LA ETNOMUSICOLOGÍA


La etnomusicología es la ciencia encargada de estudiar la música tradicional que permanece viva en una comunidad, es decir, en un contexto social dado, se relaciona cada una de las formas a través de las cuales son transmitidas las costumbres de un pueblo —cuya globalidad es analizada por la etnología—, con la danza, los rituales comunitarios o la música. 

 
Una vez considerados estos aspectos, la etnomusicología trata de examinar cada una de las características particulares halladas en la música de una etnia vinculándolas a las manifestaciones sociológicas, religiosas y culturales que la hacen distintiva. 

La etnomusicología —ciencia que en un principio se denominó «musicología comparada» y que más tarde, gradas al estudioso holandés Jaap Kunst, tomó su denominación actual— se estudia como una rama más de la etnología y también como una especialidad de la musicología.
Para realizar su labor, el etnomusicólogo, una vez escogido el campo de estudio, es decir, la población o punto geográfico a analizar, comienza un período de convivencia más o menos duradero, en el cual tratará de recolectar el mayor número de muestras de interés para un trabajo de investigación posterior.
Pasa luego a una segunda fase en la cual concentra sus esfuerzos en el laboratorio. Es entonces cuando efectúa un minucioso análisis del material recopilado, cuyos resultados constituirán quizás un nuevo paso en la comprensión de las costumbres del ser humano.
Ésta sería en líneas generales la tarea etnomusicólogo; ahora bien, es obvio que desde que estas bases de la etnomusicología fueron instituidas hasta nuestros días, los procedimientos e incluso los objetivos de estudio han variado ostensiblemente, no tan sólo por la irreversible disminución de lugares en los que la civilización no ha deteriorado sus costumbres, sino también debido al empleo de modernos medios tecnológicos no disponibles años atrás, como pueden ser los sofisticados sistemas de registro sonoro, el empleo del vídeo en la recogida de imágenes o la computadora para el archivo de datos. Asistimos, pues, a una nueva óptica de la etnomusicología al tiempo que se recupera un espíritu de conservación de las fuentes y las costumbres originales. 

 
Durante el siglo XVIII, gracias a una atracción por lo «exótico», se despertó un interés por aquellas músicas y danzas allende las fronteras de la Europa «civilizada». Tan repentina atención dormitaba desde hacía ya unos siglos en los grandilocuentes espíritus de los europeos «cultos».
A estos primeros intentos contribuyeron entre otros Jean Jacques Rousseau y, más tarde, el padre Joseph Marie Amiot —cuya célebre Mémoire sur la musique des chinois (1779) es aún hoy día para muchos texto de obligada consulta—, o Guillaume Villoteau, autor de una mastodóntica labor de estudio llevada a cabo en Egipto y reunida en Description de l'Egypte.
Sin embargo, debido a una hipócrita visión moralista reinante en el siglo XIX, gran parte de los trabajos dedicados a culturas no europeas no sobrepasan en la actualidad la calificación de vagos e incompletos.
No obstante, la desatada imaginación reflejada en muchos de estos tratados queda corregida por otros de criterio más objetivo, como los estudios sobre las músicas de la India, Siberia, China y Japón incluidos en la Histoire genérale de la musique (1869), de Francois Joseph Fétis.
En la última década del siglo XIX se establecieron las primeras pautas para el estudio de la «musicología comparada», siendo artífices de este logro Guido Adler y Carl Stumpf. A estos determinantes pasos vendrían a añadirse dos hechos decisivos: por un lado, la invención del gramófono, y por otro, la creación del nuevo sistema de división interválica, llevadas a cabo, respectivamente, por Thomas Alva Edison y Alexander John Ellis. Este último método consistía en tomar como unidad de medición interválica la centésima parte de un semitono, al que Ellis bautizó con el nombre de cent. Así era posible precisar con mayor exactitud la altura de los sonidos que el gramófono se había encargado de registrar, consiguiendo una independencia de los distintos sistemas tonales empleados por los diferentes pueblos del mundo.
Cabe señalar el hecho de que la práctica totalidad de los etnomusicólogos de este período conjugaban sus estudios en filosofía, ciencias naturales, física u otras ciencias con la entonces recién bautizada «musicología comparada».
En esta época aparecieron los primeros registros sonoros directos, como el realizado en 1890 en Zuñi, Nuevo México, con un fonógrafo Edison, o los diversos trabajos de campo efectuados en Hungría y Rusia en este mismo sentido.
A partir de entonces fueron organizados los primeros archivos sonoros, entre los que cabe destacar el Phonogrammarchiv de la Academia de Viena, el del Museo Fonográfico de la Sociedad Antropológica de París y, en especial, el Phonogrammarchiv del Instituto Psicológico de la Universidad de Berlín, cuyo director, Erich von Hornbostel, junto al prolífico y minucioso profesor Curt Sachs, configuraron los fundamentos de la etnomusicología.
En estados Unidos surgieron abundantes centros dedicados al estudio de la etnomusicología, al tiempo que se fundaron sociedades encargadas de transmitir cada una de las aportaciones en este campo, como es el caso de la Society for Ethnomusicolo-gy (SEM), cuya fecunda labor prosigue con fuerza en la actualidad. Así mismo aparecieron focos de esta índole en Europa, especialmente en Francia, Rusia, Polonia e Inglaterra.
Todo este efervescente caudal de estudio desembocó, después de la Segunda Guerra Mundial, en una vasta laguna que los incipientes avances técnicos dieron paso progresivamente a un mayor desapego del limitado pero genuino trabajo de campo, mientras que poco a poco, una nueva dinámica del enfoque, una más sofisticada articulación científica ha ido desarrollándose hasta contemplar en el presente las fuentes del trabajo de campo directo y original como inagotables manantiales a los que acudir una y otra vez en busca de una precisa y cada vez mas completa comprensión global del hombre en sus distintas manifestaciones vitales.


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