¿QUE ES EL CROMATISMO MUSICAL?



Llamamos cromatismo al género musical basado en la utilización de la escala cromática —las otras dos escalas son la diatónica y la enarmónica— usada ya por los griegos para dar «color» a una composición (recordemos que cromo en griego significa precisamente «color»). En la actualidad designa una escala por semitonos. 

 
Considerando la definición de escala como sucesión correlativa de sonidos con diferentes grados de altura, en función de un orden establecido o arbitrario, se constituye una escala cromática siempre que la progresión de dichas notas se produzca conservando entre cada una de ellas una distancia de medio tono, o sea, un semitono. Según esto, la escala de ocho grados o notas, de do a do, por ejemplo, quedará compuesta por doce semitonos.

En la teoría de la música occidental, se expresan tales alteraciones o coloraciones, mediante los signos llamados accidentales, que colocados delante de la nota aumentan un semitono, lo disminuyen o anulan el efecto de cualquier alteración anterior. 


 
Desarrollo histórico
Heredadas muchas de sus costumbres musicales de Egipto y las civilizaciones mesopotámicas, la antigua Grecia se esforzó en forjar una estructura musical interna capaz de responder a las variadas necesidades expresivas. De tan sutil propósito, surgieron los tres tipos o géneros de escala, en función del estado de ánimo a que inducía. Así, la escala que nos ocupa fue denominada cromática porque era empleada para «colorear» los restantes géneros y por ser, además, «el más dulce y elegíaco».
De este modo fue utilizada en los siglos siguientes. El Humanismo recuperó una faceta olvidada durante la austeridad latina, y que cristalizó en el Barroco: el ansia de expresividad sumergida en la afectación y la emotividad.
El cromatismo tuvo un papel primordial en tal empeño, pues permitía huir durante escasos momentos «de las rígidas ataduras y ahogos diatónicos». Fue así como Sweelinck, o Bach, por ejemplo, desarrollaron una nueva técnica en pos de la «afectuosa expresión».
El Clasicismo concedió, no obstante, igual importancia tanto al cromatismo como al diatonismo.
El total y definitivo establecimiento y expansión del cromatismo se produjo en el siglo XIX, promovido por una imperante tendencia hacia las sensaciones extremas, que, iniciada de forma decidida por Schubert y Chopin, culminó en el terreno musical de la mano de Wagner— sobre todo en su obra Tristán e Isolda—, y más tarde de Brahms y Mahler.
Tras el período posromántico, y ya en el siglo XX, las corrientes impresionista —Debussy, Satie, etc.— y dodecafónica —Schiinberg, Webern, Berg— situaron al cromatismo en el eje de un plano dominado por la mescolanza tonal y que ha transformado desde entonces el concepto cromático, aislándolo del diatónico como fenómeno independiente, aunque resulta curioso constatar que semejante esquema vanguardista ya era practicado por culturas tradicionales orientales.

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