuatro primeras décadas del siglo XX. Algunos de los más grandes autores de este siglo, como Stravinski, representan dicha corriente, que surgió como reacción al Posromanticismo. 

 
Así como en el siglo XVII el Clasicismo había surgido como una oposición al moribundo y apasionado período barroco, el Neoclasicismo nació como una reacción al exacerbado Posromanticismo de finales del siglo XIX, erigiéndose en bandera de una estética que renegaba del sentimentalismo y apasionamiento románticos, cuya profusión había desembocado en un callejón sin salida.
Los románticos vaciaron todo su caudal de apasionadas emociones en su música, por lo que de ello resultó una producción desesperada y extática, un clamor eterno del yo. Para los neoclásicos, la música debía perder tal contenido pasional y volver a centrarse en la creación artística, sin más condiciones que la de crear una obra perfecta. 

 
Una figura: Stravinski
Son claras y definidoras las palabras que sobre este tema lanzó el máximo representante del Neoclasicismo, el ruso exiliado Igor Stravinski, quien opinaba que la música no debía representar nada, ni una imagen, ni un estado anímico del ser, ni una emoción; de hecho, sólo tenía que ser una sucesión de notas musicales, ordenadas conforme a un plan y arropadas por una estética, de acuerdo con una ley, cuyo cumplimiento debía ser llevado a cabo por el compositor, posición que, en definitiva, nos lleva a una concepción clásica del arte. Para Stravinski, la música sólo podía ser sonido y ejercer sus atractivos, no por su significado o representaciones, sino por su sentido estructural, su fuerza arquitectónica y el orden que de ello resultase.
Procedente de San Petersburgo, Stravinski se instaló desde muy joven en París, ciudad que en aquellos años vivía una época de gran efervescencia artística. Sus primeras obras son experimentales, de aprendizaje, y se muestran todavía deudoras de la tradición del siglo XIX. A partir de 1919, sin embargo, el compositor emprendió su investigación y su retorno al Clasicismo, bajo la forma de homenajes implícitos, en mayor o menor medida, a distintos clásicos de los siglos de oro de la música. Así, durante ese mismo año y el siguiente escribió Pulcinella (Polichinela), ballet basado en pequeñas piezas de Pergolesi; en 1923 estrenó su Octeto para instrumentos de viento y, un año después, su Concierto para piano, ambas obras influidas por la música de Johann Sebastian Bach; en 1927 vio la luz su ópera-oratorio Oedipus rex (Edipo rey), inspirada en la música de Georg Friedrich Haendel, y, en 1940, la Sinfonía en do mayor, inspirada a su vez en el clasicismo temprano de Johann Stanitz.
Durante los años treinta propugnó un retorno a la música de Bach, y, aunque en el resto de su producción las influencias clásicas o las referencias a los compositores de pasados siglos no sean tan claras, lo que nunca abandonó Stravinski fue su propósito de servir a la música mediante un buen hacer artístico y una concepción formal de rigor.

Otros compositores neoclásicos

A menudo, la obra de Stravinski ensombrece injustamente la de muchos otros creadores contemporáneos o incluso anteriores que compusieron de acuerdo con la misma estética y teorías.


Entre los precursores del compositor ruso figura el postimpresionista Maurice Ravel, quien ya en 1905 había redactado una Sonatina para piano claramente reivindicativa de un retorno al Clasicismo.

Entre 1914 y 1917, este mismo autor escribió Le tombeau de Couperin, donde las referencias clásicas se extendían hasta ese homenaje (explícito en el título) hacia el gran maestro del Barroco francés. También en 1917 Sergei Prokofiev compuso su Sinfonía n.° 1 «Clásica». De todos modos, ambos músicos se mostraron un tanto eclécticos si nos atenemos al total de su producción, y no respondieron siempre al dogma clásico, sino que se diversificaron en multitud de formas, lo que constituye en cierta manera una concepción clásica del arte.
Citemos también el Grupo de los Seis, ubicado en la capital francesa, y cuyos más notables exponentes son Arthur Paul Honegger y Darius Milhaud, quienes recrearon, al igual que los anteriormente nombrados, una obra repleta de rasgos clásicos.
En Alemania destacó por encima de todos la figura de Paul Hindemith, frente a la tradición romántica centroeuropea que había conducido a las vanguardias del Atonalismo de la Escuela de Viena, contrario en principio a la evolución clásica propugnada por esos nuevos adalides de la forma perfecta. No obstante, incluso Arnold Schónberg, después de un inicio claramente posromántico y de sus ulteriores experimentos en el campo de la dodecafonía, compuso algunas obras claramente impregnadas de la estética neoclásica, como la Sinfonía de cámara, Op. 9, compuesta en la temprana fecha de 1906.



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