EL EXPRESIONISMO MUSICAL


Se denomina Expresionismo a un movimiento artístico europeo que adquirió notoriedad en el primer tiendo del siglo XX.

Dicho vocablo fue tomado originariamente de un grupo de pintores surgidos en la primera década del siglo, aunque en seguida se adoptó en las demás ramas del arte, ya que implicaba para todas una común reacción frente a la corriente dominante: el Impresionismo.

Con respecto música, agrupó a una serie de compositores que, básicamente, se manifestaban como enemigos de la llamada «música de programa».


Si bien es difícil definir con precisión el término Expresionismo, se puede decir que fue en Alemania y Austria, entre 1905 y 1914, donde se forjó el núcleo conductor de este movimiento. Germinó, es cierto, entre pintores y poetas, pero la muestra más genuina de que abarcaba otros estratos artísticos la representa la revista Der Blaue Reiter (El jinete azul), fundada en 1911 por los pintores Marc, Klee y Kandinsky, y en la que, junto a variados artista, colaboraron tres músicos: Schónberg, Berg y Webern.

Se argumenta que la causa del cambio de rumbo en la música de Richard Strauss, Mahler, Schónberg y otros compositores de principios del siglo XX fue el estudio del psicoanálisis, ya que éste sometió a un profundo examen general a la sensibilidad romántica, explicando no sólo la naturaleza y las causas de actos y pensamientos atípicos, sino también la oculta excentricidad de lo aparentemente normal.
 
La interpretación artística de estos estudios quedó plasmada en el Expresionismo y surgió de un modo directo del Simbolismo (en el que el tema primario, demasiado terrible o sagrado para ser nombrado, se sugería a través de analogías poéticas) y el Realismo (cuyo material no era heroico ni de noble ideal, sino extraído de la dramática y prosaica vida cotidiana).

La esencia del Expresionismo radicaba en la abstracción, la subjetividad y la intolerancia hacia toda disciplina; la sensibilidad del artista debía imponerse a la representación del mundo exterior. Se trataba, pues, de un compromiso entre realidad y subjetividad, entre los datos objetivos ofrecidos por la naturaleza y la voluntad artística del autor. De ahí que sea lícito hablar de Expresionismo siempre que el artista deforme deliberadamente la realidad en aras de una acentuación de los valores significantes.

Arnold Schering, en su obra El movimiento expresionista en la música (Leipzig, 1920), dio testimonio escrito de estos pensamientos. Según él, la obra musical expresionista debe valer sólo como inmediata revelación espiritual que ha de entrar por los sentidos.


Su naturaleza es, por consiguiente, esencialmente mística. La música no debe ser esclava de aquello que le haga renunciar a que «no pueda ser puesto en tela de juicio el carácter único y exclusivo del fenómeno interior». Hay que evitar los elementos temáticos y cualquier desenvolvimiento en el sentido clásico. La música únicamente ha de vivir de sí misma.

El artista debía desarrollar su acción en un episodio de momentos fulminantes, usando formas inmediatas, sin tolerar consideraciones lógicas y reflexiones sintácticas, renunciando al principio temático, al desarrollo en uso, a la melodía lineal y esquemática. El Expresionismo estaba más en consonancia con el Beethoven final que con el lirismo de Wagner.


De tanta subjetividad, evolucionó hacia la ausencia de plenitud emocional y se sintió atraído por la función física — no la psicológica— de la armonía tonal. Lo atonal predominaba sobre lo rítmico y lo melódico con un carácter constructivo y metafísico, del que derivaba la gran importancia dada al color (parte esencial en la obra musical), entendido como puro elemento creativo, inherente y adherente al sonido.

En el Expresionismo la melodía es una expansión sonora de un lirismo que aspira, sobre todo, a ver por debajo (más allá) de las cosas. Esto lo alcanzó Schónberg, máximo exponente de esta corriente, pues no sólo en sus composiciones abandonó todas las reglas con el objeto de lograr para su expresión musical la más absoluta independencia, sino que incluso fue fuente de un nuevo lenguaje, el atonal, basado en los doce semitonos (el llamado Dodecafonismo). Demuestra lo dicho la mejor, tal vez, de sus obras expresionistas: el melodrama Erwartung (Espera, 1909). En esta obra, argumento y música se aúnan para constatar que el único principio rector es la anarquía.

De todos modos, no se puede asegurar categóricamente que los grandes compositores expresionistas renunciaran a todas las reglas históricas musicales, ni que dejaran totalmente lado las «impresiones del mundo exterior», pues es significativo que algunas de las más prestigiosas composiciones de corte expresionista están basadas en textos ajenos al exclusivo mundo interior del músico.

Señalemos como tales las óperas de Richard Strauss Salome (1905) y Elektra (1909). Así mismo, Berg se sirvió de dos dramas de Franz Wedekind para el libreto de Lulu, y Webern utilizó numerosos poemas de Georg Trakl para sus melodías. El mismo Schöberg fue influido por Georg Kaiser y Trakl en Erwartung y Die glücckche Hand, aun cuando él escribió el libreto de esta última obra.

Además de las piezas citadas, cabe señalar el Pierrot lunaire (1912) de Schónberg; la ópera Wozzeck (1925) y el Concierto para violín (1935) de Berg; Molok, de Schilling; Las Bodas de Stravinski; los oratorios bíblicos de Honegger; algunas obras sinfónicas vocales de Milhaud, y algunos pasajes de la Sexta y Novena Sinfonía de Mahler.

Otros compositores con retazos expresionistas en sus obras han sido Weill, Krenek y Hindemith.





 

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