HISTORIA DE LA MUSICA ESLAVA


Bajo este encabezamiento se ha englobado la historia de la música de tres países fuertemente influidos per la herencia cultural eslava —Yugoslavia, Bulgaria y Rumania—, y se destina un otro apartado a otros dos pueblos que también podrían ser incluidos en el conjunto de la música eslava, esto es, a Checoslovaquia y a Hungría. 

 
Aunque desde el año 2003 Yugoslavia ha pasado a ser Serbia y Montenegro, para nuestra historia musical, seguiremos refiriéndonos a ella como era antiguamente ya que se ha creído oportuno diferenciar en la medida de lo posible en cada uno de los apartados siguientes la subdivisión étnica de la de nación, por ser esta última causa de numerosas confusiones, en especial para aquellos que se acercan por vez primera a esta fascinante mescolanza de costumbres y lenguas.

Yugoslavia

La nación yugoslava, constituida en 1918, abarcaba un número considerable de pueblos distintos: serbios, croatas, eslovenos, dálmatas, macedonios, bosnios, etc. En la parte oeste del país se encuentran los eslovenos y los croatas, quienes lógicamente recibieron importantes influencias de sus vecinos italianos y austríacos. 
La parte este, sin embargo, ha acogido diferentes expresiones socioculturales, debido al histórico emplazamiento del pueblo heleno y, más tarde, de los imperios bizantino y otomano. 
La historia de la música de carácter folklórico en el territorio yugoslavo es de una riqueza abrumadora. La variedad de sus instrumentos musicales —como el célebre instrumento de viento llamado diple, o el más representativo instrumento de cuerda, monocorde, propio de Bosnia y Herzegovina, el gusle— no ha hecho sino multiplicar su inmenso repertorio, que llegó prácticamente intacto hasta el último tercio del siglo XIX. 

 
Un breve repaso histórico ayuda a desvelar los singulares trazos del folklore yugoslavo y las peculiaridades de la música culta surgida posteriormente.
Fueron numerosos los pueblos que se sucedieron en el dominio de estas tierras: celtas, ilirios, tracios, griegos y romanos, propiciando estos últimos la latinización de las áreas cercanas a la península balcánica.
Más tarde le llegó el turno al imperio bizantino, que enriqueció notablemente con su refinamiento la práctica totalidad del territorio de Yugoslavia. Sin embargo, fueron los eslavos, llegados entre los siglos V y VII, quienes cambiaron radicalmente las costumbres autóctonas. Procedente del norte, esta tribu determinó de modo decisivo el proceso de desarrollo sociocultural, siendo, por ejemplo, los eslavos establecidos en el sur quienes, a partir del siglo IX, adoptaron el cristianismo como forma religiosa común, llevando poco a poco esta creencia al resto del país.
Las costumbres y ceremonias paganas se fusionaron con los ritos cristianos, y esa peculiar convivencia entre unas y otros caracteriza aún hoy la música ritual folklórica de los pueblos eslavos.
La evolución de la música no popular comenzó a desarrollarse a partir de la irrupción del cristianismo. En Serbia, en los siglos X y XI, fueron los cantos litúrgicos la forma musical más sobresaliente, mientras que en los siglos posteriores se dio un mayor relieve a la música de carácter cortesano.
Del siglo XV poseemos la primera colección de cánticos con autoría, los del compositor Kir Stefan Sbrin. A partir de entonces hasta prácticamente la segunda mitad del siglo XIX, Serbia, bajo la dominación otomana, tan sólo se limitaría a conservar sus músicas populares, desapareciendo su tradición de música «culta».
Coincidiendo precisamente con la expulsión de los turcos surgieron los primeros compositores románticos, tales como Korne-lije Stankovic (1831-1865), Joran Pacu (1847-1902) y Stefan Mokranjac (1856-1914). Éstos y otros abrieron el camino a una nueva escuela, la de Belgrado, de la que salieron Petar Krstié y Vlademir Djordjevié.
Respecto a las otras tres grandes áreas por las que se extendía el pueblo yugoslavo, Croacia, Dalmacia y Eslovenia, hay que señalar, por un lado, la influencia recibida por Dalmacia durante la Edad Media de los benedictinos del sur de Italia en los importantes monasterios de Zadar y Osor, y por otro lado, el sometimiento de Eslovenia y Croacia a soberanos húngaros o alemanes, lo cual, no obstante, permitió el florecimiento de otros cultos además del católico.
En el período comprendido entre los siglos XVI al XVIII se produjo un renacimiento progresivo de la música culta: en Eslovenia —patria del célebre Jacobus Gallus (1550-1591)— encontramos a Primoz Tubar (1508-1586), autor de famosos cánticos, y posteriormente a Janer Berthold von Höffer (1667-1718), Mihael Omerza (1679-1742) y Johann Baptist Novak (1756-1833).
Dalmacia fue dominada por el estilo italiano en todas las manifestaciones musicales, debido en particular a su floreciente economía burguesa.
En los siglos XVII y XVIII se consolidaron dos de los compositores más importantes: Ivan Likacic (1587-1648), procedente de Split, y Luka Sorkoceviv (1734-1789).
A partir de la unión de estas regiones y de la creación en 1918 de un Estado federado se constituyeron las primeras academias de música, óperas, ballets y orquestas nacionales, como la Filarmónica de Zagreb o la Orquesta de la Ópera de Belgrado.
Un nutrido grupo de compositores se han ido adhiriendo desde comienzos de este siglo a las tendencias vanguardistas dominantes en el resto de Europa, entre ellos cabe destacar a Mihovil Logar, Todor Skalovski y, más recientemente, a Milko Kelemen, Ivo Malec y Bodgan Gagié.

Bulgaria
Desde un principio los tracios y los eslavos ocuparon las tierras que hoy día forman Bulgaria. A estos dos grupos étnicos, que desarrollaron muchos de los aspectos más característicos de la música folklórica búlgara se sumaron en el siglo VII los protobúlgaros, configurándose así la distribución sociogeográfica del país.
Cuando Bulgaria abrazó el cristianismo bizantino en el año 865, los cantos litúrgicos orientales y occidentales cristianos convivieron en todo el todo el territorio; sin embargo, hasta el siglo XIV con la dominación bizantina, la tradición musical ortodoxa no adquirió una auténtica predominancia sobre el resto de los cantos sagrados.
En torno a estos focos de cristiandad, se crearon centros musicales, como Orchid y Preslaw, que tras la invasión turca de 1396 fueron perdiendo su identidad por el largo período de dominación extranjera (más de 400 años), impidiendo que se desarrollara una tradición coherente en el terreno de la música no folklórica. Esta desconexión de los medios y de la evolución musical europea no quedó subsanada hasta finales del siglo XIX, después de la expulsión de los turcos en 1878.
Paralelamente, enraizadas en las más ancestrales formas de expresión búlgaras, florecieron de manera espontánea en todo este período de difícil sumisión canciones y danzas folklóriras nacionalistas — muchas de ellas recopiladas por el compositor húngaro Béla Bartók (1881-1945)—, dotadas de típicos ritmos asimétricos. Ésta fue precisamente la raíz de la música culta búlgara, ya que los nuevos compositores de principios del siglo XX emplearon esta riqueza autóctona para construir sus obras sinfónicas. Tal fue el caso de Dobri Christov.
Alumnos del Conservatorio de Sofía, o de los de Alemania, Austria o Francia, lanzarían al resto de Europa compositores tales como Pancho Vladigerov, Lubomir Pipkov y Konstantin Iliev.

Rumania
Estaba formada por tres provincias, Moldavia, Valaquia y Transilvania. Este país de origen latino ha recibido del mismo modo que Bulgaria o Yugoslavia influencias de distintos pueblos a lo largo de su historia, lo que en cierto modo ha ido en detrimento de su identidad étnica. Así, en un primer estadio acogió al pueblo eslavo y, posteriormente, a Grecia y Bizancio; gracias a este último se estableció el culto ortodoxo, el cual junto a las tradiciones paganas se combinaría, al igual que en Yugoslavia, para configurar una las más singulares características de la música folklórica rumana.
Mo-nasterios como el de Putna, en Moldavia (siglos XV-XVI), se encargaron de impulsar y transmitir la música culta, iniciativa ésta que, tras un período de relativo esplendor, se vería truncada debido primero a las revueltas magiares y sajonas y, más tarde, a la asfixiante dominación turca.
A mediados del siglo XIX comenzó una etapa en la que el resurgimiento de la música marchó al compás de los principales acontecimientos políticos. Aparecieron los primeros compositores procedentes de los recién fundados conservatorios de Cluj, Bucarest o Iasi, quienes a menudo finalizarían sus estudios en el extranjero, como Constantin Dimitrescu, Gheorghe Dima o Gavrül Musicescu.
A esta época perteneció uno de los compositores más reconocidos a nivel internacional, George Enesco (1881-1955), cuya música, impregnada espléndidamente por fuertes rasgos del folklore rumano, serviría de modelo para muchos de los compositores del siglo XX, que, tras una primera etapa representada por Tudor Ciortea, Paul Constantinescu o Marcel Mihalovici, se han ido añadiendo a las corrientes de vanguardia europeas.
En el campo de la música ligera, con fuertes raíces folklóricas, destaca la figura de Grigoras Dinicu (1889-1949).
La música popular, cuyas raíces se remontan a los siglos VII-X obtuvo su mayor auge en la Edad Media, en especial en sus géneros lírico, épico y dramático. A grandes rasgos, cumplía dos funciones esenciales en la sociedad de la época: por un lado, formaba parte indisociable de los rituales y ceremonias más importantes dentro de cada comunidad (bodas, bautizos, funerales, etc.), y, por otro, desempeñaba una función meramente expansiva o de reflexión personal, dando cabida en este grupo a las piezas de carácter bucólico, a las danzas, etc.
La complejidad de sus ritmos —como el llamado askak, estudiado a fondo por el gran etnomusicólogo rumano Constantin Brailoiu (1893-1958)— y la variedad de instrumentos musicales populares en todas las familias organográficas, desde instrumentos de percusión como el darabana o el buhai hasta instrumentos de viento como el famoso taragot, hacen de la música rumana popular el más resistente apoyo sobre el que descansan las raíces de este pueblo.

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