LA DANZA, SU HISTORIA EN EL MUNDO


La danza es una serie o secuencia de movimientos, gestos o pasos ritmados con cierta armonía y cadencia.

“Los grandes bailarines no son grandes por su técnica. Son geniales por su pasión ". dice Martha Graham

Efectivamente la danza, es el movimiento del cuerpo de una manera rítmica, generalmente siguiendo el compás de la música y dentro de un espacio dado, con el propósito de expresar una idea o emoción, liberar energía o simplemente deleitarse con el movimiento mismo. 

 
Producidos principio de un modo espontáneo, pasan más tarde a ser memorizados y sistematizados con el fin de formar lo que denominamos una coreografía.


Dado que la danza nació como producto de la necesidad vital de comunicación del hombre con su entorno, resulta imposible situar dentro de una cronología histórica taxativa.


Las primeras fuentes de la danza datan del Paleolítico, concretamente del periodo magdaleniense (12.000 años a. de J.C.) en el que desempeñó un papel religioso-ritual.


En el Neolítico, el cambio en la forma de vida (el paso del ser humano de depredador a productor mediante la agricultura y la ganadería) influyó de manera decisiva sobre el modelo de danza de la época. A partir de entonces, las danzas rituales o totémicas tuvieron como objeto conseguir una cosecha propicia o proteger las casas y los animales de los agentes maléficos.

Mucho más cerca de nuestra era se hallan las civilizaciones mesopotámica, egipcia o indoaria. De la primera de ellas se conserva una descriptiva serie de documentos (grabados en vasijas u objetos similares) en los que se muestra la participación masiva en danzas rituales.
En Egipto, las danzas de carácter religioso fueron destinadas primordialmente a la liturgia funeraria, existiendo a la vez pruebas de su uso con fines placenteros, como una diversión más. Eran comunes las procesiones acompañadas de músicos y danzarines que formaban los cortejos en la época faraónica.
En la India, la danza, además de tener un valor espiritual y de formar parte de la educación de las clases sociales más elevadas, fue aplicada en diversos ámbitos, entre ellos no sólo con finalidad religiosa, sino también curativa, como tratamiento para algunas enfermedades. 

 
China recibió la influencia hindú y tradujo a sus costumbres ceremoniales y a sus circos acrobáticos gran parte de la tradición de la danza del país vecino, aunque de un modo más estilizado y menos recargado. Esta doble herencia (china e hindú) fue la que recibió la cultura japonesa, si bien la fuerte personalidad de este pueblo insular alteró muchas de sus formas originales. Buen ejemplo de ello es su drama ritual de origen medieval llamado No.
La tradición de la danza entre los pueblos hebreos está muy arraigada, pese a que su religión les haya prohibido la representación de imágenes humanas, y como consecuencia carezcamos de testimonios iconográficos; sin embargo, en los salmos aparecen breves descripciones de danzas paralitúrgicas.

Grecia, Roma y Bizancio
Las danzas griegas, originadas en Creta (aunque con raíces orientales, mesopotámicas y egipcias principalmente), gozaron de gran popularidad debido a que eran empleadas no sólo en los cultos religiosos, sino también en las fiestas y demás actividades sociales; para cada una de éstas existía un tipo de danza específico: danzas gimnásticas, mímicas, dionisíacas, y las de carácter teatral, como las cordax, enmeleia o sikinis. El refinamiento de sus movimientos, la sutileza de gestos y el ethos griego envolvieron la atmósfera mediterránea hasta alcanzar la península itálica; el pueblo romano gustaba de imitar y enriquecerse con las costumbres helenas, adaptando por esta razón muchas de sus danzas a las necesidades de deleites imperiales.
Formando parte de los cultos religiosos, pero más asiduamente empleadas en banquetes y fiestas, las danzas de siempre se consideraron en la antigua Roma como un arte menor, categoría que no abandonarían hasta que gracias a las pantomimas circenses adquirieron un nuevo rango dentro de la sociedad latina. Bizancio recuperó parte del encanto de la danza tras la decadencia del Imperio romano, aunque recrudeciendo los aspectos más realistas del erotismo casi brutal de las danzas romanas.

No son muy elocuentes los manuscritos y documentos que se refieren a la danza medieval, quizá debido a que era practicada a buen seguro con cierto grado de anarquía; ante el indiscriminado abuso que se hacía popularmente de la danza, la Iglesia promulgó numerosos edictos advirtiendo y exhortando a la población a «comedirse y refrenar sus impulsos primarios». Aparecen además evocadas en el texto gregoriano Dies Irae las danzas de la muerte o danzas macabras como claro ejemplo de este exordio.
Alrededor del año 1300 se tienen noticias de algunas piezas de música para danza como el saltarello o la istampita italiana, así como los rondets de carole de los trovadores y la ductia en filmo ternario; en Francia también la hallamos en ritmo binario. Dichas danzas solían ir acompañadas de arpas, laúdes, cedras, cítolas, salterios portátiles, panderetas, castañuelas y flautas.

XV al XVIII
En el siglo XV aparecieron los primeros tratados de danza a raíz de la gran difusión que obtuvo la baja danza; en ella estaba prohibido cualquier tipo de salto durante su ejecución, mientras los pasos y movimientos eran dictados por el maestro de baile.
El aumento del repertorio durante el siglo XVI contribuyó a que se produjeran fructíferas iniciativas como la del francés Thoinot Arbeau, quien recopiló con enorme detalle un gran número de danzas en su obra Orchésographie (1589). Gracias a éste y a otros documentos conocemos muchos de los bailes cortesanos de la época, como la pavana, la zarabanda, la gallarda, la bourrée, el passamezzo, el pasapié, la courante, la allemande, la gavota, la giga, el rigodón, la chacona y un largo etcétera.
En el siglo XVII, el arte del movimiento humano se escindió en dos vertientes al perder el anonimato los compositores de danzas; el catalizador de tal escisión fue el ballet de cour.
Durante la primera mitad de la siguiente centuria se despertó una atracción hacia la estética de la danza y una preocupación por los detalles más mínimos de los gestos y pasos. El famoso minuetto fue sustituido por las contradanzas, como el cotillón, en un postrer esfuerzo por revivir las danzas cortesanas. Sin embargo, el afán de virtuosismo y competitividad que regía en todos los terrenos artísticos no permitió que cristalizara este tipo de bailes.

Siglos XIX y XX
Gracias a la avalancha de danzas nacionales, como la mazurca, la polca, la polonesa, el bolero, la tarantela, la barcarola (gondoliera), el fandango, la czarda, la habanera, la jota y muchas otras, se vio enriquecido en el siglo XIX el espíritu patriótico, al mismo tiempo que se despertó, especialmente entre la aristocracia, el interés y la curiosidad por los intercambios costumbristas de la época.
Los conceptos de la danza sufrieron una alteración, pues se pasó de la danza en grupo a la individual, lo cual hizo que gran cantidad de bailes desaparecieran paralelamente a la eclosión de nuevas danzas.
Desde principios del siglo XX, las pequeñas orquestas fueron las encargadas, en general, de amenizar los bailes populares, entre los cuales se contaban el tango, el fox-trot, la samba, el mambo, la conga, el rag-time, la guaracha, el cha-cha-chá, el calipso, el merengué, etc., muchos de ellos de raíces latinoamericanas o estadounidenses debido a la incidencia del jazz por aquellas fechas. Desde entonces las danzas folklóricas han conservado con mayor celo sus tradiciones ante el peligro de una posible pérdida de tan rica herencia.
En nuestros días, el aumento progresivo de ruido en el medio ambiente ha provocado una torpeza receptiva en el sentido del movimiento, aunque como antídoto han surgido numerosas técnicas de expresión corporal, mezcla de danza y de mimo, que dan mayor sentido rítmico al cuerpo y tratan de paliar el estatismo al que nos induce la sociedad actual.


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