LA MÚSICA ESCÉNICA


Se entiende por música escénica la destinada a proporcionar un apoyo expresivo dentro de una representación teatral, ya sea intercalada entre escena y escena o diálogo y diálogo, o simplemente de manera arbitraria en los momentos de la obra en que se desea resaltar la acción de un modo especial. 

 
Este tipo de música ha sido cultivada por compositores y autores para sus obras tanto seculares como sacras desde la antigua Grecia hasta nuestros días, aunque en este artículo tan sólo consideraremos su desarrollo hasta el siglo XIX, abordando con mayor propiedad los dos siglos restantes en el apartado dedicado a la denominada Música incidental, debido a que la diferencia entre música incidental y la escénica es esencialmente de orden cronológico. 

En la antigua Grecia, y más tarde en Roma, la música, además de cumplir una función específicamente ritual, intervenía en las obras teatrales no sólo como un apoyo más a la acción dramática, sino que servía también como elemento de enlace entre escena y escena. Para ello se empleaban diversos instrumentos musicales, y preferentemente un instrumento de caña de doble tubo, cuyo peculiar sonido guardaba cierta semejanza con algunos de la familia del oboe: el aulos.
Mediante éste y otros instrumentos se ejecutaban e improvisaban numerosas melodías que a menudo servían de apoyo para el recitado de poesías (como es el caso de la poesía denominada ditirámbico) en honor a diversos dioses, con preferencia aquellos cuyas invocaciones concedían una mayor fuente de inspiración, como el dios Dionisos.
A partir de este tipo de actividades surgieron los grandes dramas del período clásico, cuyos autores más destacados —Esquilo, Sófocles y Eurípides— incluyeron en gran parte de sus obras diferentes fragmentos musicales, como los célebres coros, los cuales eran acompañados por un número irregular de músicos colocados en la orquesta, el lugar para ellos destinado en el recinto hemicíclico del teatro griego. De esta manera surgieron las primeras manifestaciones conocidas de música escénica, aunque no dudamos que civilizaciones anteriores, como la egipcia o sumeria, gozaran de tradiciones similares.
Los primeros siglos del cristianismo conservaron, como herencia de los romanos y los griegos, otra costumbre teatral en la cual las obras eran cantadas en lugar de ser declamadas; así, uno de los primeros ejemplos más significativos que en este sentido hemos recibido lo constituye la obra de la abadesa alemana Hildegard von Bingen denominada Ordo virtutum, considerada como un singular y precoz auto sacramental musical del siglo XII, mientras que en el terreno de lo secular aparece la primera pieza teatral musicada propiamente dicha en el siglo XIII con el célebre Le jeu de Robin et Marion, obra del relevante Adam de la Halle.
Durante el Renacimiento se escribió música escénica tal y como la conocemos hoy día en toda Europa, especialmente en España, Italia, Francia e Inglaterra. En este último país se desarrolló gracias a la magistral pluma de William Shakespeare, quien con acierto y abundancia empleó música en muchas de sus obras, la cual, en numerosos casos, era interpretada por él mismo (sabido es que tañía instrumentos como el laúd y la viola) y fue escrita por los más insignes compositores de la época, entre los que destacan Thomas Morley para la obra Noche de Epifanía, Richard Edwards para Romeo y Julieta, y John Dowland en Las alegres comadres de Windsor, además de los célebres números musicales de obras como Hamlet, El rey Lear o Como gustéis.
Mientras tanto, en Italia y Francia la música escénica se había convertido en música teatral escrita únicamente para las ocasiones festivas importantes, a menudo materializadas en ballets o intermezzi, como el famoso Ballet de Cour; el siglo XVI italiano cultivó la música en sus teatros gracias a autores como Maquiavelo o Ariosto. 

 
En España, durante los siglos XVI y XVII, las obras teatrales combinadas con los autos sacramentales, los entremeses y las danzas de moda, como la folía, eran los puntos de apoyo sobre los cuales se sostenía la música escénica; los más exquisitos autores del Siglo de Oro español escribieron obras en las cuales de un modo u otro intervenía la música, desde el precursor Juan del Encina (1468-1529?) —quien en sus obras incluía un villancico da cabo, como colofón de la pieza—, pasando por Luis de Góngora (1561-1627), Félix Lope de Vega(1562-1635), el conde de Villamediana (1582-1622) o Pedro Calderón la Barca (1600-1681), por nombrar tan sólo a unos pocos.
El siglo XVII en Francia fue particularmente importante, pues vio nacer a sus más laureados dramaturgos aliados a un no menos insigne grupo de compositores, todos ellos bajo el augusto patrocinio de Luis XIV. Corneille,  Racine y Moliére junto a músicos como Lully o Charpentier. En Inglaterra fue Henry Purcell el bastión de la música escénica, cultivando dicho género en sus Dramas musicales.
En los últimos años del siglo XVIII, período clásico, el compositor austriaco Joseph Haydn escribiría música para algunas obras teatrales inglesas, francesas y alemanas, (como Le Distrait, del francés Regnard), mientras que Wolfgang Amadeus Mozart, lo haría para autores germanos (como en Tamos, rey de Egipto, de Gebler) dando paso de este modo a los compositores pertenecientes al período romántico, los cuales, como ya hemos señalado, entran más bien dentro de lo que se considera la evolución de la música incidental, a pesar de que ambas —esto es, la música escénica y la incidental— se entrecruzan a lo largo de toda la historia.

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