¿QUE ES UNA OBERTURA?


Se designa mediante este término a aquellas piezas musicales de carácter instrumental que sirven de introducción a obras de mayor envergadura, como un oratorio o una ópera.
En adición a este significado, se aplica el vocablo obertura a una obra instrumental de menor duración que la sinfonía, generalmente interpretada como una pieza de concierto más, de ahí su apelativo obertura concertante, originada en Francia. 

 
Desde la aparición del concepto genérico de obertura en los albores del siglo XVII hasta nuestra comprensión actual de la palabra, numerosos compositores (entre ellos, Monteverdi, Lully, Bach, Telemann, Haendel, Haydn, Mozart, Beethoven, Warner y Verdí) han contribuido a su continua transformación. 

Aunque hemos distinguido dos tipos obertura, una concertante y otra dramática u operística, en realidad, la primera de ellas no se concibió como una pieza independiente hasta tiempos relativamente recientes, ya que en sus inicios la obertura sólo formaba parte del repertorio de conciertos como consecuencia de la popularidad adquirida como pieza introductoria de la ópera más en boga.
Son muchos los musicólogos que coinciden en considerar la célebre tocata o fanfarria instrumental con que se inicia L'Orfeo (1607), de Monteverdi, como uno de los primeros antecedentes de la posterior obertura alla italianaa.
Otros ejemplos también precusores de dicha pieza se hallan en Euridice (1600), de Caccini, en Didone (1641), de Cavalli, y en Magnanimitá d'Alessandro (1662), de Cesti. 

 
En estas primeras oberturas existían una serie de características instrumentales coincidentes con las sinfonías o sonatas, y así eran calificadas por los propios compositores, como en Il pomo d'oro (1667), de Cesti.
Por estos años la obertura se colocaba no sólo a modo de preludio al inicio de cada obra teatral, sino a modo de intermezzo en los ballets. En España se adoptó para el teatro un término similar que designaba un género muy particular de piezas vocales (por lo general acompañadas de instrumentos) que antecedían y anunciaban la trama del drama que iba a ser representado, enriqueciéndose con ello las obras de autores de la talla de Calderón o de Lope de Vega.
En los postreros años del siglo XVII, se consolidó la obertura alla italiana desde el punto de vista de su estructura fundamental (un Allegro inicial seguido de un pequeño Andante, interpretado por el solista principal, para finalizar con un Presto en ocasiones un tanto aparatoso), gracias a la obra de Cavalli il Giasone (1649), que asentó la fórmula básica para la composición de dicha pieza.


Mientras tanto, en Francia se cultivaba otro tipo completamente distinto de obertura, la denominada alla francese, basada en la alternancia de un movimiento lento y uno rápido. Fue utilizada como pieza introductoria de óperas y ballets por los más insignes compositores de la corte, entre otros, Lully en L'amour malade (1657) o en Alcidiane (1658), Muffat, Fischer y, más tarde en Alemania, siguiendo el estilo francés, Bach y Telemann.

En el siglo XVIII la obertura sufrió un gran cambio y pasó desde adoptar la forma sonata hasta adquirir las dimensiones de una pieza de considerable relevancia. Fue entonces cuando se eligieron temas de carácter descriptivo, a menudo bucólico, como preludio a la infinidad de obras centradas en la mitología clásica que se llevaron a escena en aquella época.
En este sentido, la obertura cumplió un papel enfatizador de la trama que iba a desarrollarse durante la obra, llegando, en muchos casos, a escribirse unida al inicio de la ópera en sí. Buen ejemplo de la nueva forma de obertura fueron Zoroastre (1749), de Rameau, Alceste (1767) o Iphigénie en Aulide (1774), de Gluck, Saul (1739), de Haendel, y muy en particular las oberturas de las óperas de Mozart, que recogen muchas de las tendencias estilísticas anteriores y de vanguardia, como en Idomeneo (1781), Díe Entführung aus dem Serail (El rapto del serrallo, 1782), Don Giovanni (1787), Cosi fan tutte (1790) o en Die Zauberflóte (La flauta mágica, 1791).
El siglo XIX heredó la tradición de la obertura barroca, aunque extremando muchos de sus rasgos más significativos, dando como resultado, en la mayoría de los casos, una portentosa pieza instrumental que en pocos minutos resumía las características temáticas principales de la obra que preludiaba. Fue entonces cuando la obertura adquirió un papel preponderante como forma musical concertante (es decir, para ser ejecutada aisladamente en un concierto); no obstante, ya anteriormente en obras populares de Rameau, Haendel o Mozart, entre otros, se había interpretado a modo de concierto.
Tras su culminación como género gracias al impulso procurado por el Romanticismo, se transformó en el denominado poema sinfónico, tan prolíficamente cultivado por el compositor húngaro Liszt.
Beethoven en Die Weihe des Hauses (La consagración del hogar, 1812); Schubert en Rosamunde (1823); Rossini en su célebre introducción a Guillaume Tell (1829); Mendelssohn en Mürchen von der schónen Melusine (Cuentos de la bella Melusina, 1833); Wagner en Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nuremberg, 1868), Der fliegende Holänder (El holandés errante, 1843), Parsifal (1882), Tännhauser (1845) y, sobre todo, en Die Walküre (La valquíria, 1870); Verdi en La traviata (1852) o en Il trovatore (1853), y un largo número de compositores escribieron abundantes oberturas bajo las más heterogéneas formas.
En nuestro siglo, la obertura ha dejado de ser para los compositores contemporáneos únicamente una pieza ligada a la ópera, adquiriendo una significación propia y un papel musicalmente independiente.

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