LA MÚSICA ORIENTAL


Bajo este epígrafe se incluyen las músicas pertenecientes a cuatro grandes bloques culturales del continente asiático.
Se estudia en primer lugar el desarrollo histórico de la música en China, excluyendo, no obstante, las áreas de dominación china pero de características culturales diferentes, como son el Tíbet y el Turquestán, pueblos comprendidos en el segundo apartado, dedicado al Asia Central, cuyas comunidades son poseedoras de una tradición musical milenaria. 

 
A continuación se aborda la exquisita y sofisticada música de Indonesia, aquella que discurre alrededor de la célebre orquesta gamelan de Joya y Bali.
Por último, nos ocupamos de Japón, mientras que India y la música islámica se tratan en artículos aparte.

La música china
Por algunas inscripciones en piedra pertenecientes al II milenio a. J.C. se sabe que la música formaba parte de las más importantes ceremonias de la China imperial. Sin embargo, los escasos testimonios propiamente musicales que nos han llegado de esta etapa de la civilización china, dominada por la primera dinastía histórica, la de los Shang (h. 1766-h. 1112 a. J.C.), hacen muy difícil reconstruir el ambiente musical de la época.
No ocurre lo mismo durante el siguiente período histórico, en el cual, bajo el prolífico mandato de la dinastía Zhou (h. 1050-256 a. J.C.), floreció la música de una manera más preponderante, como demuestran los numerosos instrumentos musicales hallados en distintas excavaciones arqueológicas (campanas de bronce, ocarinas y cítaras) y los tratados clásicos Libro de los cantos y Libro de la historia, en los que se contempla la música de forma relevante.
Durante el siguiente período, relativamente corto, en el que la dinastía Ts'in ejerció el poder de 221 a 206 a. J.C., se dio paso, a pesar de la herencia de conocimientos musicales confucionistas, a la influencia procedente del extranjero y, en particular, a la venida de la India. 

 
No obstante, fueron las antiguas ideas de Confucio (h. 552-h. 479 a. J.C.) las que llevaron a los emperadores de la dinastía Han (202 a. J.C.- 184 d. J.C.) a crear una administración imperial de la música, encargada de recuperar la tradición musical olvidada en años anteriores bajo las influencias extranjeras, y a organizar una nueva vida musical china: desde la preparación de conciertos en la corte o la reestructuración del tipo de enseñanza de la música, hasta la conservación de la forma de afinación correcta de los diferentes instrumentos; cabe resaltar que muchas de dichas funciones fueron preservadas por este organismo hasta principios de nuestro siglo.

Volviendo al escenario de la historia lejana, bajo la misma dinastía que creó la administración musical, comenzaron a aparecer las primeras músicas rituales budistas y taoístas, las cuales, pese a la predominancia en todo el territorio chino de la música secular, lograron transmitir a la figura del músico integral un valor único: poeta, filósofo, estudioso y médico venerado y respetado.

Entre los años 600 y 900 de nuestra era (correspondientes grosso modo a las dinastías Sui y Tang) , los intercambios de instrumentos, nuevas tonalidades y técnicas de ejecución con los países vecinos se hicieron aún más patentes. Como resultado de dichas relaciones, los luthiers (generalmente los propios músicos) crearon diversos instrumentos, y así mismo nacieron nuevos géneros de composición; además, se formaron nueve orquestas en todo el país, y fue entonces cuando China exportó sus valiosos conocimientos musicales a países vecinos, como Japón e Indonesia.

Tras la ruptura con el exterior llevada a cabo por las denominadas Cinco Dinastías, cuyo mandato transcurrió entre 907 y 960, China volvió a entrar en un período de florecimiento artístico gracias al refinamiento de los nuevos emperadores de la dinastía Song (960-1279). A su prolífico y duradero mandato se debió la difusión de los nuevos géneros líricos (como la poesía ci) creados por los poetas y los músicos de la época; por otra parte, en un empeño por restaurar los tesoros musicales de la más antigua China imperial, se realizaron numerosos trabajos de investigación, recuperándose de este modo múltiples textos sagrados musicales.

Obtuvo también un gran auge la danza tradicional, para cuya representación escribieron música los más prestigiosos compositores del país. Sin embargo, con la caída de los Song propiciada por el emperador de Mongolia, Kubilai Jan, se estableció en China una monarquía mongol, los Yuan (1279-1368), bajo cuyo dominio fueron creadas por los autores de vanguardia las primeras piezas operísticas destinadas a rememorar la gloria de las dinastías pasadas, lo cual sirvió en muchos casos de elemento de resistencia contra la usurpación extranjera del trono.

La subida al poder de la dinastía Ming, coincidente con el inicio del período medieval chino (1368-1644), permitió que un teórico como el príncipe Cay Yu escribiera su magistral tratado (1596), en el cual aparece por primera vez en el mundo (un siglo antes que en Europa) un sistema de organización musical temperado.

En esta época fueron escritas también infinidad de obras para diversos instrumentos (en particular para la cítara china, denominada qin), la mayoría de las cuales, recogidas en diferentes antologías, eran piezas de cámara destinadas al emperador o a los nobles. Durante dicho período, y a lo largo de todo el mandato de la postrera dinastía china, la de los Qing o Ts'ing (1644-1911), se desarrolló lo que hoy día se conoce como la ópera clásica china o Kuen chen, que constituye el género de mayor complejidad técnica en su composición de toda la música tradicional del país.

A partir de la fundación de la República Popular China son varias las etapas por las que ha atravesado no solo la música tradicional china, sino también la de vanguardia.

Hasta la Primera Guerra Mundial se percibió un deseo generalizado de conservación de los más importantes géneros musicales ancestrales, para pasar a recibir en los años veinte, una fuerte influencia de la música europea, lo cual llevó a la creación de las primeras escuelas de formación musical al estilo de Occidente.

Desde entonces hasta nuestros días, tanto intérpretes como compositores han recibido y reciben la enseñanza de la música tradicional china junto con la clásica occidental. Antes que la variedad, son la sobriedad y la sencillez de los instrumentos musicales chinos las cualidades que constituyen uno de los principales atractivos de la profunda sonoridad china: desde sus cítaras de 13 ó 7 cuerdas (llamadas zheng y qin, respectivamente) hasta sus celebrados instrumentos de viento, como la flauta dizi o xiao, sin olvidar el famoso órgano portátil llamado sheng, único de estas características capaz de producir acordes de incomparable belleza resultan las piezas interpretadas por el laúd de 4 cuerdas, el p'ip'a, o el equivalente orquestal del violín, compuesto de dos cuerdas, el hu qin.

Entre los más notables compositores chinos de fecha reciente figuran Nie Er (1912-1935), autor del himno nacional Marcha de los voluntarios, y Xian Xinghai (1905-1945), a quien se debe la cantata El río Amarillo. Otro destacado compositor fue Yu Huiyong, ministro de Cultura durante la Revolución cultural.

Asia Central

Las primeras muestras musicales pertenecientes al siglo V a. J.C., halladas en distintas excavaciones arqueológicas, evidencian el papel de encrucijada desempeñado por los pueblos del Asia Central en las relaciones entre China y Europa, como fue el caso de las rutas comerciales de la seda.

El Turquestán, próximo a Oriente Medio, refleja en su música una ineludible influencia islámica (debida, entre otras razones, a la invasión árabe acaecida en el siglo VIII), la cual se refleja sobre todo en sus instrumentos autóctonos, tanto en la gama de laúdes y oboes, parecidos a los de origen persa, como en las flautas traveseras, trompetas y otros instrumentos de metal; también se hace ostensible la aportación musulmana en los instrumentos de percusión, como en el tambor en forma de vasija (zirbaghali), y en las variedades de arpas.

Mientras que en esta región los repertorios de música vocal son predominantemente de carácter monofónico, la música instrumental juega con dos melodías ejecutadas al mismo tiempo, a modo de una primitiva polifonía, destinándose ambos géneros no sólo para la celebración de festejos populares, sino también como música puramente cortesana.

La inmensa Siberia acoge un sinfín de cualidades interpretativas, desde el exotismo de los esquimales hasta la vitalidad de los pueblos sedentarios de Mongolia. Sin embargo, existen varios puntos en común en cuanto a las prácticas musicales se refiere.

Celebrados por muchos estudiosos de las religiones y la etnomusicología son los impresionantes ritos chamánicos, en los cuales desempeña un papel fundamental la música; en ella destacan la extraordinaria técnica vocal y la mágica interpretación con el violín y los instrumentos de percusión autóctonos que despliegan los participantes de la ceremonia.

Las cítaras y las flautas, junto a los violines y algún tipo de tambor, son los instrumentos más comúnmente utilizados por estos pueblos, que no sólo comparten afinidades organológicas con sus vecinos nómadas, los turco-mongoles, sino incluso analogías de estilo dentro de sus músicas folklóricas, aunque, como es lógico, la riqueza de instrumentos es mayor en los pueblos trashumantes que en los sedentarios.

La música tibetana, un punto y aparte en Asia Central, se adapta por completo a las hondas necesidades religiosas del pueblo, tan fuertemente arraigadas dentro de las costumbres del Tíbet.

Los rituales budistas exigen una sobriedad instrumental que, unida a la inclemencia climática de gran parte de las regiones tibetanas, ha propiciado la proliferación de instrumentos de considerable potencia sonora, en su mayoría de metal (como sus famosas trompetas), pero también de percusión.

La música, que forma parte indispensable de algunas de las ceremonias principales del culto budista, se caracteriza por un insistente tono de recogimiento (la mayor parte de sus piezas son monofónicas), alejado de las ruidosas manifestaciones folklóricas populares.

En torno al «gamelan»

En las islas de Java y Bali, en Indonesia, la influencia de los continuos intercambios culturales con países vecinos e incluso con culturas lejanas a lo largo de su historia no ha ejercido un gran poder sobre el tradicional pilar de su música, la orquesta gamelan.

La típica formación orquestal de Java, que con el tiempo ha derivado en diversos tipos, está constituida primordialmente por metalófonos (bonangs), acompañados de otro subconjunto (saron) que interpreta la melodía principal y de otros instrumentos de cuerda, percusión y viento, como el rebab, el gambang rayu o el gender, al tiempo que diferentes cantantes se limitan a ornamentar, a modo de instrumentos, la línea melódica.

Las principales diferencias entre la música de Java y la de Bali se encuentran no sólo en la diferente instrumentación de la orquesta balinesa, sino también en los distintos sistemas musicales empleados por los javaneses mucho más complejos, basados en ambas islas en las escalas pentatónica (slendro) y heptatónica (pelog), si bien esta última es mayormente usada en Java.

La estructura repetitiva de las piezas, junto a diferentes modos o tonos sobre los que se elaboran las melodías principales, son los ingredientes básicos de la música de estos pueblos indonesios, los cuales comparten algunas costumbres musicales procedentes de la tradición islámica que domina la religión del país.

Japón

Los ainos, que hacia el 2000 a. J.C. constituían la civilización más avanzada y refinada de Japón, cultivaban una música de carácter religioso basada en el canto y en el acompañamiento de una flauta (yamate bue) de una suerte de cítara (yama togoto) dicha modalidad conformó un arte denominado kagura, cuya esencia, todavía hoy, se expresa en la danza y la música de los templos sintoístas.

El arte musical japonés permaneció sin apenas mutaciones hasta el siglo III en el que se cumplió la penetración china y coreana, culturas que abastecieron a la japonesa tanto en el aspecto instrumental como en el compositivo. Tal fue su influjo que en la centuria octava fue creado en la Casa Imperial japonesa de Mommu una especie de centro institucional (gagaku rio) destinado a la especulación y estudio de la música de ambas culturas.

Instrumentos de origen chino, como el laúd biwa (p'i-p'a) y la cítara só no koto implantaron su supremacía, cuando comenzaba a perfilarse el carácter autóctono musical japonés en la danza cortesana (siglos X-XII) y en el drama musical (siglos XII-XVII) basado en el teatro nó.

Estas formas o géneros destilaron otras de extraordinario rigor y concepto, cristalizadas sobre todo en la música camerística, que tanto auge logró en el siglo XVIII; el instrumento predilecto fue una cítara llamada koto, cuyo nombre dio denominación a un género todavía vigente.

Hay que decir que los siglos XIX y XX se han caracterizado por las influencias occidentales; compositores como K. Kobune (n. 1907), Y. Matzudaira (n. 1907) y M. Moroi (n. 1930) han mirado hacia Europa y Estados Unidos, lo mismo que instrumentistas y directores, configurando así una cultura destinada a ser síntesis de teorías musicales foráneas.

 

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