LA OPERETA


El término opereta designa un género musical derivado de la ópera cómica del siglo XVIII consistente en un conjunto de canciones, arias y pequeños bailes en boga, enlazados mediante diálogos hablados de temática popular. Fue cultivado con profusión por compositores franceses, ingleses y austríacos durante todo el siglo XIX y los inicios del XX, transformándose poco más tarde en el género denominado comedia musical. 

 
Durante el siglo XVIII, el enorme auge de la ópera cómica logrado gracias al impulso de compositores franceses como Monsigny, Philidor y Grétry propició un diferente encauzamiento para cada uno de los temas que configuraban una ópera cómica, en función de su carácter. Así pues, la ópera cómica francesa, al adquirir un mayor dramatismo en sus argumentos (recordemos que, mientras en Italia y otros países europeos la ópera cómica era sinónimo de obra de carácter humorístico, en Francia tan sólo indicaba de manera general una pieza de teatro corta en la que se intercalaban diferentes diálogos), fue acentuando el tono de crudo realismo que, conforme a la incipiente mecanización europea de los postreros años del siglo XVIII, iba tomando la situación social para los estratos más humildes de la sociedad.
Por este motivo, ya en los inicios del siglo XIX y con el objeto de diferenciar netamente la ópera cómica francesa del género propiamente humorístico, se glosó el término opereta, aplicado por primera vez en 1854 por Hervé (pseudónimo de Florimond Ronger) y Jacques Offenbach a esta última categoría operística. 

 
Con la mencionada diferenciación de conceptos se hizo también una distinción entre los géneros escénicos oficiales (como la ópera seria o la bulla) y aquellos que se salían de los patrones aceptados por los teatros y el público que acaparaba la actividad operística de la época. En París, como consecuencia de ello, fueron creados dos centros para la representación exclusiva de óperas de temática ligera, los cuales encajaban perfectamente con los esquemas de la opereta.
Tal fue el caso de las Folies-Concertantes y de las Bouffes Parisiennes, lugares que, a partir de la segunda mitad de la centuria, se vieron apoyados por una incipiente preferencia por la banalidad mundana de la burguesía. Los pioneros de la opereta fueron los ya citados Hervé (con obras como Don Quichotte et Sancho Panpa, L'oeil creué o Le petit Faust) y Offenbach, cuyo estilo compositivo influiría enormemente sobre las preferencias de los compositores coetáneos germánicos de este género, como Franz von Suppé. Offenbach creó en esta primera etapa de la historia de la opereta las obras modelo para muchos autores posteriores; recordemos, entre otras muchas, Orphée aux enfers (1858), Les bauards (1862), La bel Helene (1864) (célebre por satirizar las grandes figuras de la mitolog griega), La grande duchesse de G rolstein (1867), La Périchole (1874) Les contes d'Hoffmann (1881). 
El éxito conseguido por estos autores junto al apoyo otorgado por las añejas instituciones musicales francesas hicieron que el resto de los principales teatros parisinos aceptaran la  representación en sus escenarios de este tipo de obras, incrementándose de ese modo la demanda de operetas y floreciendo por doquier los compositores dedicados a la creación de este género. Tal fue el caso de autores como Clémet Delibes, Georges Bizet (cuya reputación se había consolidado gracias a su labor en el terreno de la ópera cómica), Alexandre Charles Lecocq (Le petit duc, Le jour et la nuit), Émil Jonas (Le canard á trois becs), Paul Jean Jacques Lacóme (Le maréchal Chaudron), Alexis Emmanuel Chabrier (L'étoile, Une éducation manquée), André Messager (La fauvette du temple, Véronique), Victor Roger (Joséphine vendue par ses soeurs) y un sinfín de compositores cuya popularidad era compartida por un igual con los libretistas, máximos artífices de la favorable recepción que dispensaba el público al nuevo ingenio argumental.

Difusión del género
En Inglaterra, paralelamente a la corriente francesa, la opereta alcanzó una enorme popularidad, debido no sólo a los regulares estrenos de las nuevas obras procedentes del continente, sino también a los compositores ingleses del género, aún incipiente en el país, influidos en gran medida por los autores franceses más relevantes, como Offenbach y Hervé.
El binomio formado por William Schwenk Gilbert y Arthur Seymour Sullivan, libretista y compositor respectivamente, fue, sin lugar a dudas, el que mayores éxitos cosechó, gracias a la riqueza instrumental de sus páginas, como es el caso de la difundida opereta The Mikado (1885), y al abundante empleo de temas exóticos, muy del gusto del público inglés.
Otros autores, como Sidney Jones (The Geisha), Ivan Caryll (The pink Lady) y muy particularmente Lionel Monckton (The Toreador y The Quaker Girl), fueron así mismo los catalizadores de la definitiva consolidación del género en el Reino Unido.
También a Estados Unidos llegó la opereta, importada de Inglaterra y Francia, aunque de rasgos más bien británicos. Fueron destacables compositores como Victor Herbert (Mademoiselle Modiste, Naughty Marietta), Jerome Kern (Show Boat), Rudolf Friml (The Firefly) y Sigmund Romberg (The student prince) quienes impusieron en los teatros de las principales ciudades norteamericanas la moda de la opereta, llegando incluso a ser estrenadas algunas de sus obras en los escenarios de Europa.
La longeva y fértil vida musical vienesa dio cabida de igual modo, en la segunda mitad del siglo XIX, a los diversos acontecimientos musicales procedentes del viejo continente. El influjo francés alcanzó a los compositores más dotados para la creación de operetas genuinamente germanas, constituyéndose de esta manera una verdadera escuela vienesa de opereta, en la que destacaron Johann Strauss II, hijo o el Joven, con su celebérrima Die Fledermaus (El murciélago, 1874); Franz von Suppé, con un repertorio de más de treinta operetas en su haber, entre las cuales adquirieron popularidad su versión de Fatinitza (1876) y Boccaccio (1879); Franz Lehár, con su famosa Die lustige Witwe (La viuda alegre, 1905), y Leo Fall, con Die geschiedene Frau (La divorciada, 1908).
En España, la opereta apenas tuvo repercusión, desde el punto de vista musical, debido fundamentalmente a la predominancia casi absoluta de un género paralelo a la opereta, la zarzuela, el cual no dejó espacio durante más de un siglo y medio a una suficiente producción de ópera seria.

De vital importancia para el desarrollo de la opereta fue la especialización de los cantantes en este género, puesto que si en un principio alternaban su trabajo dentro de la ópera seria con una actividad menos absorbente como era la opereta, más tarde se vieron obligados a la dedicación exclusiva a uno de los dos terrenos, debido, entre otras causas, al aumento de la producción de nuevas operetas. A partir de entonces se empezó a identificar a los principales intérpretes por una ligazón exclusiva a este género, como fue el caso de Bouffar, Desclauzas, Berthelier, Christian, Luis Mariano y Fernandel en Francia, y muchos otros en el resto de Europa.

La opereta en el siglo XX
Con la entrada en el presente siglo y la aparición de nuevas tendencias creativas que coparon en gran medida los márgenes de composición musical, la opereta fue quedando poco a poco al margen de la vanguardia creativa, circunscribiéndose cada vez más a unos modelos clásicos de composición y por ende, a un público con preferencias estáticas. Tan sólo unas pocas innovaciones, como la introducción de ciertas influencias estilísticas procedentes del jazz norteamericano fueron ya suficientes para dar lugar a un subgénero dentro de la opereta que con el tiempo la relevó del panorama artístico: la comedia musical.
 Fueron muy pocos, no obstante, los que aceptaron en un primer momento la introducción de técnicas diferentes para un mismo resultado; tan sólo algunos compositores norteamericanos y, posteriormente, ingleses y  franceses aceptaron sin excesivas dificultades las innovaciones de tan exótico origen.

En Francia, la fuerte tradición de la generación anterior fue continuada por autores como Maurice Yvain, con sus operetas Ta bouche (1922) y Láhaut (1923); Reynaldo Hahn, con Ciboulette (1923) y Malvina (1935); Arthur Honegger, con Les aventures du roi Pausole (1930), y más tarde Vincent Scotto, con Violettes impériales (1948), y muy particularmente, por su enorme éxito en el territorio galo, Francis López, con La belle de Cadix (1945), Le secret de Marco Polo y Le prince de Madrid.
Mientras tanto, las nuevas operetas en lengua germana que dominaban en el centro de Europa constituyeron, tras la Primera Guerra Mundial, el género de la opereta satírica germana, dotada de un considerable contenido político argumental, como fue el caso de la reputada opereta o singspiel escrita por Bertolt Brecht y musicada por Kurt Weill Die Dreigroschenoper (La ópera de perra gorda, 1928).
En Estados Unidos, la transformación de la opereta en la actual comedia musical tuvo como protagonistas a George Gershwin, con La, la Lucille (1919), Oh, Kay (1926) y Funny Face (1927); a Irving Berlin, con Annie get your gun (1946), y más tarde, a Cole Porter, con Kiss me, Kate (1948); a Frederick Loewe, con My fair Lady (1960), y a Leonard Bernstein, con West Side Story (1957).
Hoy día, la comedia musical, tras el fértil período vivido en los años sesenta y setenta en Gran Bretaña y Estados Unidos, se encuentra en una etapa en que su producción está prácticamente limitada a los círculos de música popular o de teatro de variedades, mientras que se percibe un mayor impulso en la composición de óperas serias dentro del panorama de la música.


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