HISTORIA DE LA MÚSICA EN LOS ESTADOS UNIDOS


La música estadounidense es, a pesar de su juventud, una realidad rica, expresada en los más diversos estilos. Si en un principio partió de unas bases eminentemente europeas, hoy día ha cobrado gran importancia por sus propios valores intrínsecos, constituyéndose con independencia ir sus influencias originales.

Es difícil establecer teorías generales sobre las formas musicales que practicaban los indígenas de Norteamérica. Su progresiva desaparición y la represión de sus tradiciones, así como la parcial integración y asimilación de la cultura norteamericana, comportan una desconfianza respecto a los estudios basados únicamente en las manifestaciones que han sobrevivido a dicha aniquilación. 


 
Sin duda, para los indígenas la música estaba ligada a la religión y, en cierta manera, a la magia, formando parte de los ritos para la curación de las enfermedades. Las canciones, interpretadas siempre por hombres, no tenían una significación por sí mismas, y se debían más a la inspiración momentánea que a una composición elaborada.

Los intérpretes se reunían alrededor de un tambor para efectuar sus cantos ceremoniales y, a menudo, desdibujaban hábilmente el ritmo que el ejecutante del tambor confería a la pieza.

Entre los instrumentos utilizados figuraban los tambores ya citados, los silbatos y algunos instrumentos de lengüeta.

Siglos XVII y XVIII

La llegada de los colonos anglosajones llevó a la creación de pequeñas poblaciones, fuertemente austeras en sus costumbres y muy cerradas con respecto a su entorno, que adoptaron la religión de su país de origen.

En sus oficios litúrgicos, los habitantes de Nueva Inglaterra interpretaban salmos y cánticos muy similares a los existentes en Gran Bretaña, acaso con connotaciones más espirituales, por cuanto la religión del Nuevo Mundo presentaba rasgos más cercanos al calvinismo que al más tolerante anglicanismo.

Durante todo el siglo XVII, la única forma musical existente fue la interpretación de cánticos, y así, la primera publicación musical americana fue el Bay psalm book (1640), colección de cantos litúrgicos que los fieles interpretaban al unísono respondiendo a las llamadas del diácono.


 
Las únicas formas de polifonía se daban en el hogar, al reunirse la familia para interpretar la bendición de los alimentos y la acción de gracias.

El siglo XVIII registró la continuación de esta dinámica, con la publicación de numerosos volúmenes de salmos, creados ya por músicos autóctonos. Se editaron también algunos tratados sobre música, siempre basados, sin embargo, en la interpretación litúrgica.

En el año 1770 salió a la luz la colección de himnos titulada The New England psalm singer, creada por William Billings (1746-1800), notable compositor y pedagogo que habría de influir, mediante un estilo sencillo y directo, en la creación de ulteriores recopilaciones.

La primera manifestación de música profana fue la melodía My days have been so wondrous free, compuesta en 1759 por Francis Hopkinson (1737-1791), autor así mismo de nuevas series de canciones estructuradas como una cantata, según la tradición de los dramas que se escribían por aquel entonces en Londres.

Además, el crecimiento que a lo largo del siglo XVIII habían experimentado las principales ciudades norteamericanas llevó a la creación de los primeros teatros, consagrados a operetas y comedias musicales.

A mediados de siglo fueron construidos los primeros instrumentos y se fundaron sociedades musicales y periódicos especializados, organizándose a menudo conciertos con repertorio europeo, en los que se interpretaban arias, canciones, popurrís de óperas y movimientos de sinfonías.

Siglo XIX

Aparecieron en este período los primeros compositores de cierta entidad, en una coyuntura más preparada para la que se dieran ejemplos de obras enmarcadas en las tendencias europeas. A partir de 1840, compositores e intérpretes europeos empezaron a visitar con regularidad las escenas norteamericanas, instaurándose la costumbre del american tour (gira americana).

El primer autor norteamericano de talento fue Anthony Philip Heinrich (1781-1861), prolífico creador de poemas sinfónicos y piezas para piano que actualmente no son muy apreciadas, pero que en su tiempo le llevaron a las más altas cumbres de la fama, llegando a ser denominado el Beethoven americano. Destacó también en la primera mitad del siglo la obra de George Frederick Bristow (1825-1898), músico residente en Nueva York, autor de algunas oberturas y de una ópera, Rip van Winkle, basada en leyendas propiamente norteamericanas. Sus obras tienen un rigor artístico muy superior a las de Heinrich, y, no obstante, está mucho más olvidado que éste.

En la segunda mitad del siglo XIX debe señalarse la presencia de George Whitefield Chadwick (1854-1931) y, sobre todo, de John Knowles Paine (1839-1906), considerado como el creador de una escuela verdaderamente americana. En su producción, eminentemente orquestal, destacan sus oberturas y sinfonías.

La música popular profana experimentó también un notable desarrollo con la creación de los minstrel shows, pequeñas comedias musicales estructuradas en torno a un tema, sobre el que se escribían una serie de canciones. Esta forma tuvo una gran importancia y se erigió como antecedente directo de los grandes musicales del siglo XX.

Stephen Collins Foster (1826-1864) fue el compositor de canciones más apreciado en su época. Gran influencia en el siguiente siglo tuvo también la música interpretada por la comunidad negra; sus peculiares formas musicales propiciaron nacimiento del jazz.

Siglo XX

Los músicos aparecidos en el siglo XIX siguieron, en cierta medida, las directrices de la música europea y muy pocos se atrevieron a crear unas obras de auténtico carácter nacional. El siglo XX ha presenciado los más logrados intentos en este sentido, que se iniciaron con Horatio William Parker (1863-1919), autor de tradición posromántica que introdujo en sus  creaciones numerosos elementos del joven en pero rico folklore estadounidense, Edward Macdowell (1861-1908), también a caballo entre los dos siglos, cultivó, al igual que Parker, un Romanticismo tardío, bastante más conservador que el de éste en su obra sinfónica, pero notablemente innovador en sus canciones, las cuales presentaban un marcado sello nacional.

El mayor compositor de esta época, considerado a menudo como el primer autor en la historia de la música de Estados Unidos, fue, sin duda, Charles- Edward Ives (1874-1954), quien a lo largo de su dilatada carrera cultivó los más variados géneros y estilos, desde sinfonías de tradición finisecular, hasta las más sofisticadas y progresistas composiciones, como la Concord Sonata, para piano, considerada su obra maestra por su enorme originalidad. La influencia de Ives a partir de la segunda década del presente siglo se hizo sentir en la música de los jóvenes autores.

En este período, muchos de ellos estudiaron en París con Nadia Boulanger, la principal maestra y difusora de la música de dichos compositores. Cuando en el año 1924 George Gershwin (1898-1937) compuso su Rhapsody in blue, el jazz gozaba ya de una aceptación considerable. Este compositor supo aunar el espíritu de la música de jazz con elementos de la música de concierto, y creó lo que se dio en llamar «jazz sinfónico». Se vio en ello una nueva manera de conferir un carácter netamente americano a las creaciones sinfónicas, y, por este motivo, muchos compositores no dudaron en seguir dicha línea. Es el caso de Aaron Copland (n. 1900), autor así mismo de obras desvinculadas de las raíces negras, y, posteriormente, de Leonard Bemstein (n. 1918).

En el campo vanguardista y experimental destacan especialmente por sus innovaciones Henry Dixon Cowell (1897-1965), creador de los tone clusters (racimos de notas), acordes creados mediante la ejecución en el piano de notas interpretadas con el antebrazo; Edgar Varése (1883-1965), de origen francés, quien quiso trasladar a los pentagramas sus teorías matemáticas y entendió la música como ordenaciones lógicas de sonidos, y John Cage (n. 1912), discípulo de Cowell, que llevó la experimentación a campos aún inexplorados, como, por ejemplo, al silencio, cuyo estudio le llevó a valorar su gran importancia como elemento dramático en una composición.

Posteriormente, han avivado el panorama musical estadounidense compositores como Milton Byron Babbitt (n. 1916), Lukas Foss (n. 1922), Gunther Schuller (n. 1925), Earle Brown (n. 1926), Morton Feldman (n. 1926), George Crumb (n. 1929), La Monte Young (n. 1935), Terry Riley (n. 1935) y Steve Reich (n. 1936), entre otros.
 

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