MANUEL DE FALLA, VIDA Y OBRA


Cádiz, 23 de noviembre de 1876
Alta Gracia, 14 de noviembre de 1946

Manuel de Falla es una de las figuras más importantes de la música española. Desde la perspectiva del Nacionalismo, debe ser considerado como el compositor español por excelencia, como Grieg lo es de Noruega, Bartók de Hungría, Dvofák y Smetana de Checoslovaquia y Sibelius de Finlandia.

Discípulo de Pedrell, Falla, al igual que Albéniz y Granados, recuperó para la música culta las formas y el espíritu del folklore hispánico tradicional, sin caer por ello en el puro tipismo y sin renunciar a las exigencias de las corrientes musicales más innovadoras de la Europa de su tiempo.


Manuel de Falla y Matheu nació en Cádiz, ciudad en la que transcurriría su infancia y adolescencia. Los ascendientes del músico no eran, sin embargo andaluces, pues su padre, un próspero comerciante, procedía de una familia valenciana, y su madre era de origen catalán.

De carácter impresionable y salud delicada, Falla sufrió durante su infancia frecuentes estados de retraimiento que le llevaban a forjarse un denso mundo interior. A los siete años pasaba horas interminables en su habitación dando vida a una ciudad nacida por entero de su propia imaginación, para la cual llegó a confeccionar un periódico y a componer una ópera.

Con gran acierto, un médico le obligó a abandonar ese mundo de pura fantasía, aunque, con no menor tino, evitó sofocar la pasión que el niño sentía por un teatrillo de títeres casero, para el que escribió varias obritas, una de ellas inspirada en el Quijote.

La música era un elemento consustancial del entorno familiar de Falla, quien desde muy pequeño oía a su abuelo cantar óperas acompañándose de un viejo armonio y a su madre interpretar al piano obras de Chopin y Beethoven; precisamente de ella recibió sus primeras lecciones de música.

No faltaron tampoco en Cádiz profesores y músicos aficionados que le proporcionaron una instrucción al parecer reducida y algo caótica, pero suficiente para que el joven se sintiera pronto en condiciones de escribir alguna composición y de darse a conocer en la ciudad como pianista, en alguna ocasión tocando a cuatro manos con su madre.

Alentado por el violoncelista Salvador Viniegra, devoto de Wagner y amigo de Saint-Saéns, y por Manuel Quirell, dueño de una tienda de artículos musicales, Falla siguió componiendo piezas que eran al punto interpretadas por instrumentistas aficionados reunidos por Viniegra en su casa.

Muy tempranamente, Cádiz había ofrecido al músico el rico tejido de los ritmos y melodías populares andaluces de labios de una auténtica hija del pueblo, La Morilla, «una criada venida de la sierra» para ser su nodriza. Muchos años después Falla recordó públicamente los cantes de La Morilla con motivo de la inauguración del primer Festival de Cante Jondo, celebrado en 1922 en Granada, otro de cuyos organizadores fue el poeta Federico García Lorca, con quien le unió gran amistad a partir de ese momento. A instancias del propio Lorca y de Gerardo Diego, ambos integrantes de la llamada Generación del 27, Falla puso música en 1927 al célebre Soneto a Córdoba, de Góngora.


En Madrid Agotadas las posibilidades musicales gaditanas, en plena adolescencia, Falla inició repetidos viajes a Madrid para estudiar con José Tragó, el mejor intérprete español de piano de la época. Instalado luego en Madrid, completó en sólo dos años los siete cursos exigidos por el Conservatorio, obteniendo la máxima calificación.

No olvidó entre tanto sus afanes de compositor en ciernes, y, obligado por la quiebra de la opulencia familiar, probó fortuna en el mundo de la zarzuela. Escribió cinco obras, dos de ellas en colaboración con el maestro Amadeo Vives, pero la empresa terminó en fracaso artístico y económico. De hecho Falla sólo sintió cierto aprecio por una de sus zarzuelas: La casa de Tócame Roque (1900).

El fracaso se vio, sin embargo, compensado por otra circunstancia que habría de tener un peso decisivo en la formación de su personalidad musical: logró que el compositor Felipe Pedrell le aceptara como alumno. Sólo durante dos años pudo Falla recibir el magisterio de Pedrell, cuya salud flaqueaba; mas en ese corto tiempo, el maestro catalán le reveló la olvidada tradición de los polifonistas españoles del siglo XVII, desplegó ante él el amplio panorama de la música popular hispánica y le transmitió el sentimiento de la necesidad de crear una escuela de música nacional, al tiempo que le descubría los recientes movimientos musicales europeos, especialmente los de Rusia y Francia.
En el depauperado universo de la cultura musical española de principios de siglo, con un Madrid entregado a su única pasión por la zarzuela, París era la tabla de salvación para Falla; por este motivo, no dudó en presentarse a dos concursos: uno, para compositores, convocado por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y otro, para pianistas, patrocinado por unos fabricantes madrileños de pianos. En ambos salió ganador, pero los beneficios fueron puramente honoríficos. En el primer concurso presentó una ópera, La vida breve, con libreto de Carlos Fernández Shaw, experimentado autor de textos para zarzuela. Desgraciadamente la ópera no fue representada, a pesar de que existía una cláusula en el concurso que parecía prometerlo.

Paradójicamente el azar vino a otorgar a Falla lo que con su propio esfuerzo no había podido conseguir: una compañía de mimo que realizaba una gira por diversas ciudades europeas le contrató como pianista, y en 1907 llegó por este camino un tanto imprevisto a París.

Estando ausente de la ciudad Debussy, con quien había mantenido una corta correspondencia, decidió presentar La vida breve a Dukas, que quedó impresionado por la obra de aquel «petit espagnol tout noir», como acertadamente lo definió. Dukas no sólo legitimó las esperanzas del compositor gaditano, sino que influyó decisivamente en su evolución musical al disuadirle de estudiar con D'Indy en la Schola Cantorum, donde lo hacía su compatriota Joaquín Turina; a cambio, Dukas se ofreció para dirigir sus estudios de orquestación e introdujo al joven gaditano en los medios musicales de la ciudad. Gracias a él, Falla conoció a Albéniz, y en casa de éste a Fauré, ya muy anciano. La muerte de Albéniz en 1909 malogró lo que podía haber sido una fecunda amistad.

No tardó mucho Falla en entrar contacto con Debussy, quien, olvidando su gusto por el sarcasmo, supo elogiar La vida breve con tanto entusiasmo como Dukas.

A poco de su llegada a París conoció a otro español de genio, Ricardo Viñes, pianista de confianza de Debussy y Ravel, y el gran intérprete que dio a conocer en París la música para piano de la nueva escuela francesa. Por mediación de Viñes, trabó amistad con Ravel, en cuya obra descubrió un caracter típicamente español que coincidía con sus mismas intenciones y que no "estaba logrado por el simple acomodo de documentos folklóricos, sino más bien por su libre empleo de las sustancias rítmicas, modal-melódicas y ornamentales de nuestra lírica popular", en palabras de Falla.

No careció Falla de dificultades y estrecheces en París, obligado a dar clases y a hacer acompañamientos y traducciones; pese a todo, consiguió publicar las Cuatro canciones españolas (1902-08), cuya composición ya tenía avanzada antes de abandonar Madrid.

La frugalidad del músico y su excesivo trabajo hicieron mella en su frágil salud, y al parecer fue hospitalizado durante algún tiempo, lo que Falla tomó como un castigo divino que le empujó a acentuar su austeridad.

El estreno de La vida breve

Los elogios recibidos redoblaron la convicción del autor de La vida breve acerca de las posibilidades de esta ópera, considerada ya por Falla como un verdadero punto de arranque de su personalidad de compositor, desechando a la vez todo lo que el «Premanuel de Antefalla», como lo definiera Gerardo Diego, había compuesto con anterioridad.

Tras ser traducida al francés y reelaborada ligeramente, consiguió publicarla, lo que aumentó su difusión. Al poco tiempo recibió una oferta para estrenarla en el Casino de Niza, como así sucedió, y con gran éxito, el 1 de abril de 1913. Ello aceleró el estreno en París, largamente perseguido por el autor y siempre frustrado por las circunstancias: La vida breve subió por fin al escenario de la Opéra Comique en enero de 1914 y triunfó de nuevo.

Pierre Lalo, hijo de Édouard Lalo y crítico del prestigioso diario Les Temps, escribió con motivo del estreno: «La impresión de la tierra de España, el sentimiento del paisaje, del cielo, del día, de la hora, envuelven en todo momento la acción y los personajes como una atmósfera sutil... Ningún exceso de color, ninguna búsqueda del efecto brutal, fina sobriedad, matices delicados y precisos, discreción, selección y buen gusto.»

En la España de la época, un éxito en París era un aval irresistible para cualquier empresario, por lo que la ópera de Falla no tardó en tener acceso al escenario del Teatro de la Zarzuela de Madrid, donde fue estrenada en noviembre de 1914 con un éxito clamoroso. Para entonces Falla había ya regresado a España empujado por el estallido de la Primera Guerra Mundial.

De nuevo en España Instalado en Madrid, Falla entró en una etapa de creación febril. De París había traído consigo las Siete canciones populares españolas y el borrador de las Noches en los jardines de España. Tres meses después de que se estrenaran, en enero de 1915, las Siete canciones, por las que, según Strauss, Falla merecía «pasar a la historia de la gran música», se dio en Madrid la primera representación del ballet El amor brujo, escrito para la famosa artista gitana Pastora Imperio. Sin embargo, lo que había de ser sólo «una canción y una danza», según la petición de la bailarina al autor teatral Martínez Sierra, encargado de la letra, se convirtió en una auténtica obra cuando Falla oyó las soleares, seguidillas, polos y martinetes que la madre de Pastora, Rosario la Mejorana, le enseñó.

En su primera versión la obra desagradó al público, a los intelectuales y a la crítica de Madrid; pero fue muy bien recibida, en cambio, en Barcelona, donde Falla decidió instalarse durante un tiempo.

En Sitges, acogido por Santiago Rusiñol, completó las Noches en los jardines de España, suite de tres nocturnos para orquesta y piano solista, estrenada en Madrid en 1916, poco después de que se presentara también allí una nueva versión de El amor brujo. Por esta época, Diaghilev, que en diversas ocasiones había pedido a Falla una obra para sus Ballets Rusos, le propuso convertir en ballet las Noches, idea que no agradó al compositor, quien le ofreció a cambio una nueva obra que él y Martínez Sierra tenían en proyecto. Se trataba de una adaptación de El sombrero de tres picos, el relato de Pedro Antonio de Alarcón.


Puesto que el testamento del escritor impedía convertirla en ópera, concibieron una versión mímica del mismo tema, titulada El corregidor y la molinera, que se presentó en Madrid en 1917 y que Diaghilev aceptó escenificar como ballet, aunque exigió numerosos cambios antes de su estreno en julio de 1919 en Londres. La puesta en escena contó con decorados y trajes diseñados por Picasso, y la pieza fue aclamada como una obra maestra del arte teatral. Desgraciadamente, Falla tuvo que abandonar Londres al recibir la noticia de que estaba gravemente enferma su madre, quien murió antes de la llegada del músico a Madrid. Ese mismo año falleció también su padre.

Tras la muerte de sus padres, Falla se instaló en Granada en compañía de su hermana. Por esa misma época había recibido dos encargos: uno del pianista Arthur Rubinstein, a quien envió la Fantasía bética (1919); otro, una ópera que debía ser representada en el teatro de títeres privado de la princesa de Polignac, a quien entregó El retablo de Maese Pedro (1919-22).

Inspirada en un conocido pasaje del Quijote, para su composición Falla tuvo como libro de cabecera la obra de Pedrell Hispaniae Schola Musica Sacra y revisó la música popular española, sobrepasando así el simple ámbito del folklore andaluz, predominante en sus obras anteriores. Con ello Falla daba un alcance verdaderamente nacional a su música y se adentraba en un camino de mayor rigor, tensión y despojamiento expresivo, en busca de una música de valores más universales. De hecho había ya concebido La Atlántida, la obra que más preocupaciones y esfuerzos le causó sin que jamás lograra concluirla.

A su composición se dedicó una vez estrenado el Concerto (1927), y a partir de ese momento menguó su producción.

En los años de la Guerra Civil, a contienda española escindió en cierto modo el mundo de Falla. El ultracatólico compositor gaditano, que tenía amigos en las «dos Españas», no pudo, sin embargo, evitar el asesinato de su amigo Lorca, porque su intercesión llegó demasiado tarde, lo que significó para él un rudo golpe. Las dos fuerzas contendientes trataron de atraerle a sus filas respectivas, pero Falla no llegó a alinearse abiertamente con ninguna.

Los jóvenes falangistas granadinos le pidieron un himno para su movimiento, pero todo lo que pudieron obtener fue el arreglo de la Cancó deis Almogávers de la ópera de Pedrell Los Pirineos, que además no llegó nunca a ser adoptada. Por su parte, el gobierno de la República le invitó a ponerse al frente del Instituto de España, pero rechazó el ofrecimiento.

En realidad Falla prefirió refugiarse en sus fuertes convicciones religiosas, hasta tal punto que empezó a considerar pecaminosas sus obras teatrales y trató de impedir que siguieran representándose, aunque los contratos firmados bloquearon afortunadamente su propósito.

Como es lógico, la guerra perturbó el trabajo de Falla. Dedicado casi exclusivamente a La Atlántida, en 1938 pudo acabar, sin embargo, Homenajes, una suite para orquesta integrada por versiones orquestales de «homenajes» ya publicados, como los de Dukas y Debussy, y por otros nuevos, como Pedrelliana, dedicado a su viejo maestro Felipe Pedrell.

Los años finales Acabada la Guerra Civil, Falla viajó a Argentina invitado por el Instituto Cultural Español de Buenos Aires a dar un concierto conmemorativo del 25 aniversario de la fundación de la entidad. Los conciertos se multiplicaron y su permanencia allí empezó a prolongarse, por lo que el compositor, a quien acompañaba su fiel hermana, decidió refugiarse en Alta Gracia, un tranquilo pueblecito de la provincia argentina de Córdoba.

Cuando su salud se lo permitía, trabajaba en La Atlántida. Probablemente Falla no alcanzó a ver con claridad la estructura de su «cantata escénica» y quizá nunca llegó a tener conciencia de las pocas facilidades que ofrecía a su estilo compositivo buena parte del poema épico de Verdaguer, en el cual basaba la obra. La muerte del compositor impidió saber si Falla habría encontrado la solución a los grandes problemas que La Atlántida le presentó a lo largo de diecinueve años de trabajo. La conclusión de la obra se encomendó a Ernesto Halffter, discípulo de Falla y a quien éste había puesto al frente de la Orquesta Bética de Cámara que fundara en Sevilla con algunos amigos de aquella ciudad para dar a conocer la música moderna.

Pocos días antes de cumplir setenta años, el 14 de noviembre de 1946, Falla fue encontrado muerto en su habitación víctima de un ataque cardíaco. Celebrado el funeral, su cuerpo fue trasladado a su ciudad natal y enterrado en la cripta de la catedral mientras sonaban los acordes del Officium defunctorum, de Tomás Luis de Victoria, cantado con la aprobación del Papa, que también le había concedido el título de hijo predilecto de la Iglesia.

 


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