LA ESTÉTICA MUSICAL


La teoría de la belleza musical es una parte de la estética general y el campo de acción de su objeto abarca, por un lado, la obra artística musical vista en su totalidad como contenido de valor (parte objetiva) y, por otro, su acceso al oído musical (parte subjetiva). 

 
La música tiene una complejidad muy especial que la hace diferir en gran manera del resto de las artes tradicionales.
En primer lugar, por el órgano de recepción; el sonido como material de la obra de arte hace abandonar a la música el elemento contemplativo de la forma visible, por lo que necesita un órgano que pueda encuadrarse dentro de los sentidos teóricos: el oído, sin duda alguna, sentido más intelectual y espiritual que la vista.
En segundo lugar, porque el lenguaje de la música, adaptándose al órgano, no puede referirse a nada en concreto, no diciendo tampoco nada concreto: sin poder sustraernos a su inagotable poder expresivo, el lenguaje musical no deja saber lo que expresa en contraste con las otras artes, de semántica mucho más evidente. 

 
Ahora bien, si queremos entender la estética como una disciplina filosófica que en la música estudie su carácter artístico, es decir, «estético», con independencia del resto de las artes y de su función, no podemos hablar de una verdadera estética musical sino a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el alemán Alexander Gottlieb Baumgarten publicó su Aesthetica (1750-1758), donde queda señalada como theoria liberalium artium, imaginando su autor a la estética, frente a las corrientes críticas contemporáneas del gusto francesas e inglesas, como una hermana menor de la lógica en el marco de la nueva ontología de Leibniz, y la define como ars pulchre cogitandi, es decir, la capacidad del reconocimiento de lo bello, o bien como scientia cognitionis sensitivae, que podríamos entender como ciencia de la percepción sensible, en contraposición al conocimiento espiritual.
La belleza será entendida como la perfección del conocimiento, como la coincidencia o concordancia de lo plural en la unidad, de lo bello como fenómeno de lo lógico, el arte como presencia sensible de la construcción armónica del mundo, de la armonía del universo; y de esta base surgió a lo largo de todo el siglo XIX la influyente fábrica de la estética del Idealismo, primer momento de la verdadera estética musical.

Desde los primeros momentos de la historia no faltaron las reflexiones más o menos filosóficas sobre el fenómeno musical.
En la antigua Grecia, y aun en épocas y latitudes distintas, se otorgó ya a la música, junto al carácter lúdico, poderes mágicos y religiosos que prueban de manera irrefutable su función en aquellas sociedades, tanto en sus relaciones con la religión como con la vida social o, incluso, la cosmogonía.
Si bien en la Grecia anterior a Platón y Aristóteles los textos documentales son muy escasos y, además, indirectos y de segunda mano, la transmisión de mitos muy anteriores relativos a la poesía y la música (Apolo, Dioniso, Orfeo) es un espejo de la reflexión sobre la música desde sus estadios primitivos.
Pese a todo, el pensamiento musical en Platón y Aristóteles tampoco tuvo un carácter autónomo y sí instrumental: la música cumplía una función social y estaba enmarcada dentro de una serie de normas éticas; si para los pitagóricos poseyó un valor ético indudable, para Aristóteles fue, además, un arte liberal y noble, una sophia.
Como se ha dicho anteriormente, hasta el siglo XVIII la estética musical no puede ser considerada como una ciencia independiente: su trayectoria desde Platón y el pitagorismo hasta entonces no fue sino un proceso de reelaboración y reconstrucción, aplicado a la evolución propia de la música, de las teorías tradicionales antiguas y siempre visto este arte desde un punto de vista práctico: música como ética, como educación, como ciencia y  praxis de la virtud e incluso como fenómeno cosmogónico, en el que se hablaba de la armonía musical como reflejo de la celeste, la armonía de las esferas, típica idea medieval, pero tradicional desde Pitágoras.
Atisbos de independencia científica surgieron con los nuevos conceptos de elites y público en el Renacimiento y con la fundamental teoría de los «afectos» en el siglo XVI, que llegaría hasta bien entrado el XVIII. Momento importante también fue el nacimiento del melodrama, en el que pugnaron dos semánticas bien distintas, la de la palabra y la de la música, en una nueva adecuación de las relaciones  mutuas.
Problemas como la imitación de la naturaleza, el sentimiento en la música, el valor de la razón y los primeros intentos de convertir la historiografía de la música en una ciencia a partir de las ideas enciclopedistas no irían sino a abonar el campo al Romanticismo, ya en el siglo XIX, y a su reacción, el Positivismo, que en música tuvo a la importante figura del alemán Eduard Hanslick como portavoz.
Más adelante, la estética musical no desdeñó los avances y logros de otras disciplinas que, sin estar imbricadas en la estética general, siguieron un curso paralelo, tales como la psicología, la sociología y la historiografía, aportaciones nuevas que hicieron ociosa la antigua dicotomía entre la reflexión puramente filosófica sobre la música y la propia teoría musical, la acústica o la misma psicología musical.
En todo momento, detrás de cada elaboración estética subyace la misma vida musical viva de su propia época: toda nueva aportación ha sido una ganancia inmediata, ya fuese para la militancia artística como para el conocimiento y profundización en la historia de la música, su forma y sus futuras direcciones estilísticas.
No es posible concebir hoy una estética musical separada del resto de las demás ciencias, entregada tan sólo al mero reflexionar sobre sí misma; tan sólo la colaboración real con el resto de las disciplinas permitirá un avance efectivo del pensamiento musical.

0 comentarios:

Publicar un comentario